EL PAÍS DE MADRID
El presidente de Pakistán tiró la toalla ante el proceso de destitución iniciado por sus rivales políticos. La renuncia fue acogida en las calles con júbilo. EE.UU. y Gran Bretaña dicen que seguirán apoyando a Pakistán en la lucha contra el terror.
Con un tono orgulloso y desafiante que no lograba ocultar el rictus de amargura, el general Pervez Musharraf anunció ayer su dimisión como presidente de Pakistán, en un intento por conjurar el proceso de destitución emprendido contra él por sus rivales políticos.
El hombre que en los últimos nueve años ha detentado con mano de hierro las riendas del país -el único de mayoría musulmana que posee la bomba atómica-, acababa arrojando la toalla "por el bien de la nación" y para evitar la "inestabilidad" que entrañaría un juicio en el Parlamento para impugnarle bajo el cargo de violar la Constitución.
Esa fue su justificación durante una larga alocución televisada, en la que acusó a sus oponentes de "engañar" al pueblo paquistaní en pro de sus intereses. Las manifestaciones de júbilo en las calles que acompañaron su renuncia avalaban, sin embargo, la censura mayoritaria a un dirigente acusado de intentar aferrarse al poder a cualquier precio.
Mientras este militar de carrera, de 65 años, escenificaba su marcha forzada, el establishment político ponía en marcha los mecanismos constitucionales para iniciar la transición, cuyo desenlace todavía aparece incierto. El presidente del Senado, Muhammad Mian Sumroo, asumirá la jefatura del Estado a título provisional y, en un plazo de 30 días, un colegio electoral formado por miembros de las dos Cámaras parlamentarias y de las cuatro asambleas provinciales deberá designar al nuevo presidente, con un mandato teórico de cinco años.
LONDRES, WASHINGTON. "Que Alá proteja a este país de conspiraciones", fue el remate del discurso de Musharraf, en un recordatorio de su papel clave como aliado de EE. UU. en la lucha contra el terrorismo. Ese pacto estratégico no ha impedido la creciente infiltración del islamismo más radical en las instancias de poder de Pakistán, un país cuyo patio trasero -léase la frontera con Afganistán- está considerado santuario de los talibanes y de las bases de Al Qaeda.
La pronta reacción de un portavoz de Downing Street, subrayando que bajo la gestión de Musharraf se ha reforzado la relación con Occidente, pero al tiempo matizando que esos lazos no dependen de un individuo en concreto, subraya el pragmatismo con el que Londres y Washington encaran los acontecimientos. Estas capitales están pendientes de los pasos que se decidan a emprender los dos partidos integrantes de la coalición que gobierna Pakistán, promotores del procesamiento para desalojar al presidente del cargo.
Los nombres de los líderes que encabezan esas formaciones encarnan las convulsiones que han azotado Pakistán en años recientes. Asif Zardani se erigió en jefe de filas del Partido Popular a raíz del asesinato de su mujer, la pro occidental Benazir Bhutto, en plena campaña electoral el pasado 27 de diciembre; Nawaz Sharif, el presidente derrocado por el propio Musharraf en un golpe incruento (1999), regresaba meses atrás de su exilio en Arabia Saudí para participar en las legislativas de febrero que acabó ganando junto al primero. Los observadores recelan de la supervivencia de la alianza puntual que forjaron -desde su control conjunto del Parlamento y el gobierno- para derribar a Musharraf. Ambos se reunían ayer para decidir si siguen adelante con el pliego de cargos contra el presidente dimisionario, a pesar de las especulaciones que apuntan a que el interesado ya habría obtenido garantías de inmunidad parlamentaria.
Cuando Musharraf apelaba el lunes en su despedida al "juicio de los paquistaníes" sobre su dilatada gestión, sin duda estaba aludiendo a los 10.000 millones de dólares en concepto de ayuda -sobre todo militar- que le procuró su alianza con George Bush, a su papel de modernizador (apuntaló el protagonismo de las mujeres y el nivel educativo en general) y a las medidas para liberalizar la economía, poniendo el acento en el sector electrónico. A pesar de arribar al cargo gracias a un golpe de Estado, su agenda de los primeros años fue acogida como prometedora a nivel doméstico e internacional. Pero la tremenda seducción que ejerce el poder ha acabado sentenciándolo. Sus tics de dictador se revelaban insoportables el año pasado, con su obsesión por perpetuarse en el puesto. Aunque consiguió superar el escrutinio de las poderosas Cámaras regionales, el Tribunal Supremo se rebeló, declarando ilegal su nuevo mandato con la pretensión de retener la jefatura de las Fuerzas Armadas.
Musharraf destituyó a los jueces del Supremo no afines, entre ellos al presidente, pero la oleada de protestas populares le llevó a declarar estado de emergencia el 3 de noviembre de 2007, esgrimiendo una creciente oleada de atentados islamistas.
DESTINO. La precariedad de su posición le forzó a aceptar el regreso de Bhutto y Sharif a Pakistán para participar en las elecciones, un gesto que el lunes se esforzaba en presentar como "una oferta de reconciliación".
