Abucheo al futuro

Estamos en época de graduaciones universitarias en Estados Unidos, donde es tradición invitar a personalidades para sus discursos, muchos de los cuales pasan a la historia. Pero lo que no es habitual es que sean abucheados.

No fue un episodio aislado. Pasó en distintas universidades, con diferentes oradores, todos ellos empresarios tecnológicos que hablaron del futuro y la inteligencia artificial.

Lo llamativo es que la generación que está terminando la universidad ahora es sin dudas la más familiarizada con el uso de IA. Lo que me lleva a pensar que el rechazo no necesariamente es hacia la tecnología, sino a la narrativa que la acompaña. Es el choque entre el optimismo corporativo y el pesimismo de los jóvenes que, mucho más que una reacción contra las máquinas, tienen la sospecha de que el progreso tecnológico podría desacoplarse del progreso humano. O, dicho de otra manera, desconfían de quienes controlan la infraestructura tecnológica.

Durante décadas las sociedades construyeron un relato sobre el progreso, basándose en que cada revolución tecnológica traería más productividad, más bienestar y nuevas oportunidades. Había miedo, pero coexistía con una expectativa optimista. Ese consenso parece no estar tan claro hoy, en particular para los futuros y jóvenes profesionales.

Podríamos decir que algo similar pasó con las revueltas obreras durante la Revolución Industrial, pero ahora se trata de profesiones “de escritorio”. Llega en un contexto de hipercompetencia profesional, en el que muchos jóvenes sienten que hicieron todo lo que se suponía que debían hacer —estudiar, especializarse, acumular credenciales— y aún así el futuro parece más frágil que el de sus padres. Es la ruptura del pacto meritocratico que regía hasta ahora, uno que organizó decisiones familiares y trayectorias vitales enteras.

Pero, además, hay una dimensión todavía más profunda. Porque buena parte del trabajo profesional no se reduce a producir resultados. También cumple funciones de reconocimiento humano: sentirse útil, competente, creativo, necesario. Por lo que también está el miedo a perder espacios donde las personas obtienen significado. El miedo no es sólo a perder el empleo. Es a perder relevancia.

Por eso no es casual que el malestar se de en graduaciones universitarias. En ese momento que simboliza la transición entre esfuerzo académico y promesa profesional. Es en ese escenario que un líder tecnológico que celebra herramientas que potencialmente reducirán la necesidad de ciertas capacidades humanas, dejando de ser vistas únicamente como una innovación productiva y empiezan a sentirse como redistribución de poder cognitivo.

Porque en el fondo el problema no es que la IA tenga que ser temida ni resistida, sino que tenemos que replantearnos lo que durante demasiado tiempo dimos por resuelto: qué entendemos realmente por progreso.

Por eso formar profesionales ya no se trata únicamente de enseñar a adaptarse a tecnologías cada vez más poderosas. Implica formar personas capaces de decidir para qué, para quiénes y bajo qué valores esas tecnologías van a ser utilizadas. Porque una empresa, un profesional, una sociedad toda, no se define solamente por las herramientas que inventa, sino por el lugar que decide darle al ser humano dentro de ellas.

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