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A la yugular

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No debiera llamar la atención la forma y el fondo que está tomando la actitud opositora al gobierno cuando falta menos de un año para las elecciones nacionales: se trata de una continuación natural y esperable del talante que viene mostrando la izquierda desde la noche misma en que perdió el balotaje de 2019.

Vale la pena ilustrarla, ya que sus episodios no siempre se registran con sistematicidad: Martínez, a pesar de que a las 22 horas de la jornada del balotaje cualquier analista avezado sabía perfectamente que Lacalle Pou había ganado la elección, no reconoció inmediatamente su derrota: la izquierda frustró así el festejo de la mayoría; empañó la legitimidad del triunfo; y tensó la institucionalidad al obligar a que el país quedara atento a la tarea de la Corte Electoral. Luego, en la primera semana de gobierno ya se había convocado a un paro en la enseñanza “contra el neoliberalismo” de la reforma proyectada. En plena incertidumbre de la pandemia, la izquierda sindical lideró un inmediato caceroleo, y el ala política apeló a seguir el ejemplo argentino de cerrar la economía: es de esa época que el resentimiento zurdo reinterpretó el concepto de un gobierno en favor de los “malla oro” para sugerir, hasta hoy, que solo sirve a los privilegiados.

También la izquierda ha intentado erosionar la imagen democrática del país. Primero, esparció el temor por la “extrema derecha” de Cabildo Abierto. Luego, en plena pandemia, aglomeró gente para juntar firmas contra la ley de urgente consideración porque decía que era una ley autoritaria. En el mismo registro, procuró dos objetivos más: dar la idea de que el gobierno era represor de las libertades públicas a través de una policía de gatillo fácil; y desprestigiarlo internacionalmente al denunciar (imaginarios) ataques a la libertad de prensa y de expresión. En la campaña del referéndum, acumuló mentiras radicales, tales como que la ley había instalado la extensión del desalojo exprés o la privatización de la educación pública.

Su derrota de marzo de 2022 no cambió su talante. Pasaron a tomar protagonismo los economistas-tartufo para relativizar los buenos resultados de la economía. Hoy, por ejemplo, que la inflación es la más baja en lustros, que los salarios reales y los empleos crecen y que vivimos un excelente clima de negocios, anuncian que de ganar el Frente Amplio en 2024 no tendrá más remedio que hacer un ajuste fiscal. También, la izquierda se opuso a la reforma de la seguridad social al punto de promover una reforma constitucional que, de aprobarse, hará al país inviable económica y jurídicamente. Y hay mucho más, por supuesto: por ejemplo, militar la sequía a la vez que oponerse a la inversión por la toma de agua en el Río de la Plata; pretender transformar a Astesiano en un inteligente operador del poder (y eso que le apodan “el fibra” y no “el genio”); o negar los actuales mejores resultados en seguridad pública con relación a 2019.

A nadie puede llamar la atención pues que ahora acusen al presidente de corrupto y a su gobierno de promotor de un narcoestado. Empero, la gravedad y falsedad de estas acusacio-nes debieran sí de alertar a los partidos de la Coalición Republicana de que, definitivamente, la batalla electoral no admitirá medias tintas. Será a la yugular.

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