Su estrategia, en realidad, pasaba por repartirse el poder con la carismática dirigente, después de acceder a abandonar las armas el pasado noviembre para convertirse en un presidente civil. El asesinato de Bhutto y las consiguientes legislativas (que fueron pospuestas a febrero) se tradujeron en toda una humillación electoral, que lo dejaron aislado en el pico del poder. Musharraf ha confirmado su renuncia cuando sólo faltan seis semanas para que concluyan las obras de la mansión que se construye a las afueras de Islamabad. La coyuntura política y su seguridad personal -al menos ha sufrido dos atentados fallidos- auguran que quizás no pueda estrenarla y que su destino sea el exilio, ya en EE.UU., Reino Unido, Turquía o Arabia.
La cifra
69% Una amplia mayoría de especialistas de Estados Unidos considera que Pakistán es el país más susceptible de transferir tecnología nuclear a los terroristas.
Nueve años turbulentos
El presidente Pervez Musharraf había llegado al poder con un golpe de estado incruento en 1999. En 2001, cuando George W. Bush lanzó la llamada "guerra contra el terrorismo", tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, Musharraf se convirtió en aliado de Washington, que recompensó a Pakistán con 12.000 millones de dólares, levantando su economía. Sus principales dificultades comenzaron en marzo de 2007, cuando removió al presidente de la Corte Suprema, un referente en materia de derechos humanos, provocando una oleada de protestas en el país que lo obligaron a restablecerlo en su puesto. Ese error convirtió a los abogados y magistrados en la principal fuerza de oposición. En octubre del mismo año, el gobierno anunció que caducaban las acusaciones contra la ex primera ministra y jefa opositora Benazir Bhutto, que así pudo volver del exilio y participar de las elecciones.
Poco después Musharraf fue reelegido presidente por el Parlamento, y Bhutto regresó triunfalmente a Pakistán. A principios de noviembre, Musharraf impuso el estado de emergencia, suspendió la Constitución, despidió a los jueces que le eran hostiles e hizo encarcelar a miles de opositores. El 29 de noviembre, tras haber dejado el día anterior el comando de las fuerzas armadas, Musharraf jura como presidente. Pero la situación estaba lejos de tranquilizarse: el 27 de diciembre, el asesinato de Benazir Bhutto en un atentado en Rawalpindi causó violencia en todo el país. El 18 de febrero de 2008 ganaron las elecciones legislativas las fuerzas de oposición: el Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) encabezado por Asif Ali Zardari, viudo de Bhutto, y la Liga Musulmana (PML-N) del ex premier Nawaz Sharif, alejado del poder por Musharraf en 1999. Comenzó así la pulseada entre Musharraf y el gobierno del primer ministro Syed Gilani, del PPP, a la cabeza de una coalición con el PML-N, que el 8 de agosto anunció el proceso de juicio político al presidente. El 16 de agosto, la coalición envió a Musharraf un ultimátum de 24 horas para presentar su renuncia, so pena de presentar un juicio político.
Reacciones
La tensión entre dos potencias nucleares
Para India, que desde 1949 mantiene un largo contencioso territorial con Pakistán, la marcha de Pervez Musharraf es un problema. Ambos países se han enfrentado en tres guerras desde la independencia y casi una cuarta en 2004. Ambos disponen de armamento nuclear y cualquier incidente es potencialmente muy peligroso. Con Musharraf en el poder hubo un deshielo. Se firmaron acuerdos de paz y económicos. Nueva Delhi teme que sin instituciones fuertes, Pakistán no los mantenga. Como un aviso de lo que puede pasar en la disputada Cachemira -territorio dividido entre India, Pakistán y China- , miles de musulmanes salieron el lunes a la calle en Srinagar para exigir la retirada del "ocupante indio". "Ni siquiera la dictadura militar de Musharraf pudo controlar a los terroristas. Pero sin él existe más preocupación de que su poder aumente", afirmó Shiri Shanshak, antiguo número dos del Ministerio de Exteriores. "Tenemos que esperar y ver cómo evoluciona el proceso y se consolida un gobierno civil. Nueva Delhi tiene que buscar ahora un nuevo interlocutor", añade.
Expertos de Rusia dicen que EE.UU. fracasó
El Kremlin espera que la situación creada en Pakistán tras la dimisión del presidente se mantenga dentro de los marcos constitucionales.
Rusia confía en que la renuncia "no tendrá consecuencias negativas para el mantenimiento de la estabilidad interna en ese importante país asiático", declaró el lunes el portavoz del Ministerio de Exteriores, Andrei Nesterenko. Moscú desearía la continuidad "de la colaboración bilateral en la lucha contra el terrorismo y otras amenazas globales" que existía últimamente, prosiguió el portavoz.
Mientras tanto, algunos expertos rusos opinan que la dimisión del presidente paquistaní demuestra el fracaso de la política norteamericana en Asia central y en Afganistán. "Los norteamericanos habían apostado por Musharraf y su dimisión es un golpe para la política" de Washington, sostiene el politólogo Gueorgui Mirski.