Daniel Herrera Lussich | Corresponsal permanente EL PAIS EN WASHINGTON
Poco les duró el respiro de alivio a George W. Bush y Tony Blair apenas se desbarató el plan terrorista para estallar 10 aviones en pleno vuelo sobre el Atlántico desde Gran Bretaña a Estados Unidos.
Vapuleados en los últimos tiempos por la opinión pública americana y británica y viviendo el momento más bajo de sus popularidades, vieron una posible tabla de salvación para estabilizar la silla presidencial de la Casa Blanca y la de primer ministro de Downing Street 10.
Pero mientras Bush en los sondeos globales mantiene índices extremadamente oscuros, en el rubro referido a su conducción de la lucha terrorista exhibió de inmediato una mejoría, cuando todo hacía pensar que Blair auparía en los méritos ante el sentir inglés sobre su gestión por los éxitos de Scotland Yard, un error inexplicable para un gobernante de larga trayectoria y un político con experiencia en duras tormentas, lo impulsó a las primeras planas de la prensa como blanco de severos y justificados ataques por su aparición en un yate, en Barbados, aprovechando el sol del Caribe en traje de baño, en silenciosas vacaciones, mientras la gente vivía la psicosis de los frustrados atentados y soportaba largas demoras en el aeropuerto de Londres.
George W. Bush tiene un panorama inmediato muy difícil. El 7 de noviembre se renueva parcialmente el Senado y la totalidad de Diputados, en un Congreso con mayoría absoluta del oficialista Partido Republicano. Y todo parece indicar que la Casa Blanca no obtendrá resultados demasiado favorables, los sondeos dan claro favoritismo a los demócratas, en especial en Diputados que, de obtener 15 cargos más, en el total de 435, pasaría a dominar el número de bancas después de ser minoría desde 1994. El Senado elegirá, como cada dos años, un tercio de sus 100 representantes por un período de seis años.
Todos los síntomas para Bush eran desfavorables hasta la semana pasada, se seguían acumulando malas nuevas todos los meses. Los sondeos exhibían y todavía siguen aferrados a números negativos: los porcentajes de popularidad, punto más, punto menos, oscilan entre el 26 y 28% .
Bush ve aún cómo candidatos republicanos nuevos o a la reelección tanto al Senado como a Diputados no lo invitan a las proclamaciones y procuran alejarse lo más posible de la imagen presidencial. Y hace pocos días se dio el más sonado de los resultados de las elecciones internas, esta vez demócratas. El compañero de Al Gore en la fórmula presidencial, el senador Joe Lieberman, cayó derrotado en la puja para ser candidato por Connecticut, con 48% de los votos contra 52% de Ned Lamont, un demócrata desconocido en la política. Sus únicas credenciales, que con los gastos que demandan las elecciones no son pocas, son las de ser un empresario multimillonario.
¿Qué precipitó la caída de Lieberman, un legislador de larga carrera?
Los sondeos señalaron que los votantes le dieron la espalda por su apoyo a la guerra de Irak, pese a ser un duro opositor del gobierno, y se volcaron en cambio por Lamont, un pacifista.
Pero una encuesta del jueves y viernes, coincidiendo con los detalles y los 24 detenidos por el plan de atentados contra aviones Londres-Estados Unidos, publicado por Newsweek, mostró que el 55% confiaba en el manejo que George W. Bush está haciendo de la seguridad interna americana, cuando en mayo era un 44%.
Desde ese momento los republicanos y la Casa Blanca en especial centraron todos sus discursos y publicidad, primero de la imagen del gobierno y luego de las candidaturas para noviembre, en "la guerra contra el terrorismo y la seguridad nacional".
Es la última carta de Bush, salvo que cayera vivo o muerto Bin Laden.
Blair, muy debilitado hasta en sus propias filas laboristas y el continuo varapalo conservador, habría prometido dejar el cargo antes de fin de año, pero el éxito de la investigación que permitió frustrar el plan terrorista y los sospechosos detenidos en pocas horas, parecían llevarlo de nuevo al aplauso del votante británico. Pero la aparición en traje de baño en el Caribe fue como una bomba de tiempo contra su prestigio. La prensa publicó en grandes titulares: "todos acá estábamos temerosos por la amenaza extremista o en largas colas en el aeropuerto para salir al exterior, mientras Blair se sumergía en las verdes aguas del Caribe imperturbable ante los hechos del mundo".
Líderes en la crisis
El 9 de agosto, antes de partir de vacaciones, Tony Blair ya sabía de la planificación del atentado y se comunicó con George W. Bush para ponerlo al tanto de la situación. Un día después, reiteró el llamado para comunicarle sobre los arrestos de los conspiradores.
El manejo de la situación podría haberle dado alivio a la alicaída imagen de ambos. Sin embargo, las fotos de Blair en el Caribe tuvieron el efecto contrario.