Abrir la caja negra

Pablo da Silveira

Los problemas complejos tienen causas múltiples y exigen un amplio abanico de soluciones. Esta afirmación se aplica de manera especial a la calamitosa situación que vive nuestra enseñanza. Las medidas muy generales (como legislar sobre la cantidad de días de clase) sólo pueden tener un alcance limitado. Para mejorar las cosas a fondo hace falta abrir la caja negra de ANEP y modificar múltiples aspectos de su funcionamiento. Un claro ejemplo es el fortalecimiento de los centros de estudio.

Desde hace un cuarto de siglo se sabe que la calidad educativa requiere la existencia de centros de estudio vigorosos y con identidad propia, donde no haya docentes ni alumnos anónimos y donde las demandas de los padres sean tenidas en cuenta. Los buenos aprendizajes se logran en aquellos institutos que consiguen funcionar como auténticas comunidades educativas. Los especialistas llaman a este factor el "efecto establecimiento".

Luego de ser rechazada durante años por ser considerada "neoliberal", esta idea ha pasado a ser objeto de un amplio consenso nacional. Hasta la torpe Ley de Educación del año 2008 habla en su artículo 43 de la jerarquización de los centros educativos. Lo mismo hace un reciente documento del Codicen que propone de manera general cinco líneas de cambio para la educación media.

Pero el problema es que todo queda en declaraciones. La necesidad de fortalecer los centros de estudio se ha convertido en una invocación retórica permanente, pero nadie se decide a cambiar el Estatuto del Funcionario Docente vigente desde el año 1993, que en sus artículos 13 y 14 instala un régimen de selección de horas que parece pensado para generar centros de estudio débiles y sin identidad propia.

A contrapelo de lo que ocurre en los países exitosos en materia educativa, el Estatuto establece que son los docentes quienes eligen el establecimiento donde van a trabajar, en lugar de ser los establecimientos quienes eligen a los docentes. Esta última posibilidad queda limitada a los institutos privados. Como si eso fuera poco, la norma crea un procedimiento de elección escalonada y a ciegas que genera un fraccionamiento de las horas de clase e impide la conformación de equipos de trabajo coherentes. Los docentes efectivos y con más antigüedad eligen primero; los docentes más jóvenes y sin efectividad eligen últimos. Por un efecto cascada, gran parte de los docentes se convierten en golondrinas que saltan de un instituto a otro sin establecer vínculos estables con alumnos, ni colegas, ni con la dirección, ni con los padres.

No tiene sentido proclamar la importancia de los centros educativos si al mismo tiempo nos negamos a modificar esta norma y las que se apoyan en ella, como la Circular 2145/93 de Educación Secundaria.

La primera tarea pendiente es hacer una lista minuciosa de todas las normas que deben ser cambiadas para desmontar los bloqueos que nos paralizan. La segunda tarea consiste en sustituirlas urgentemente, aunque eso genere el enojo de las corporaciones que defienden los intereses de los docentes más establecidos. Todo lo demás es palabrerío.

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