Venezuela: del desafío al silencio cómplice

La hipocresía es un fantasma que siempre ha recorrido el mundo político. La muerte de doce franceses blancos acribillados en la redacción de Charlie Hebdo, tuvo mucha más repercusión social, política y mediática que la muerte de 148 cristianos negros, masacrados en una universidad africana.

No hubo presidentes marchando ni ríos de tinta empapando diarios por el ataque del lunático Herekat al Shabaab al Mujaidin (movimiento de los jóvenes combatientes) en Kenia. Como si ya no indignara que ese baldío infeccioso que es Somalia desde que cayó Siad Barre, el último presidente que realmente gobernó el país barbarizado por una interminable guerra feudal, produjera engendros sanguinarios como respuesta a la invasión etíope y a la ocupación de una porción territorial por parte del ejército keniano.

En Latinoamérica, ideología y petróleo venezolano llevan años alimentando una hipocresía que mañana y pasado mañana, en Panamá, será desafiada por un puñado de expresidentes y por Lilian Tíntori y Mitzy Capriles, las esposas de Leopoldo López y Antonio Ledezma, encarcelados en una prisión militar por Nicolás Maduro.

¿Triunfará nuevamente el silencio y la complicidad ideológica? ¿O habrá un lugar para el reclamo sobre la situación de los Derechos Humanos en Venezuela?

Sería muy importante que el canciller Nin Novoa diga en la Cumbre de las Américas lo que dijo en Uruguay. Se diferenció del resto de los cancilleres sudamericanos al decir verdades evidentes: apresar un alcalde "con fuerzas policiales derrumbándole la puerta y sacándolo a empujones" es una barbaridad, y autorizar la represión de protestas con armas de fuego "es un exceso a todas luces".

Nin Novoa se atrevió también a un reclamo indudablemente urgente y justo: que la Cruz Roja verifique la situación de los dirigentes políticos y estudiantiles encarcelados en Venezuela.

Su voz y la de varios expresidentes, entre ellos Luis Lacalle, sirvieron para resaltar el silencio de los gobiernos sudamericanos. Un silencio que se explica en las complicidades ideológicas de unos y en los complejos políticos de otros, pero que en todos los casos resulta vergonzoso.

Es cierto que durante demasiado tiempo Washington practicó inaceptables injerencias en los asuntos internos de países del área. Pero la necesidad de erradicar esa práctica nociva no debe tapar otra verdad evidente y también señalada por el canciller: el de los derechos humanos es el único campo en el que no vale la sana doctrina de la no injerencia externa.

La bitácora

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Claudio Fantini

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