Mezquita recibe a heridos por la represión

Yemen. Brindan ayuda a manifestantes baleados por los leales al brutal régimen de Saleh

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Saná | The New York Times

La tranquilidad dentro de la mezquita rápidamente se convirtió en un caos cuando ingresaron en una camilla a la primera víctima de un ataque letal contra una manifestación. El joven se agarraba el abdomen con manos ensangrentadas.

Pronto había docenas de víctimas de disparos apretándose heridas mientras las metían de prisa a un salón diseñado para la oración y la reflexión, que ahora funcionaba como hospital de campaña para manifestantes heridos a tiros por su gobierno.

"¿Cuáles son las razones para matar gente? No puedes justificar esto``, observó Ghada Qasim, una médica, abrumada por la escena ante ella. "No tienen armas. Es un desastre``.

Hace nueve meses, cuando los manifestantes salieron a las calles en grandes cantidades para exigir la destitución de su presidente autocrático, Ali Abdulá Saleh, voluntarios transformaron esta mezquita en una clínica de campo, una sala de operaciones para realizar cirugías de emergencia o simplemente atender a los afectados por el gas lacrimógeno.

Las fuerzas de Saleh y las bandas de matones en ropa de civil que las apoyan han abierto fuego en repetidas ocasiones, durante todos esos meses de protestas, con balas reales.

Sin embargo, siempre, la mezquita está llena de heridos y, siempre, los voluntarios - unos 300- se ponen a trabajar. "Estamos aquí para poder hacer algo humanitario", señaló Suheib al Dambani, un paramédico, en una ambulancia prestada por el cercano Hospital de Ciencia y Tecnología.

Era otro día típico en un país que ha escalado de una crisis sangrienta a otra crisis sangrienta. Los manifestantes no abandonan. El presidente se niega a abandonar el poder, las balas siguen volando y la mezquita sigue llenándose de pacientes. La cantidad de heridos escaló cuando realmente estalló la guerra urbana en septiembre entre fuerzas gubernamentales y una división del Ejército que cambió de bando.

Cuando los primeros disparos del martes chasquearon en las calles, Al Dambani saltó a la minivan que funge como ambulancia y partió a toda velocidad. "Sentimos mucho pesar en nuestro corazón por los pacientes que hay aquí``, dijo el doctor Mohamed Qubati, el jefe del hospital improvisado, quien durante las semanas de mucho movimiento sólo ha podido ir a su casa unas cuantas horas. "He visto gente con medio cuerpo, media cabeza", contó. "¿Qué podemos hacer? Lloramos``.

Un día reciente, salieron dos marchas del centro de la protesta, una franja de casi dos millas de tiendas de campaña frente a la Universidad de Saná. Un grupo se dirigió a Al Quizá, un barrio residencial donde había muchos matones progobierno armados que rápidamente abrieron fuego con municiones reales.

Murieron cuatro manifestantes, cantidad relativamente reducida para los insensibles veteranos. En marzo, francotiradores mataron a 50 manifestantes.

"Mudanza". Se estableció el hospital en forma ad hoc en marzo, durante los primeros días de las protestas.

Se seleccionó por su ubicación céntrica y porque proporciona un enorme refugio a los heridos. Consintieron los imanes de la mezquita, y desde entonces, hospitales exteriores, empresarios, organizaciones no gubernamentales e, incluso, la Organización Mundial de la Salud, han donado suministros y dinero. Hay una farmacia donde los manifestantes enfermos pueden obtener medicinas gratuitas, y los pacientes pueden incluso recibir seguimiento.

El personal médico empezó a usar uniformes con el logotipo "Hospital de Campo Saná", escritos en inglés y árabe.

En los primeros días, el hospital de campo estaba mucho menos organizado; los médicos se tropezaban con los heridos que yacían en el piso de piedra. Sin embargo, la dependencia persistente del gobierno en la fuerza letal ha provocado que el personal adquiera práctica.

"Lo más importante es estar en el campo de la herida, la atención inmediata salva vidas``, dijo Tarek Noman, un doctor formado en Occidente, que se encarga de evaluar a quién se atiende primero.

Temprano una mañana, antes de que comenzara el derramamiento de sangre, un mozo vestido de verde barría tranquilamente el piso de piedra mientras un puñado de médicos organizaba los suministros cerca de filas de unas 20 camillas.

Un grupo de mujeres estaba sentado en un rincón de la mezquita preparando las gasas. Había dos ambulancias estacionadas afuera de las rejas.

Cuando después llegó una mujer herida, los voluntarios varones tuvieron que pedir ayuda a las enfermeras, que llegaron corriendo. Se tiene que atender a las mujeres separadas de los hombres.

Afuera, Noman caminaba cerca de la reja mirando fijamente los cadáveres de dos manifestantes. "No debieron haber transferido a esos otros dos tipos al hospital``, dijo.

"Sabía que iban a morir", añadió Noman.

No se permitió el acceso de un joven que sólo tosía por el gas lacrimógeno al salón principal. Ya empezaba a estar atestado de víctimas de disparos.

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