Kirguistán, una de las cinco repúblicas de Asia central ex soviética, estalló los últimos días a causa de conflictos étnicos. El gobierno, que es provisorio desde que en abril un grupo de rebeldes causó unas 100 muertes y forzó el exilio de su presidente Kurmanbek Bakiyev, permitió a los oficiales disparar ante cualquier amenaza y la situación se agravó: la presidenta interina Rosa Otunbayeva estimó en 2.000 los muertos y la ONU habló de un millón de afectados a causa de los incendios en Osh y otras ciudades. Unos 300.000 uzbekos cruzaron la frontera y otros 700.000 son desplazados internos. El diario Moskovski Komsomólets afirmó que los carros blindados abren camino a cientos de kirguizos enardecidos que se dedican a quemar las casas de los uzbekos, matar a sus moradores y violar a las mujeres. Decenas de miles de pobladores de esta etnia minoritaria quisieron huir de su ciudad destruida hacia Uzbekistán, pero los puestos fronterizos debieron cerrar porque estaban desbordados. A la espera de ayuda humanitaria y sin más cosas que lo puesto, unos 300.000 quedaron paralizados en la frontera. No quieren volver para atrás pero tampoco pueden ir hacia delante.