CLAUDIO FANTINI
Occidente miró hacia Yemen al enterarse que Umar Faruk Abdullmutalab se había entrenado allí para el atentado aéreo que intentó sin éxito en EE.UU. Fue como si la aventura del nigeriano les revelara el riesgo que implica el agujero negro yemenita. Como si no hubiera ocurrido la masacre de turistas europeos en las ruinas de Maarib y como si no hubiera sido en el puerto de Adén donde un ataque mató decenas de marines en el 2000.
La organización de Osama Bin Laden siempre tuvo un brazo yemenita, porque de ahí es originaria la familia. Ahora bien, Al Qaeda estableció en Yemen su principal base porque, en el 2003, fue extirpada de Arabia Saudita por los servicios de inteligencia y también porque está siendo derrotada en Irak desde la caída de Abú Mussab al-Zarqawi. A eso se sumó la ofensiva del ejército paquistaní contra su bastión en Waziristán.
Por eso lo de Yemen se parece a un repliegue. Al Qaeda ha sido puesta en retirada en tres países y se recluyó en el territorio donde puede recibir la ayuda de la organización terrorista Al-Shabab, que opera en Somalia con los piratas del Golfo de Adén. Desde allí pudo organizar el atentado que fracasó en EE.UU. Intento que demostró negligencias en la seguridad norteamericana, pero también una gran distancia con la capacidad desplegada el 11-S.
Desde 1978, Alí Abdulhá Saléh encabeza en Yemen un régimen autoritario que sin embargo no ha podido doblegar la rebelión en el Norte del país. Ese gobierno despótico, pero corrompido y débil, no había podido derrotar al jeque fundamentalista Abdelamjed al Zidani, cuando comenzó a producirse una mezcla explosiva: la confluencia del salafismo y el wahabismo, dos de las vertientes más radicales del Islam.
Tanto el ultra-islamismo como la derecha republicana quieren el desembarco de marines en Yemen. Unos para probar que el presidente negro es tan imperialista y guerrero como su antecesor y los otros porque todavía no asumen que esa modalidad de guerra es funcional al terrorismo. Para Obama estos conflictos deben librarse con espías propios y ejércitos ajenos.