Así, en puntas de pie, silenciosamente, ha levantado el vuelo Marosa di Giorgio. La poeta de Salto murió el pasado martes 17 de agosto. Ahora descansa en su tierra natal. ¿Cómo puedo decir que, una vez desaparecidos, los poetas están inmediatamente muertos? Más muertos que nadie. Ni una palabra de ellos. Nadie dice que ya no está en la espuma de los días. O muy pocos. Acaso sería lo más sensato pensar que ella fue de otro mundo. Y punto. Para no decir que los demás estamos muertos.
Sus versos y sus poéticas narraciones circularon por las venas de sus lectores, entre todos nosotros, dentro y fuera de fronteras; muchos le entendieron, otros no tanto, pero todos, eso sí, percibieron que en sus palabras había una memoria melancólica por las mariposas, bosques, hadas, huertas florecidas... La melancolía, "ese fervor decaído" como decía Gide, latía en sus páginas. Y, de la misma manera, se transfiguraba en una suerte de glorificación memoriosa de gestos que fueron, algunos, tan irreales como todos los recuerdos de la vida.
Nacida en 1932, en Salto, debutó con un poemario en 1954; y a partir de entonces se fueron sucediendo sus obras con una imaginería personalísima, con una voz enteramente suya, en libros tan intensos como, entre otros, "Los papeles salvajes", "La liebre de marzo", "Mesa de esmeralda" y, en fin, "Camino de pedrerías". Fue un espíritu vivaz e íntimamente solitario. Solitario, y solidario.
Pero es que no podemos prescindir de la poesía. Sí, ya sé, no faltan los que se preguntan: ¿qué valor tiene la poesía? Será por eso que del adiós a todos, de Marosa, casi nada se ha dicho. Para algunos la poesía es una especie de entretenimiento que no debe tomarse demasiado en serio. Y menos, con solemnidad. ¡Válgame Dios! Pero sucede que existe una poesía escrita de espaldas a los convencionalismos y a quienes de esa frívola manera piensan, y es por eso que el Premio Nobel Elías Canetti sostenía que los poetas eran los encargados de concretar en la tierra las aventuras olvidadas de Dios. La poesía aún puede salvar nuestros espíritus.
¿Qué sería de nosotros sin Shakesperare, sin Milton, sin Wordsworth, sin Aragon, sin Apollinaire, sin Hugo, sin Lafontaine, sin Vicaire, sin Paul Valery, sin Machado ni Lorca, sin Borges? Sin las mágicas palabras, de las que hablaba Ronsard. Sus pasiones nos han dado a todos alegría, formas nuevas de ver y vivir el mundo, de sentirnos mejores, de entender el vasto retablo en torno. Y es así que podemos llevar, como decía Chateaubriand, con nosotros, a nuestras espaldas, la grandeza de ser hombres. "La literatura" decía Pessoa "es la prueba de que la vida no es suficiente". ¿Cómo podemos entender de otra manera el firmamento, sin haber leído a Corneille, cuando dice: "Cette obscure clarté qui tombe des étoiles"? Marosa ya no está aquí. Pero están sus libros al alcance de nuestra mano, y ellos trabajarán por ella. Para ella, estas palabras de Auden: "Tierra, recibe un ilustre invitado". Debería haber una tinta cenicienta para este adiós.