Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Decrétase que todos cobren igual

En su discurso del domingo pasado, el presidente de la Asociación Rural del Uruguay, Gabriel Capurro, tiró una piedra en el charco de la corrección política yorugua.

Palabras más, palabras menos, se preguntó si “es más importante resolver el aumento de la desigualdad de ingresos o el aumento de la pobreza”.

Capurro optó por la segunda vía, porque según él, “aunque todos podemos estar de acuerdo en que la desigualdad extrema no es deseable, la realidad es que la desigualdad de ingresos va a existir siempre por la propia naturaleza humana y es justo que así sea. Las personas somos todas distintas, tenemos objetivos de vida diferentes, actitudes y aptitudes diferentes, y actuamos y trabajamos en consecuencia. Las diferencias existen y van a existir siempre entre las personas y, por lo tanto, en los ingresos, que no pueden ni deben ser iguales”.

El talante liberal de sus palabras está más que claro. Tanto como la reacción escandalizada que generó entre quienes “neoliberalismo”: un plan conspirativo tramado por la “oligarquía” para acumular riquezas a costa de empobrecer a las grandes masas populares. Y la declaración de Capurro vino como anillo al dedo para una izquierda que quedó desnorteada por el triunfo de la coalición y busca la revancha en las departamentales de este domingo.

Para empezar, los críticos del presidente de ARU, entre los que se contó a vociferantes candidatos a intendente de Montevideo, confunden la defensa de la desigualdad de ingresos con una especie de fomento de la pobreza, cuando Capurro dijo exactamente lo contrario: puso énfasis en la necesidad de combatirla frontalmente. Es un primer reflejo de los que usualmente critican al liberalismo: parten de la falacia de que la plata que amasan los multimillonarios se la quitan a los que menos tienen. ¡Cuántas veces leemos esos pueriles memes que se quejan de que el 1% de la Humanidad tiene más dinero que el otro 99%! Como si la cantidad de riqueza existente fuera una sola, con lo que si unos la acumulan, otros la pierden.

La realidad es totalmente distinta. Un industrial que lanza al mercado una innovación tecnológica, con el financiamiento del inversor que se dispone a participar de ese negocio, puede llegar a generar millones de puestos de trabajo que permiten a mucha gente salir de la pobreza o reinsertarse laboralmente después de haber perdido sus empleos, por pertenecer a actividades productivas que quedaron obsoletas. Los ejemplos de Bill Gates y Steve Jobs, con la infinidad de oportunidades industriales y comerciales que generaron sus computadoras y softwares, son ya un lugar común. Sin embargo, hay políticos que siguen agitando ese fantasma, solo con la intención de apelar a la temerosa credulidad de personas a las que mantienen intencionadamente ignorantes.

Así son las cosas: los estatistas se quejan de los liberales porque dicen que estos fomentan la pobreza, cuando a decir verdad, es a los primeros a quienes les conviene que haya más pobres, para que el “igualitario” reparto de los ingresos sea lo menos oneroso y lo más centralizado posible en un Estado avasallador.

La infaltable receta socialista de aumentar gastos y carga impositiva para “redistribuir ingresos” (nuevamente de moda ahora, como si los recursos de nuestras arcas desfallecientes se hicieran infinitos por arte de magia o milagro bíblico), no logra advertir que cada peso que se le saca a las empresas y a los particulares, repercute en más depresión económica, menos puestos de trabajo privados, más pobreza y menos recaudación del mismo Estado que supuestamente debería proveernos a todos.

Que en una sociedad liberal hay desigualdad en el ingreso es algo evidente (mi corazón socialdemócrata me impide decir que “también es justo” como arriesga el presidente de ARU).

No solo hay personas con más preparación o talento que, en el libre desarrollo de su vida, buscan y obtienen mejores remuneraciones. También hay otras que la transitan sin aspiraciones de crecimiento económico, con sus objetivos puestos en distintos valores de realización personal (vaya si los artistas sabremos de eso).

Aun los autores más radicales del liberalismo coinciden en un Estado que garantice educación y salud de calidad para los menos favorecidos, como forma de asegurar la equidad en el punto de partida. El día que aparezca un solo país de economía planificada que alcance cabalmente estos objetivos de justicia, preséntenmelo. En tanto, pido por favor a los amigos estatistas que se abstengan de gargarear con maximalismos demagógicos que nada tienen que ver con el mundo real.

Es facilongo criticar a un “terrateniente” por el solo hecho de admitir una verdad de esas que en nuestro paisito da vergüenza formular. Lo difícil es hacerse cargo de las responsabilidades de esos mismos estatistas impolutos, por el deterioro profundo de las políticas sociales que dejan como problemática herencia a la nueva administración.

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