RIO DE JANEIRO | OMAR LUGO, AMÉRICA ECONOMÍA
Favela de Rebú, a las 9.30. Las aspas del helicóptero de la Coordinadora de Recursos Especiales (CORE), el eufemismo con que se denomina a la tropa de elite de la Policía Civil de Rio de Janeiro, quiebran con estruendo el silencio del amanecer en la periferia oeste de la ciudad. Por tierra, un convoy de 30 todoterrenos, encabezados por un carro blindado (el temido caveirao en la jerga carioca), ocupa y cierra el principal acceso al suburbio.
Ciento veinte hombres uniformados de negro y pertrechados con armamento de guerra (fusiles de asalto M-16 y FAL-762, ametralladoras M-60 y chalecos antibala) forman dos columnas que con rapidez se dispersan por ambos flancos de la arteria principal de la favela.
Las calles están desiertas: alguien dio la voz de alerta minutos antes del desembarco de la policía. Comienza una operación más de la CORE, uno de los dos cuerpos de elite de Rio, polémico por la brutalidad con la que actúa allí donde la policía convencional no se atreve a pisar.
En Rebú campea a sus anchas la facción criminal Comando Vermelho (Comando Rojo). Los narcotraficantes establecen en las angostas calles de la favela varias "bocas de fumo" (puntos de venta de droga) y han dictado leyes paralelas para legislar la vida de sus vecinos: todo el mundo está obligado a colaborar con ellos y no se permiten robos dentro ni en las inmediaciones de la comunidad. El Comando Vermelho ofrece a cambio protección al vecindario y, con los réditos de la cocaína, de vez en cuando subvenciona pequeños gastos domésticos a quien lo pide, una bomba de gas o algún medicamento de urgencia. Hoy, algo inusual, los delincuentes no recibieron a tiros la llegada de la policía.
La operación, lanzada el pasado mes de julio, tiene por objeto capturar a los jefes del narcotráfico, los dueños de las bocas de fumo, vivos o muertos. En Rio se da por hecho que la CORE, así como el Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar de Rio (BOPE), tiene carta blanca para casi todo: puede disparar, puede registrar viviendas sin autorización judicial y puede someter a un interrogatorio a cualquier sospechoso de manejar información sobre los buscados.
Ronaldo Oliveira, jefe del grupo especializado en Robos y Hurtos de Automóviles (DRFA), capitanea la columna derecha. Ahora, el silencio en la favela es casi absoluto, sólo roto por el leve crujido de la gravilla bajo las botas de los efectivos y por el llanto premonitorio de un niño, que con intuición percibe el sinsentido que se avecina. Oliveira no se dirige a sus soldados con palabras, sino con un intrincado código de gestos que sólo manejan los hombres de la CORE y del BOPE.
El mando da la orden y su columna abandona la arteria principal, desplegándose ágil por una callejuela adyacente. Comienzan los registros. El grupo está encabezado por un sujeto cubierto con un pasamontañas negro y un sombrero de camuflaje; es el sabueso de la operación, lo que se conoce en la jerga del crimen como un "X9", un desertor del narcotráfico que pretende pagar algún favor de la policía entregando algunas cabezas más importantes que la suya. El individuo señala con el índice la puerta de una casa.
La CORE no acostumbra llamar a la puerta; intenta abrirla por los cauces civilizados y, si no puede, la echa abajo a patadas o, como último recurso, recurre a los explosivos. No sabemos si éste es el caso, ya que la policía afirma que fueron los narcos los que lanzaron una granada contra la puerta, pero el estallido dispara el pánico de los residentes en la favela, y ahora el olor a pólvora, el humo, el polvo y los balazos se mezclan con el grito de las mujeres y el llanto compungido de los niños.
Oliveira pide cobertura a sus hombres y entra él primero en la casa encañonando con un M-16 todo lo que parece moverse entre la humareda. Sale una mujer de una habitación pidiendo entre lágrimas misericordia para su marido. El policía ni se molesta en contestarle, tan sólo la aparta de su camino con el antebrazo y penetra en el habitáculo, donde encuentra escondido en un armario a A.R.M., uno de los principales cabecillas del narcotráfico en la favela de Rebú, que se entrega sin oponer la mínima resistencia.
