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Carlos Marx

SEGUIR Introduzca el texto aquí Hoy nos proponemos culminar la serie de artículos sobre Adam Smith que comenzamos la primera semana de enero, reseñando algunas de sus ideas que son importantes para las sociedades del siglo XXI. Como ocurre con la obra de todos los grandes pensadores de la historia hay aspectos que ceden ante el paso del tiempo, mientras otros se mantienen incólumes, incluso cobrando nueva importancia.
SEGUIR Julio María Sanguinetti Introduzca el texto aquí Este título se lo tomamos prestado a un notable libro de Fran-çois Furet, el gran historiador de la revolución francesa, que motivado por profundizar en esos sacudones de las sociedades, escribió un "ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX". Furet fue marxista, de ahí que la "ilusión" fue el modo como alude al error que él mismo, como tantos otros intelectuales, cometieron a mediados del si-glo que pasó. Eran los tiempos en que en París se decía que "más vale equivocarse con Sartre que tener razón con Raymond Aron". La cuestión es que a propósito de los 200 años del nacimiento de Carlos Marx, en todo el mundo occidental se han realizado seminarios y debates sobre su pensamiento e influencia. Y da la casualidad de que ello ha ocurrido en nuestros países, los que no vivieron regímenes comunistas, a diferencia de aquellos de Europa del Este, donde —curiosamente… o no— muy pocos deseos de recordar hay para aquel pasado y el tremendo legado de tiranía y pobreza que dejaron. Digamos al pasar que este se documenta de modo concluyente en otro gran libro, coordinado por el historiador francés Stéphane Courtois, que reunió a colegas de toda Europa para escribir lo que llamaron "El libro negro del comunismo". La perspectiva del tiempo nos dice que pocos pensadores han tenido tanta influencia como Carlos Marx. La revolución bolchevique de 1917y todas las que le siguieron, abrevan en el pensamiento de un Marx que murió en 1883 y no pudo ver, entonces, la aplicación de sus ideas, llevadas adelante por Lenin, Trotski, Stalin y la caterva de dictadores que les acompañaron en los países de su órbita. Su descripción de la sociedad capitalista es sin duda notable. Empieza por reconocer el valor "revolucionario" de la burguesía, que destruyó la economía feudal y a cada paso fue cumpliendo avances políticos. Incluso describe —junto a Engels— la globalización que se estaba produciendo, con una actualidad tan asombrosa que parece escrita por un liberal contemporáneo. Donde sus errores se hacen clamorosos es en su concepción materialista y la presunción de la existencia de leyes inexorables, que llevarían al capitalismo a su destrucción revolucionaria por la acumulación y concentración de la riqueza, paralela a la miseria de los trabajadores. La historia le ha desmentido: los países "burgueses", por el desarrollo de la idea democrática, le dieron el poder al conjunto de la ciudadanía y de ese modo se fue superando esa posible miseria por el desarrollo de una legislación social que construyó, progresivamente, las hoy llamadas clases medias. La revolución, en contra de su pronóstico, donde se dio fue en la Europa pobre del Este, en que su aplicación significó estancamien- to económico y pérdida de libertades. Rusia, la vanguardia revolucionaria, entre 1917 y 1991 ensayó la instalación del sistema, hoy definitivamente enterrado para dar paso a una economía capitalista ortodoxa (se podría decir "salvaje"), que le ha dado por vez primera a una generación la posibilidad de elegir sobre su destino y percibir el fruto de su trabajo. O sea que la "pauperización" no ocurrió en las economías de mercado y, en cambio, la caída brutal de la productividad, por el desaliento de quien trabajaba, llevó al derrumbe a las de planificación socialista. La Unión Soviética es un imperio que se extinguió por su "implosión" y no por una derrota militar, como en cambio ocurrió, al fin de la Primera Guerra Mundial, con los imperios austro-húngaro, ruso zarista y turco, mientras se abría el período de declinación del británico. Cayó el imperio soviético, con todos sus satélites, y cayó el sistema mismo. Su idea de abolición de la propiedad privada, asociada a su concepción