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Ad hominem

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La campaña ya está tomando vuelo y a veces da vértigo ver la falta de profundidad en la discusión política, o las estrategias repetidas para marearnos a los votantes ¿Por qué las discuciones parecen más de un talk show que de un debate político? O mejor dicho ¿cómo hacemos para separar el ruido de las propuestas verdaderas?

Una técnica cada vez más utilizada en la política (y en esta campaña viene siendo costumbre) es la falacia ad hominem, en latín “contra el hombre”. Como su nombre indica, consiste en cuestionar al oponente, en lugar de evaluar la solidez y validez del argumento que presenta.

Por ejemplo, anular la propuesta de un candidato para combatir la delincuencia porque su partido político tuvo una denuncia de corrupción en el pasado. O cuestionar el plan para combatir la pobreza, dado el origen socioeconómico alto del candidato.

Lo que se busca es distraer a los votantes con un comentario personal o circunstancial de quien propone, anulando al candidato para no entrar en la discusión de si la propuesta es válida o no. Sin embargo, si se analiza racionalmente, tales argumentos (aunque sean ciertos) no suponen una razón válida para desestimar la propuesta.

Porque el hecho de que alguien tenga cierta característica personal o contextual no implica que no pueda tener razón y no sean válidos sus argumentos. Es por eso que la falacia ad hominem pone en peligro la resolución de cualquier conflicto: al atacar a la persona, anula cualquier argumento que venga de él, degradando al hablante como parte de una discusión seria para resolver cualquier diferencia de opinión. Sin embargo, a pesar de ser una estrategia claramente defectuosa desde el punto de vista argumentativo, es muy utilizada y tiene un increíble poder de persuasión. Caemos siempre en esa trampa.

Pero no pasa solamente en la política, pasa en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, cuando un hijo rechaza que el padre le diga que no debe fumar porque él fumó toda la vida. Aunque el hijo tenga razón y el padre no predique con el ejemplo, eso no significa que no sea válida su recomendación. Y así en diferentes contextos: en las empresas, en las negociaciones comerciales, en los grupos de amigos. Es por eso que se vuelve fundamental identificar cuando estamos en estas trampas para evitar cometerlas, pero especialmente, no dejarnos manipular.

El impacto mayor ocurre cuando la falacia se da públicamente. Porque es ahí cuando se suma la humillación y el costo reputacional, y ante ese golpe emocional, se vuelve más difícil intentar desarmar la falsa conexión en el argumento. En particular, porque todos nosotros en lugar de evaluarlo sobre bases lógicas, solemos caer en la trampa y tomarlo como verdadero. Ni que hablar cuando se da en redes sociales o en medios de comunicación donde el contenido es cada vez más efímero, emocional y volátil. Es ahí donde la falacia encuentra su terreno fértil. Cuando nada se profundiza, cuando la información se reduce a titulares o a hashtags, el ataque ad hominem distrae a la audiencia redirigiendo la atención hacia el ataque personal.

Cuanto más atentos estemos a este tipo de manipulación, menos chance de que caigamos en la trampa.

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