WASHINGTON | THE NEW YORK TIMES
La reforma del sistema de salud le asegura al presidente Barack Obama un lugar en la historia como uno de los pocos gobernantes que transformó el régimen de seguridad social. El Partido Republicano ha quedado en situación de incertidumbre.
Después del debate más enconado, Obama demostró a los escépticos que, cuando se decidió a lanzar todo su capital político sobre la mesa, para alcanzar lo que fue una de las grandes promesas de su campaña electoral, pudo ganar, aunque haya sido por una diferencia estrecha.
Ya sea un logro histórico o un suicidio político para su partido -quizás las dos cosas-, tuvo éxito en un tema, en el que el ex presidente Bill Clinton fracasó al intentar rehacer todo el sistema. George W. Bush buscó un cambio profundo en el sistema de seguridad social, mediante cuentas privadas, pero no pudo concretarlo.
En el centro de la estrategia de Obama está la apuesta de que los legisladores y dirigentes del Partido Republicano exageraron, al intentar presentar al proyecto de ley como un viraje hacia el socialismo.
Ahora, armados con una ley específica que ofrece beneficios concretos a millones de personas -y que promete garantizar un seguro a muchos que no podían pagarlo o les resultaba imposible obtenerlo- la Casa Blanca y el Partido Demócrata cree que puede haber sacado ventaja.
"Esto sólo le hubierado dado resultado al Partido Republicano, si la ley no hubiera sido aprobada", comentó David Axelrod, uno de los asesores políticos más estrechos del Presidente. "Quisieron plantear oposición a lo que era una caricatura de la ley, en lugar de plantear su posición ante la verdadera ley. Quiero ver ahora cómo van a hacer para decirle a una familia que tiene un chico con una determinada enfermedad, que no creen que deba tener cobertura del seguro".
Pese al éxito obtenido, no hay duda que en el transcurso del debate, Obama perdió algo y para siempre. Desapareció la promesa que lo impulsó a la victoria hace menos de un año y medio, de un ámbito político en Washingon DC, donde la racionalidad y el discurso equilibrado y calmo reemplazaran a las disputas partidarias.
Ningún legislador republicano votó el proyecto que ya es ley. No se recuerda ni una ley trascendente que se haya aprobado sin un solo voto de los republicanos. Por ejemplo, Lyndon B. Johnson logró que casi la mitad de los republicanos en la Cámara de Representantes votara por Medicare -el sistema de seguro de asistencia para personas de avanzada edad- en 1965, una ley que fue denunciada, utilizando muchos de los mismos conceptos expresados para oponerse a la reforma actual. La propia estrategia de Obama está cambiando al descubrir que simplemente no funcionará el enfoque para gobernar que tenía en mente cuando triunfó en las elecciones presidenciales.
APUESTA. "Fracasó en el esfuerzo de ser el Presidente que no dividiera, el que podía usar el debate racional y tranquilo para tender puentes y superar las divisiones tradicionales", señaló Peter Beinart, un ensayista liberal que se apresta a publicar una historia de la arrogancia en la política estadounidense.
Por esa lección de gobierno, Obama pagó un precio muy alto. Casi pierde el debate sobre la reforma, y sólo sacó la victoria tras diferir casi todas las demás prioridades y hacer campaña con el tipo de pasión que no había mostrado desde la de 2008. Su argumento ganador, al final, fue que mientras el resultado político podría ser en su contra -y de otros demócratas-, rehacer el sistema de atención de la salud era una de las piedras angulares de su credo: "El cambio en el que se puede creer".
Los republicanos abordaron esta batalla convencidos, al menos para el consumo público, que saben cómo se desarrollarán los hechos: con el final del mandato de Obama y pérdidas mayores a las habituales para el Partido Demócrata, en las elecciones de renovación parcial del Parlamento, fijadas para noviembre del corriente año.
La apuesta de Obama es que lo que funcionó para los ex presidentes Lyndon B. Johnson y Franklin D. Roosevelt, con las reformas que impulsaron, también funcionará para él. Cuando los estadounidenses descubran que no los pueden rechazar para el seguro, debido a enfermedades preexistentes o que pueden conservar sus propios planes de seguro infantil por más tiempo, apreciarán aún más las repercusiones de los cambios en su vida cotidiana. Esos beneficios, junto a la ampliación de la cobertura de medicamentos para las personas de edad más avanzada, tienen amplia popularidad entre los ciudadanos estadounidenses. Los aspectos de la ley que pueden suscitar mayor controversia, como es el caso de la obligación de tener cobertura de un seguro, no entrarán en vigencia por varios años. En la semana en la que los demócratas celebraron la aprobación de la ley, los republicanos aparecieron otra vez como el partido que siempre dice no y en este caso, sin ofrecer una propuesta alternativa que resultara convicente para los ciudadanos.