materialista de la sociedad, está en la base de su fracaso. Primero, por no entender que los seres humanos, además de necesidades materiales, tenemos ideas, sentimientos, religiones, adhesiones patrióticas, pasiones, que son parte esencial de nuestra naturaleza. Segundo, por ignorar que el derecho de propiedad, como bien lo dijo la revolución francesa, es un derecho individual inalienable que está en la base de las libertades. ¿Qué se reclama hoy en Cuba o en China? El derecho a ser dueño de un techo y no depender de una residencia del Estado adjudicada arbitrariamente. El derecho, también, a vivir de su trabajo, aunque sea a vender café y galletitas en un garaje de la casa. ¿Cómo tener productividad con obreros del Estado pagados sin incentivo alguno para su rendimiento? ¿Por qué los científicos y artistas huían, arriesgando a veces la vida, como pasa hoy con la gente sencilla y común desde Cuba y Venezuela? Simplemente, porque esa vida gris, programada, sin libertad ni esperanza, les lleva a la desesperación. Dicho de otro modo, Marx fue un inteligente estudioso de la sociedad capitalista y un profeta cuya utopía, luego de su muerte, llevó a sus seguidores, en nombre de la dictadura del proletariado y la justicia social, a tiranías eternas y a un legado criminal de 20 millones de muertos en la Unión Soviética o 65 en China, a la persecución de los agricultores ("kulaks"), o a los judíos o a todo el que intentó impugnar el régimen. Por cierto la responsabilidad no es de Marx sino de los marxistas, pero a la hora del balance, su construcción ideológica resultó profundamente retrógrada. Lo rescatable es que el desafío que le planteó a la sociedad liberal, hizo que esta, precisamente por la fuerza de sus libertades, pudiera desarrollar sistemas de protección social que hicieron de la otra Europa, la occidental, las democracias más justicieras del universo.
SEGUIR Antonio Mercader Introduzca el texto aquí Hablando de los "autoconvocados", el ministro de Trabajo, Ernesto Murro, distinguió entre "el productor rural pata en el barro" y "el que vive en Carrasco o Pocitos y cobra muy bien por la tierra que arrienda". Estas frases trasuntan dos prejuicios comunes en la izquierda: que el mundo se divide entre buenos y malos (la izquierda, por supuesto, está siempre con los buenos) y que los malos anidan en Carrasco y Pocitos. Así de simple es la realidad para el ministro. Aunque Murro no lo dijo expresamente, sus dichos sugieren que los "autoconvocados" de "pata en el barro" son utilizados por un grupo de oligarcas de la tierra vinculados a los partidos políticos de oposición. Sería lamentable que todo el gobierno cayera en el mismo simplismo. El movimiento rural que nació este año es mucho más complejo y fermental. Y si no que lo diga el ministro de Ganadería, Enzo Benech, cuyo propio hijo es un "autoconvocado" más. ¿Será de los buenos o de los malos en la clasificación de Murro? Si las ideas del ministro de Trabajo fueran un caso aislado habría que desdeñarlas y nada más, pero no es así. El Frente Amplio —o buena parte de él— ha convertido esa retórica del "nosotros" y "ellos" en su biblia para interpretar lo que pasa. Es el reflejo de la doctrina de la lucha de clases que reaparece en todo su esplendor. En esa visión siempre hay explotadores y explotados aunque pocos frentistas reconozcan que acá el mayor explotador es el Estado que ellos mismos se encargan de engordar todos los días. El otro simplismo de Murro es el de estigmatizar ciertos barrios montevideanos, una vieja práctica del Frente Amplio. Ese santo varón de la izquierda que es José Mujica colocó años atrás a los "pitucos de Pocitos" y los "cajetillas de Carrasco" en el bando de los malos que había que combatir. Por entonces alguien le avisó que en Pocitos había mucho voto frentista por lo cual el inefable "Pepe" aclaró después que solo quiso referirse a Carrasco. Así de fácil. Pese a ello Murro no hace distinciones entre los dos barrios en donde, como es sabido, viven, con total naturalidad, gobernantes y dirigentes del Frente Amplio. Las afirmaciones del ministro de Trabajo demuestran además cómo sobreviven todavía en ciertas cabezas las ideas básicas de Carlos Marx: la sociedad dividida en clases con intereses antagónicos; la