JORGE ABBONDANZA
Hubo épocas en que la imagen del poder resultaba inaccesible, porque se encarnaba en individuos que no eran vistos como simples mortales. El faraón egipcio o el basileus bizantino se presentaban ante el pueblo distantes y sobre todo inmóviles, igual que las estatuas de los dioses o las estampas de los santos, porque estaban más cerca de esos modelos que de la gente común. En el mundo contemporáneo, el gobernante (o el monarca) no sólo son de carne y hueso, sino que están más sometidos que nadie a la exhibición de sus debilidades.
La moderna vidriera del poder parece armada como el blanco de una práctica de tiro, para que se acribille a sus emblemas en lo que es uno de los juegos predilectos de la opinión pública, los medios periodísticos y las mesas de café, porque en los países libres el gobernante no sólo es vulnerable sino además efímero, ya que lo encumbra una victoria edlectoral pero desaloja el escenario a los cuatro o cinco años, a menos que la reelección permita prolongar esa estadía. Sabe que se expone a los cuestionamientos, que sus pasos en falso pueden convertirse en desastres personales y sus indiscreciones en escándalos, al extremo de derrocarlo (Nixon) o demoler su base popular (Berlusconi).
Aunque siga en el poder no se salva del tiroteo que va midiendo sus aciertos o errores, una gimnasia que no perdona ni a las eminencias (Mandela) cuando las salpica un disparate de su mujer. La divulgación de casi todas las intimidades y pecados del poderoso, es una de las grandes conquistas de la libertad de expresión, aunque sea también un ejercicio en la cuerda floja, no solamente porque su entusiasmo informativo puede resbalar de la denuncia al chisme, sino porque representa uno de los peligros mortales (o electorales) para el gobernante que incurra en adulterio, soborno o tráfico de influencias, ya que la primicia de esos tropiezos es capaz de fulminarlo, parado en el umbral de la vergüenza.
Ahora que el poder es vulnerable y que la publicación de sus secretos no le cuesta la vida a los periodistas valerosos (excepto en México o en Rusia), puede hablarse sin miedo de lo que corresponde. De Obama, que no ha sido capaz de evacuar sus tropas de la masacre de Afganistán ni de cerrar Guantánamo; de Rousseff, que ha debido soltar a siete ministros de su gabinete acusados de corrupción; de Chávez, que en doce años no ha sabido resolver la inflación, el desabastecimiento, la enloquecedora delincuencia ni la malversación de fondos que azotan a su país; de Cristina, que guarda silencio sobre un vicepresidente imputado por enriquecimiento ilícito y una organización humanitaria que despilfarra dineros públicos, demostrando que la boca cerrada es uno de los lujos del autoritarismo. Ese es el marco en que actúan algunas de las figuras dominantes, aunque se omiten otras para que la lista no resulte abrumadora.