El delincuente es conducido al acceso principal de la favela, donde queda exhibido, como si de un trofeo de caza se tratase, ante los periodistas que cubren la operación. Junto a él se encuentran esposados otros cuatro presuntos criminales, algunos de ellos, con claras señales de violencia en el rostro (un ojo morado, algo de sangre coagulada en la comisura de los labios...). No son personas con aspecto de delincuentes peligrosos, sino adolescentes descamisados, con los ojos inyectados en sangre de fumar marihuana o crack.
A sus pies también quedaron expuestos el abundante material bélico y las drogas incautadas: tres subfusiles Uzi, dos AK47, dos pistolas, varias bombas de fabricación artesanal (cilindros de aluminio rellenos de pólvora y metralla) y varios cientos de papelas de cocaína. Éstos son los temidos soldados del narcotráfico de Rio: desheredados de la tierra, en muchos casos, sin noción del bien y del mal, drogados y armados hasta los dientes.
"Los crímenes aquí son muy violentos. Normalmente, son perpetrados por jóvenes de 17 a 25 años con una capacidad mental bien reducida, que salen a la calle para hacerse con dinero rápido, y acaban matando a su víctima y cometiendo otras atrocidades", explica de una manera bastante gráfica el comisario Oliveira.
Hoy, en Rebú, la CORE fue razonablemente quirúrgica y no se han producido víctimas mortales, pero a pocos kilómetros, en la favela de Coreia, la policía militar ha intervenido con menos contemplaciones y mató a tres personas.
En Rio de Janeiro esto hace tiempo que dejó de ser noticia: la prensa local cuenta con secciones fijas en las que casi todos los días se narra la guerra en las favelas y se contabilizan los muertos.
Según los datos que maneja la propia policía militar, en 2007 se produjeron 20 bajas de efectivos en choques armados en el municipio de Rio. En lo que va de 2008, 10 policías militares murieron. Estas cifras contrastan sospechosamente con las bajas que se cuentan en el otro bando; según el Instituto de Seguridad Pública de Rio de Janeiro, sólo en el primer semestre de este año se registraron 472 civiles muertos, en lo que la policía considera bajas legítimas, provocadas por la resistencia de los criminales a la autoridad.
En el mismo período del año pasado, el número de muertes ascendió a 509. "Estamos ante una eficacia policial absurda", manifestó el sociólogo español Ignacio Cano, miembro del laboratorio de Análisis de la Violencia de la Universidad Estatal de Rio de Janeiro (UERJ). "No conocemos otra policía en el mundo que cause tantos muertos en sus intervenciones como la de Rio. Infelizmente, esta realidad responde a una concepción política de la seguridad pública", añadió Cano.
Según el sociólogo, la policía de operaciones especiales carioca tiene tres rasgos propios que la alejan de cualquier otro cuerpo policial del planeta. Primero, se trata de una fuerza militarizada que responde a una estrategia militar; es decir, los objetivos son eliminar al enemigo y ocupar su territorio. En segundo lugar, cuenta con un poder de fuego indiscriminado que causa gran número de víctimas inocentes. Por último, y como consecuencia de lo anterior, los ciudadanos pasan a un segundo plano cuando se toma la decisión de intervenir. "Una policía europea que actuase así en áreas densamente pobladas, como son las favelas, sería inaceptable", concluye el experto en violencia policial.
En el último informe anual de la ONG Human Rights Watch, en la rúbrica dedicada a la violencia policial en Brasil, se afirma: "Los policías que cometen abusos son raramente sancionados y, algunas veces, estos abusos son justificados por las autoridades como una consecuencia inevitable de sus esfuerzos por combatir las altas tasas de criminalidad en Brasil".
En la misma línea, el fogueado reportero carioca Bartolomeu Brito, con 25 años de experiencia en la cobertura de conflictos en favelas (sus reportajes inspiraron el guión de "Ciudad de Dios", del director Fernando Mireilles), opina que la policía "primero dispara y después pregunta".