explotación; la dialéctica del amo y el esclavo. Razonando sobre esa base todo lo que ocurre tiene una explicación sencilla: ahí están los buenos luchando contra los malos. No les importa recordar que sobre ese esquema —socialismo bueno, capitalismo malo— países enteros se derrumbaron, víctimas de la simplificación del marxismo. Es como si la caída de la Unión Soviética y sus satélites, o las catástrofes actuales en Cuba y Venezuela, no les hubieran enseñado nada. Lo peor del caso es que esas expresiones ministeriales trasmiten a la gente actitudes que no le hacen bien al país: los "pata en barro" contra los terratenientes, Maroñas o el Cerro contra Pocitos y Carrasco. Predicando ese credo quizás Murro crea que puede descalificar ante la opinión pública a los "autoconvocados", lo que indica que no los entiende ni tiene la menor idea de lo que está pasando en el agro.
SEGUIR Juan Martín Posadas Introduzca el texto aquí Al escribir estas líneas el tironeo de los cincuentones no ha tenido aún solución. No estoy capacitado para tomar partido sobre el fondo del asunto pero él me permite abrir una ventana sobre un viejo relato tramposo que sobrevive hace años en la sociedad uruguaya. Nuestro país se ha ido convirtiendo poco a poco en una sociedad que rinde culto ciego a simplificaciones conceptuales sin verificación alguna. Una de ellas es la que enuncia que el mercado es tierra de nadie, copado por los vivillos y los poderosos que imponen su peso o sus mañas para salirse con la suya a costillas de los demás; es decir, el mercado es el ámbito de la injusticia y generador de desigualdades. El estado, en cambio, —prosigue el relato —es ecuánime, está por encima de las codicias, desconoce privilegios y es capaz de ser juez imparcial sobre las controversias que se dan en las sociedades humanas donde bullen tantos intereses enfrentados. El episodio de los cincuentones es un desmentido a ese relato. Veamos. Los cincuentones —ciudadanos que se aproximan a esa edad y que ganan sueldos de $50.000 para arriba (buenos sueldos para el Uruguay de hoy)— han montado una fuerza colectiva suficientemente vigorosa y bulliciosa como para ser atendida por el gobierno y llevarlo a que esté buscando afanosamente caminos para satisfacer sus reclamos. Como dije, no tengo información suficiente como para decir si tienen razón o no en lo que plantean. Lo que quiero señalar es que tienen fuerza y van a conseguir (o habrán conseguido a esta altura) que el gobierno aparte para ellos una suma de dos o tres mil millones de dólares, no obstante el daño que eso va a provocar al erario público, a las jubilaciones futuras de los jóvenes y a las AFAP de donde otros muchos uruguayos esperan sus haberes de retiro. Por el otro lado están los perjudicados por el BHU que hace años protestan porque las cuotas en U. R. aumentan por encima de sus ingresos y los están ahorcando económicamente. Atender sus reclamos no perjudicaría a nadie ni requiere esos ingentes volúmenes de dineros del estado. Pero esta gente no ha podido reunir fuerzas, nadie los atiende, sus reclamos no han sido escuchados. El estado ecuánime es la ficción del viejo relato; la realidad es que el estado atiende a los que gritan más o tienen vínculos políticos con los jerarcas de los organismos públicos. Son los que manejan los fondos del estado y los políticamente arrimados a partidos oficialistas quienes mantienen y hacen correr el cuento del estado justo y al margen de influencias. El viejo relato uruguayo que glorifica al estado y demoniza los arreglos y las iniciativas entre los particulares es un relato ideológico. Por si alguien lo ha olvidado el viejo Carlos Marx decía que la ideología es aquella explicación (relato) de la realidad que encubre y disimula lo que la realidad es de verdad; (él decía: disfraza las relaciones de dominación haciéndolas parecer otra cosa). Al verso del mercado absolutamente libre hay que hacerle un descuento, sin dudas, pero al verso del estado, mucho más. El estado como sistema ecuánime, según reglas objetivas (rule of law) no es de este Uruguay. Acá el estado es dispensador de favores según criterios político-ideológicos y/o necesidades electorales. Los sucesos de estos días lo han puesto a la vista una vez más.
