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Luis Miguel

HISTORIAS soledad gago Sebastián Herrera no se parece a Luis Miguel: es más rubio y más delgado y tiene la cara más fina y la nariz más levantada y la piel más blanca. Tiene sí, algo que se acerca – a veces- en la voz, en la manera de pararse en el escenario, vestido en un traje negro y una camisa blanca, en la forma de pasarse la mano por la cabeza, en cómo cierra los ojos mientras dice “Ya sé que no hubo nadie que te diera lo que yo te di que nadie te ha cuidado como te cuidé”. Esta es la historia de Sebastián, un Luis Miguel que no fue. Y también es — en algún punto, de alguna manera— la historia de Joaquín González, director de cine, músico. Todo empezó una noche en un asado entre excompañeros del liceo. Sebastián cantaba, pasaba por canciones de Luis Miguel, se esforzaba por alcanzar algunas notas, se reía, probaba. Mientras, Joaquín tenía una cámara y registraba todo: las manos, la cara con una barba rubia, los intentos de acercarse cada vez más a las formas del cantante. Fue ahí, cámara en mano, que a Joaquín se le ocurrió. Sebastián siempre había sido bueno imitando y Luismi le salía bien. Le dijo, entonces, que quería hacer una película: iban a crear un personaje y le iban a dar vida mientras registraban todo el proceso. Iban, con la complicidad de una amistad de años, a crear su propio Frankestein musical: un personaje armado a medida que sería, a la vez, una belleza y una catástrofe.

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