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¿Adónde va la sociedad abierta?

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Lejos de mi ánimo está ponerme en crítico de cine; solo me interesa comentar dos películas recientemente nominadas a los premios Oscar, no del lado del análisis cinematográfico sino poniendo foco en los fenómenos culturales que representan.

Son propuestas casi antitéticas, que de algún modo manifiestan una tensión sociocultural que existe hoy en Estados Unidos y, posiblemente por extensión, en todo Occidente.

De un lado está una película de ficción de bajo presupuesto, que se llama American Fiction, escrita y dirigida por Cord Jefferson (se puede ver en alguna plataforma de streaming). Del otro, la megaproducción titulada Maestro (en Netflix), una biopic sobre el gran compositor y director de orquesta Leonard Bernstein.

La primera narra con sencillez y naturalismo la vida de un escritor afroamericano en franca decadencia. Escribe narrativa sobre temas universales pero los críticos le reclaman una “voz propia”, que exprese mejor la problemática de su comunidad étnica. Como un juego, el tipo se pone a escribir una nueva novela aplicando todos los lugares comunes de un discurso racializado: el negro discriminado, perseguido y reprimido por la policía, envuelto en una historia de violencia y adicciones. Consciente de que está formulando un material previsible y de nula calidad, lo envía a su editor como una gracia y ocurre lo inesperado: debe publicarlo bajo un seudónimo porque resulta un éxito arrollador. En el mismo talante burlón, construye un alter ego, el supuesto autor de la novela, como un homicida exconvicto. El público norteamericano delira de emoción, convirtiéndolo en best seller y otorgándole premios. En personajes certeramente caricaturescos, vemos a los intelectuales progres emocionados por esta historia “verdadera”, que al admirar esa imagen del negro como una víctima del submundo criminal, lo que en el fondo hacen es convalidarla. Blancos, cultos, pudientes y políticamente correctos, aplauden un estereotipo que estigmatiza al diferente en lugar de integrarlo.

Quien haya visto una exitosa película de hace unos años, Get out (Huye), también nominada al Oscar, comprenderá a qué nos referimos: hay toda una línea creativa que se basa en asociar la condición racial al victimismo, con una furia tal que termina pareciéndose a un racismo invertido. Otro ejemplo de este prejuicio es el de un standapero famoso que se llama Dave Chapelle: pone tanto empeño en protestar contra la discriminación hacia los afroamericanos que no duda en insultar burlonamente a los homosexuales, como si una comunidad debiera combatir contra la otra para reafirmar cuál sufre de verdad y cuál se manda la parte.

American Fiction delata esa actitud prejuiciosa con un brillante rigor conceptual: la sociedad de la corrección política no quiere personas diferentes que se perciban como lo que son, iguales ante la ley en una nación que respeta la diversidad. Lo que quiere es construir grupos identitarios que se victimicen y se enfrenten entre sí. Ya sea por el color de piel, la orientación sexual, el nacionalismo exacerbado o la fe religiosa.

Así, la sociedad abierta que pregonara el gran Karl Popper está mutando hacia otra de tensiones identitarias, que en vez de celebrar la diversidad y la libertad de cada uno de ser como sea y hacer lo que quiera, las problematiza.

Un ejemplo grave de esta tendencia es la que ofrece la película Maestro, dirigida y protagonizada por Bradley Cooper.

Cuando a uno le dicen que verá una obra biográfica sobre Leonard Bernstein, se hace a la idea de que asistirá a la maravilla creadora de uno de los grandes músicos de la historia norteamericana. Sorprendentemente, la obra centra su argumento en la orientación sexual del compositor y el gran conflicto que presenta es el de su esposa, que asiste entre compasiva y doliente a las aventuras homosexuales de su cónyuge famoso. Estamos ante un reduccionismo atroz: ¿qué nos importa lo que hace un gran artista en su intimidad? ¿Tanto permeó en nuestra sociedad la frivolidad del reality Gran Hermano, que lo único que tenemos para decir del genial compositor de West Side Story es que era gay? ¿Hasta cuándo esta estúpida espectacularización de la vida privada?

En 1970, el británico Ken Russell realizó una memorable biografía fílmica de Tchaikovsky (The music lovers) donde exploró el lado homosexual del músico pero no desde una perspectiva cholula, sino como un motor creativo de sus obras. Nada que ver con lo que hace Cooper, que se sube a la onda actual de dramatizar la vida íntima, buscando víctimas y victimarios donde debería haber simplemente seres humanos que ejercen sus proyectos de vida en libertad.

Es lo que denuncia con inteligencia American Fiction: si sos negro, tenés que sentirte segregado. Si sos homosexual, tenés que sufrir o hacer sufrir. Y mientras tanto, los blancos heterosexuales aplauden de pie esas autoflagelaciones, para demostrar lo progre que son.

Un victimismo a la moda que, muy lejos de denunciarlos, lo que hace es reafirmar los prejuicios más detestables.

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