David Frum, integrantes del American Enterprise Institute, una organización conservadora, dijo que los republicanos intentaron derrotar la ley para minar políticamente a Obama, pero dejaron de lado la posibilidad de tener influencia en la definición del contenido de una ley importante. Agregó que la posición republicana generó dudas sobre las credenciales de liderazgo de ese partido y, en definitiva, fracasó porque de alguna manera contribuyó a incrementar el poder de Obama.
REACCIÓN. A medida que transcurren los días, y mientras Obama realiza actos para promover la reforma aprobada, la actitud de los ciudadanos parece estar cambiando, aunque también revela cierto grado de escepticismo sobre los resultados prácticos que tendrá el novel sistema en el futuro y si realmente mejorará las perspectivas de la asistencia médica.
Una encuesta realizada por la Universidad de Quinnipiac, poco después de la aprobación de la ley, indicó que el 49% de los ciudadanos está en contra de la reforma y 40% a favor. La encuesta anterior, efectuada antes de la votación, había mostrado un margen mayor: 54% en contra y 36% a favor.
De manera similar, la encuesta realizada por el Noticiero de la cadena televisiva CBS, antes de la votación, indicó 48% en contra y 37% a favor. La brecha se redujo a solo 4 puntos porcentuales -46% en contra y 42% a favor- después que la ley fue aprobada.
En las dos encuestas, Obama recibe mejores notas por la manera cómo manejó el tema desde que promulgó la reforma, aunque su nivel de aprobación en el tema sigue estando por debajo del 50%.
Las encuestas también revelan un grado de incertidumbre del público respecto de la manera en que los afectarán los cambios en el sistema de atención de la salud. El relevamiento de CBS subraya la idea de que Obama tiene que convencer a los estadounidenses, ya que la mayoría indicó que no tiene una clara comprensión de cómo los afectará la nueva ley. Sólo 3 de cada 10 personas creen que los cambios mejorarán el sistema.
De cualquier manera, el 52% estima que la ley es un gran logro de la presidencia de Obama, en tanto casi el 50% le adjudica el mérito al Partido Demócrata.
Mirando hacia el futuro, la mayoría considera que los legisladores republicanos deben seguir cuestionando partes de la ley, pero el 51% se opone a la actitud de varios estados que intentan impedir que los cambios se lleven a la práctica.
El desafío que enfrenta es la reducción del enorme déficit; la oposición no colabora
THE ECONOMIST | El gran desafío que enfrenta el presidente Obama, después de la aprobación de la reforma del sistema de salud, es producir un plan creíble para abordar el enorme déficit presupuestal que tiene Estados Unidos. Es una tarea diferente a la de aplicar mecanismos de control de costos en la salud, debido a que, en definitiva, controlar el Presupuesto requiere profundas reformas de todos los rubros. Lamentablemente, hasta ahora, Obama no ha esbozado cómo piensa hacerlo.
En teoría, los recortes presupuestales ofrecen más margen que la reforma de la salud para atraer a los republicanos obstruccionistas: la responsabilidad fiscal, supuestamente, coincide con el sentimiento de la derecha política. El problema es que muestran pocos indicios de querer ayudar. Los republicanos tienen la excusa de que Obama hizo poco, en el comienzo, para atraer a los republicanos en el tema del seguro de salud, dejando el proyecto en manos de los demócratas en el Congreso. Los conservadores pueden sostener que Obama está enfervorizado por incrementar el poder del gobierno sobre la economía. Sostiene que al haber impulsado un enorme programa de estímulo económico y luego al "socializar" a un sector que representa la sexta parte del PIB, ha empujado a Estados Unidos más hacia la izquierda que cualquier presidente desde Franklin D. Roosevelt. Esa apreciación resulta injusta, debido a que el estímulo a la economía era necesario. Obama tiene la necesidad de eliminar su aparente adicción a la injerencia del gobierno en la economía. La mejor manera es indicar con claridad dónde piensa aplicar los recortes de gastos.
Pero, quizás deba revisar otros proyectos que impulsa. Son los casos de su proyecto de ley sobre el cambio climático, cuyas posibilidades de aprobación antes de las elecciones legislativas parecen escasas, y la reforma en materia de inmigración, que parece ser una causa perdida. Es rechazada por los conservadores y apoyada por muchos empresarios.
Las cifras
49% de los estadounidenses está en descuerdo con la reforma del sistema de salud y 40% a favor, según la encuesta de Quinnipiac.
63% de los ciudadanos discrepa con la manera en que los legisladores del Partido Republicano manejaron la reforma de la salud.