El tener poder, determina una enorme responsabilidad. Porque entre otras cosas, el gobernante se hace “dueño” de decisiones ajenas, de decisiones de los ciudadanos. En función de cómo actúa el gobierno, los ciudadanos invertirán o no invertirán, tendrán el dinero a buen recaudo en una institución financiera o en algún ropero. Y los ejemplos se multiplican.
Y existen ejemplos lesivos recientes de fraudes en contratos privados, además.
Los gobernantes en muchas ocasiones creen gozar de un aura superior, poseen un ego desmedido creyendo que estiran la mano y poco menos que tocan a Dios… Lamentablemente es así en muchos ejemplos.
Sucede en el mundo y por supuesto en nuestro país. Se equivocan sin dolo, seguramente, aunque no es una afirmación generalizada.
Hubo decisiones erróneas en gobiernos anteriores, en el actual y eso marcó el tamiz de la discusión.
Respecto al gobierno que finalizó, la oposición hoy gobierno, exhibió diferencias y apeló a que se vertiera más dinero en la población más vulnerable. Que vaya que se ha vertido; pero no sería suficiente. No es un axioma: ¿quién tiene la razón?
Argentina fue un caso paradigmático de cansancio y hastío en la gente. El panorama dantesco del gobierno anterior, minó la confianza que parece recuperarse con el gobierno actual. ¿Qué pueden haber sentido los empresarios que supieron invertir con Alberto? Rehenes de un desatino que es una perla más de un collar horadado, en un querido país que no encontraba su rumbo de prosperidad y paz. Ahora parecería que el barco se encauza, aunque el desempleo y la pobreza siguen rampantes.
¿Son conscientes los gobernantes de que es imperioso tener un espíritu que carezca de omnipotencia? ¿Son conscientes de que escuchar es una buena herramienta para actuar en consecuencia? ¿Son conscientes de que por más que el pueblo los haya ungido gobernantes con el voto, no alcanzarán jamás la cuadratura del círculo?
Aquí volvemos al tema recurrente que refiere al burócrata de turno que toma decisiones que repercuten en la actividad económica, en nuestro caso los promotores privados.
Hay inversiones que penden de un hilo porque no se genera la fluidez necesaria para tomar decisiones. Y se regula y se regula y se regula… porque regulando tienen poder y pareciera que dicho poder, los enaltece, les hincha el pecho, los hace casi que imprescindibles.
Hablo en términos generales y no corresponde ser específico, ya en la jerga cotidiana el tema se sabe y los jerarcas también.
No me compete hablar de mala fe; eso ya sería doloso, fue dicho, nefasto y al jerarca habría que eliminarlo
Pero el sentido común debería imperar: el promotor privado que va a invertir millones de dólares en un emprendimiento inmobiliario que lleva 3, 4, 5 años, que debe comprar un terreno, que tiene que conseguir un grupo de obreros que estén acorde a la responsabilidad por venir, que debe guardar mucho recato por la seguridad de lo que suceda en la obra, sabiendo que la industria de la construcción es una industria que conlleva sus peculiaridades para trabajar, debe todavía esperar que los astros estén alineados para que de esa forma su proyecto fluya y lo pueda comenzar en tiempo y forma.
Tenemos bien claro que el actual gobierno es consciente de estas expresiones y estamos con un mesurado optimismo, primero esperanzados en el diálogo que venimos manteniendo y segundo en que la fluidez impere en los trámites y regulaciones de distinta índole. Hablo a nivel de gobierno nacional y gobiernos departamentales.
Pero ya a poco de llegar el año de mandato, el plan ENTRE TODOS, no termina de dilucidarse en cuanto a sus requisitos (o tal vez hay decisión, pero la ignoramos). Los promotores estás prestos a incursionar en el mismo, salvadas algunas inquietudes.
El blasón de la libertad y la buena fe deben imperar y no exigir trámites burocráticos que impiden o ralenticen inversiones que es puro virtuosismo para el país.
El ropaje de la humildad y la mesura en los gobernantes, debería ser materia exigible.