"Existe una solución a largo plazo: que las autoridades desmantelen las favelas y reubiquen a sus moradores en lugares decentes. Pero, infelizmente, los políticos sólo pisan estos lugares cuando necesitan pedir votos. Una vez que pasan las elecciones, vuelven a desaparecer", denuncia el periodista. El comentario nació ante lo sucedido en las elecciones del 26 de octubre, donde se disputaron la alcaldía de Rio de Janeiro, y otras, en la segunda vuelta de las elecciones municipales brasileñas. Durante esos días, los candidatos a alcalde y a concejales se hicieron fotos junto a los vecinos de las favelas, donde se concentra el 19% de la población carioca. Luego de ese día, no volvieron más.
Las cifras
19% Es el porcentaje de la población de Rio de Janeiro que reside en las favelas. Civiles muertos en
472 el primer semestre de este año por enfrentamientos en favelas.
En México tampoco está claro quiénes son los buenos y quiénes los malos en la lucha contra los narcos
Ciudad de México | La lucha contra los narcotraficantes y la polémica sobre el accionar policial no es un asunto tan sólo brasileño. En México, estos delincuentes suelen ser los protagonistas de las tapas de los diarios desde hace tiempo.
Muchas de las fotos policiales de los narcotraficantes que se publican en la prensa mexicana muestran matones de aspecto hosco, con miradas fulminantes hacia la cámara. No obstante, una investigación contra la corrupción dada a conocer la semana pasada en la capital mexicana dejó claro que no todos los involucrados en el narcotráfico tienen ese aspecto.
Entre los mayores retos de la guerra contra el narcotráfico en México está el hecho de que estos delincuentes no encajan en el estereotipo. Sus filas incluyen hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Y pueden trabajar en cualquier parte: en laboratorios remotos, como parte de escuadrones errantes para asesinar, incluso, en las altas esferas del gobierno.
Se sabe desde hace mucho tiempo que las bandas de narcotraficantes han infiltrado a las policías locales. Y ahora queda cada vez más claro que el problema no para ahí. La realidad alarmante es que muchos servidores públicos están sirviendo tanto a los contribuyentes como a los narcos.
Los hombres de traje, resulta ser, eran burócratas y tipos malos, funcionarios corruptos muy arriba en una unidad de elite de la oficina del procurador general federal, que pasaban información secreta al temido cártel de los Beltrán Leyva a cambio de maletas llenas de dinero. Su detención y el despido de otros 35 funcionarios de las fuerzas del orden sospechosos, representan el caso de corrupción más extenso que este país, que conoce a la corrupción demasiado bien. Y plantea una pregunta que está en boca de muchos mexicanos: "¿Cómo se sabe quiénes están sucios y quiénes limpios?".
"Estoy convencido que para detener al crimen primero tenemos que limpiar nuestra casa``, dijo recientemente el presidente Felipe Calderón, que hizo del combate al narcotráfico una parte crucial de su presidencia. Hay evidencia amplia de que los mexicanos de todas las clases sociales están dispuestos a unirse a las bandas del narcotráfico a cambio de dinero, incluidos los campesinos que abandonan los cultivos tradicionales y cambian al de marihuana, y los contadores que ocultan las ganancias de los narcotraficantes.
Hubo evidencia esporádica en el pasado de que tal corrupción se extendió a oficinas gubernamentales de alto nivel. Se detuvo y sentenció a un general del Ejército que comandó una unidad antinarcóticos de México en 1997, después de que se descubrió que también trabajaba para un señor de la droga. En 2005, se encontró que un espía que trabajaba para un cártel de la droga era empleado de la presidencia y se le acusó de proporcionar información sobre los movimientos del entonces presidente Vicente Fox, a los narcos.
Hoy es frecuente que los narcos sepan con antelación cuándo se realizará una redada. En ocasiones, los traficantes plantan a su gente en los equipos que las llevan a cabo para actuar como saboteadores. El gobierno de Calderón sí se las arregló para capturar en enero a Alfredo Beltrán Leyva, un líder de un cártel, a pesar de que el grupo recibía información de adentro. Lo que parece ser que sucedió, según funcionarios, fue que el Ejército realizó la redada sin involucrar a la Procuraduría General, dejando fuera a los funcionarios corruptos. the new york times