Por Mónica López, coordinadora de la Unidad de Transporte en CAF
El fenómeno climático de El Niño es un evento natural caracterizado por un calentamiento anómalo del océano Pacífico, y que históricamente ha sido fuente de grandes impactos en América Latina y el Caribe. Este fenómeno afecta directa e indirectamente a diversos sectores, siendo el del transporte uno de los más perjudicados, y particularmente la infraestructura vial. En líneas generales se estima que entre el 25% y el 50% de las pérdidas por desastres naturales corresponden al sector transporte, es decir que US$ 1 de cada US$ 4 que se pierden por desastres naturales los está asumiendo este sector.
Las consecuencias de estas alteraciones climáticas en las carreteras son palpables: deterioro de la infraestructura por las lluvias torrenciales que provocan el desgaste acelerado del pavimento, la erosión de los taludes, la rotura de cunetas y el colapso de puentes; deslizamientos de tierra en zonas montañosas que suele causar el bloqueo de las carreteras; e inundaciones en áreas propensas, haciendo que las vías queden anegadas interrumpiendo el tráfico y dañando la infraestructura subyacente. También existen consecuencias indirectas relacionadas principalmente con los costos económicos derivados de la pérdida de ingresos y reparación de carreteras; del acceso a servicios públicos básicos como escuelas y hospitales; además de aumentar el riesgo de accidentes.
Se estima que El Niño del año 1997 supuso un impacto de US$ 1.700 millones en el transporte de América Latina. En Colombia, durante la ola invernal 2010-2011, más de 31.635 kilómetros de carreteras resultaron dañados, afectando a 3,2 millones de personas y 568.000 viviendas. El impacto económico total de los daños por este fenómeno superó losUS$ 6.800 millones, de los que US$ 1.800 millones correspondieron al sector transporte.
En Paraguay, el evento de El Niño de 2015-2016 trajo lluvias extraordinarias que supusieron la destrucción de 40 puentes y la necesidad de rehabilitar más de 11.000 kilómetros de caminos vecinales; los daños y pérdidas superaron losUS$ 220 millones y las necesidades de reconstrucción sobrepasaron los US$ 150 millones.
Entendiendo el impacto de El Niño sobre los países de la región, queda claro que no se trata solo de atender emergencias viales, sino por el contrario, promover el desarrollo de diseños técnicos integrales para que en el largo plazo las vías puedan contar con un nivel de servicio óptimo que garanticen su vida útil, y estén en capacidad de resistir los impactos externos. Es decir, es fundamental promover infraestructura resiliente capaz de resistir estos sucesos climáticos periódicos.
En la Guía de Buenas Prácticas para la Adaptación de las Carreteras al Clima (caf.com) de CAF-banco de desarrollo de América Latina y el Caribe, se proponen soluciones que podrían ayudar a reducir el impacto de este fenómeno en las distintas fases de los proyectos viales: diseñar sistemas de drenaje mejorados; utilizar materiales resilientes en la construcción; implementar sistemas avanzados de monitoreo; y fomentar la educación y capacitación.
Las acciones identificadas podrían clasificarse en tres ámbitos: i) medidas físicas, por ejemplo la reconstrucción de los sistemas de drenaje teniendo en cuenta las previsiones de variabilidad y cambio climáticos; ii) medidas de tipo organizativo, como la instalación de estaciones meteorológicas para recoger y analizar datos; o iii) medidas institucionales como la creación de una unidad específica en el Ministerio de Obras Públicas que gestione los programas de adaptación de la red vial al cambio climático. La definición de estas acciones exige una planificación estratégica y adaptativa.
Afrontar el fenómeno de El Niño demanda planificación estratégica y adaptativa, enfocada en desarrollar infraestructura resiliente que ayude a reducir el impacto. Se hace prioritario trabajar en los cuatro ámbitos clave: evaluación de riesgos y vulnerabilidad climática en los proyectos viales; herramientas y recursos durante las fases de planificación y evaluación de proyectos, que permitan incluir medidas de adaptación desde su inicio; recomendaciones para el diseño y construcción de carreteras más resilientes al clima; y estrategias para la gestión y el mantenimiento de carreteras en el contexto del cambio climático, entre otros.