SEGUIR Ignacio De Posadas Introduzca el texto aquí Los ingleses festejan su Glorious Revolution, los americanos recuerdan con fervor patriótico el 4 de Julio, Francia celebra con unción la Revolución Francesa, los argentinos la de Mayo…. Todos los países festejan su revolución. Bueno, todos no. Se cumplen 100 años de la Revolución Rusa. Nadie la celebró. Nadie la recordó. Ni siquiera nuestro Partido Comunista (y no debe haber en este mundo algo más comunista que el PCU). ¿Porqué será? Es que resultó un estrepitoso fracaso. Un sapo épico. La primera vez en la historia de la humanidad que un régimen, dotado de la suma del poder, sucumbe solo. No había bárbaros a sus puertas o ejércitos aliados invadiéndolo. Se derrumbó. Implosionó. No sólo desapareció un imperio, gigantesco, transformado en ruinas en términos de semanas, sino que también desapareció lo que por décadas fue una ideología pujante, combativa, que cautivó (o, por lo menos, controló), la mitad del planeta, desafiando a sus enemigos o adversarios y suscitando en ellos verdadero temor. Durante medio siglo el mundo vivió la tensión de la Guerra Fría. Hoy, los jóvenes ya no saben lo que fue la URSS y tampoco tienen mucha idea de lo que fue el comunismo. No es sólo que haya sido opresivos y con frecuencia sangrientos: es que se evanesció. ¿Culpa de Marx? Un poco. Hijo del Iluminismo se creyó que de la mente (la suya) podía salir la creación perfecta que no solo explicara la realidad —de una manera "científica", irrefutable— sino que también la moldeara a lo que debería ser. Si la religión le pareció el opio de los pueblos, el marxismo fue como una suerte de poderosa heroína. Marx le erró feo con su teoría del valor, heredada de Ricardo y con esa falacia hizo enorme daño, envenenándole la sangre a mucha gente, que se creyó expoliada. También fantaseó con su determinismo histórico, heredado de Hegel y Fichte, entusiasmando, sobre todo a jóvenes, a lanzarse en aventuras violentas y frustráneas. Pero su pifia mayor estuvo en su antropología, su concepción del hombre: el "Materialismo científico", una suerte de ser humano tabulado. Ahora, la cosa empeoró —y mucho— con Lenin. Marx era palabra santa. No se podía discutir su sistema, que era perfecto. Pero, claro, no lo era. Muy rápidamente, la realidad se equivocó. Marx había predicho que la revolución sólo podría ocurriría en los países capitalistas, basados en una estructura de producción autodestructiva y, para colmo, no contó cómo sería la cosa después del necesario triunfo de la revolución y la eliminación de las clases en lucha. Eso obligó a Lenin, que la tenía muy complicada porque ya no era cuestión de discursos y panfletos, a explicar cómo, en realidad, lo ocurrido en Rusia era lo que Marx había predicho (y otro poco más: lo que nunca había mencionado). Tenía el tigre agarrado por la cola y había que evitar que los comiera a todos. Acordémonos de que los bolcheviques eran eso, una minoría. Ahí apareció el Partido como vanguardia del proletariado y el Estado totalitario como etapa necesaria y previa a la sociedad sin clases y a la economía sin opresiones. Pues, si Lenin podía interpretar a Marx, ¿qué le iba impedir a Stalin interpretar a ambos? ¿Y quién iba a impedir los frutos de esas interpretaciones? Así, los errores teóricos de base se fueron convirtiendo en horrores de vida. La soberbia voluntarista que creyó saber cómo era y cómo debía ser el ser humano, llevó a vaciarlo de contenido, hasta que, asfixiado por su falta de libertad, perdió sentido por la vida y no soportó más sobre sus hombros el andamiaje sin sentido de una utopía probadamente fracasada, triste, nihilista. Ciegos por teorías, vacíos de valores, presa de las peores debilidades del ser humano, creyeron poder fabricar una suerte de androide, basado en una antropología absurda. Hace casi un cuarto de siglo, San Juan Pablo II lo ponía en estos términos: "cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que haga imposible el mal, piensan también que pueden usar todos los medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla. La política se convierte entonces en una "religión secular", que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo." (Centesimus Annus). ¡Qué horrible fracaso! ¿Quién va a festejar tamaño desastre? Nadie, obviamente. Pero tampoco sería buena cosa dejar que se olvide sin más.
Seducen los sistemas de ideas. Explican todo. Una línea es la de las dialécticas de raíz hegeliana. Para Pareto, unas elites se establecen, dominan a los pueblos y generan el nacimiento de otras que les desplazan y así sucesivamente. Seducen los sistemas de ideas. Explican todo. Una línea es la de las dialécticas de raíz hegeliana. Para Pareto, unas elites se establecen, dominan a los pueblos y generan el nacimiento de otras que les desplazan y así sucesivamente. Otra notoria es la materialista de Marx: la sociedad es escenario de la lucha de clases económicas, entre los burgueses que tienen los medios de producción y los proletarios que solo cuentan con su trabajo para vivir. Ante las realidades de la Revolución Industrial del siglo XVIII, decía que el mundo sería de los proletarios, cuya dictadura inevitable nos llevaría a un paraíso socialista posterior. El mundo sigue andando. Uno, lejos de intelectualidades tan elevadas, siente que a partir de ciertos valores asentados en la tradición de Occidente, como el respeto por uno mismo y el de la persona, la libertad, la familia y los bienes ajenos como si fueran propios, solo cabe concluir con Aristóteles que la única verdad existente, con sus luces y sombras, es la realidad. ¡Chau teorías!
Llevar regalos a una cita con el presidente de la República es una señal de paz. Si además se trata de libros, mejor aún. Eso pensaron los dirigentes del Pit-Cnt en su visita a Tabaré Vázquez cuando entre sonrisas de complicidad le regalaron tres libros, uno de los cuales es el célebre “Salario, precio y ganancia” de Carlos Marx. Llevar regalos a una cita con el presidente de la República es una señal de paz. Si además se trata de libros, mejor aún. Eso pensaron los dirigentes del Pit-Cnt en su visita a Tabaré Vázquez cuando entre sonrisas de complicidad le regalaron tres libros, uno de los cuales es el célebre “Salario, precio y ganancia” de Carlos Marx. No se trata de un libro elegido al azar sino uno de los textos básicos del pensamiento económico marxista. Marx predica allí que el capitalista, sin trabajar, se queda con parte de los bienes producidos porque posee los medios de producción (edificios, máquinas, etc.).
Un Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán, Tailandia, Malasia, hasta Vietnam; y por sobre todos, la nueva China continental, van imponiéndose. Fueron muy pobres, de no tener para comer hasta morirse de hambre. En China el producto anual per cápita era 300 dólares; cuando el Uruguay (nunca rico) marcaba: 3.000.

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