WASHINGTON | EL PAÍS DE MADRID Y AFP
El gobierno de Barack Obama, fue preso de violentas luchas intestinas al elaborar la nueva estrategia para Afganistán en 2009, según reporta el periodista Bob Woodward, célebre por destapar el escándalo Watergate por el que dimitió Nixon.
El título del nuevo libro de Bob Woodward no es lo que parece en un principio. Que el periodista haya bautizado su última obra como "Las guerras de Obama" (Obama´s Wars) no se traduce en una enumeración de los conflictos que el 44 presidente de Estados Unidos tiene abiertos en el mundo -dejados en herencia por la anterior Administración republicana-. De hecho, la guerra de Irak no recibe ninguna atención en el volumen, excepto por una breve mención para tomarla como referencia en la nueva estrategia para la contienda que de verdad consumía -y consume- las horas del presidente: Afganistán. Las guerras de Obama son intestinas. Son las luchas que el mandatario libró con sus consejeros militares para lograr sus propósitos respecto a Afganistán.
Barack Obama reclamó con urgencia el año pasado a sus asesores en el Pentágono que le diseñasen un plan que sacase de una vez y por todas a las fuerzas estadounidenses de Afganistán. Pero el plan de salida nunca llegó, según se concluye a través de documentos y encuentros secretos entre el mandatario y sus generales y que Woodward cita en su libro, que saldrá a la venta el próximo lunes. La única opción que los jefes militares ofrecían a Obama era aumentar el número de tropas en el escenario bélico, lo que suponía involucrarse más en lugar de menos, como deseaba el presidente.
Ante la falta de propuestas e iniciativas, Obama dio un golpe de timón y puso un día de finales de octubre de 2009 sobre la mesa de la llamada "Situation Room" -donde se manejan las crisis y se toman decisiones respecto a la seguridad nacional del país- un documento clasificado de seis páginas que dictaba la estrategia a seguir y que básicamente suponía una menor implicación norteamericana. "Todo lo que hagamos tiene que estar enfocado en reducir nuestra huella. Es por el interés de nuestra seguridad nacional. No puede haber ningún espacio para la flexibilidad o la interpretación". Había que irse de Afganistán, por decisión del mandatario.
Mientras los militares habían reclamado al comandante en jefe más y más tropas en la zona, Obama sólo concedió 30.000 hombres en contraposición de los 40.000 que el Pentágono solicitaba. La decisión no gustó a los uniformados, que a esas alturas ya estaban en abierto conflicto con Obama y librando guerras subterráneas con al Casa Blanca. Pero Obama lo tenía claro: "No nos vamos a quedar 10 años en Afganistán", dijo el presidente al secretario de Defensa, Robert Gates, y a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en una reunión a finales de octubre del año pasado. "No pienso gastarme un billón de dólares. No vamos a construir lazos de largo plazo en ese país".
Pero incluso después de que Obama informase de su decisión a sus comandantes -Mike Mullen y David Petraeus-, el Pentágono insistía en que se reconsiderara la decisión presidencial. Exasperado, según relata Woodward, Obama reaccionó un día con visible irritación y dijo: ¿Por qué tenemos que seguir teniendo estas reuniones?". "En 2010 no quiero volver a tener una charla en la que se diga que `lo estamos haciendo bien, señor presidente, pero lo haríamos mejor con más hombres`. No vamos a tener una conversación sobre cambios en la misión a no ser que sea para salir antes de lo establecido".
Según Woodward, quien tuvo acceso directo al presidente y a otros funcionarios, Obama, considerando que no tendría apoyo de la opinión pública por más "de dos años" sobre el tema afgano, se opuso a compromisos largos.
Por su lado, el New York Times hace notar que la fecha tope de julio de 2011 fue fijada en función de consideraciones de política doméstica. "No puedo dejar que esta guerra se perpetúe y no puedo perder a todo el partido demócrata", dijo Obama.
Además, según las investigaciones de Woodward, la agencia de inteligencia estadounidense CIA cuenta con un grupo paramilitar de tres mil efectivos en Afganistán. Se trata de equipos de élite con alta instrucción militar y agrupados bajo el nombre CTPT ("Counterterrorism Pursuit Teams"), sostiene Woodward. Su tarea consiste en ubicar a extremistas talibán en Afganistán y Pakistán y liquidarlos. Con ello, la CIA aspira a destruir los refugios de la red terrorista Al Qaeda en la zona fronteriza entre ambos países.
Medios estadounidenses destacaron ayer que ya era conocido que el gobierno norteamericano convierte a la CIA cada vez más en una organización paramilitar que lleva a cabo operativos en la sombra en Asia y África. La novedad sería la magnitud de las operaciones descritas por Woodward. Voces críticas sostienen que la evolución acaba cada vez más con la diferenciación entre soldados y agentes de inteligencia.
Informe que hizo caer un presidente
La investigación que llevó a cabo Bob Woodward con Carl Bernstein sobre lo sucedido en el edificio Watergate, le dio fama internacional no sólo porque fue un ejemplo de trabajo periodístico sino porque además derribó al presidente Richard Nixon.
Todo comenzó cuando las fuerzas de seguridad detuvieron a cinco hombres, enviados por el presidente, intentando colocar cámaras y robando documentos en el complejo Watergate, donde se celebraría la Convención Demócrata. Gracias a los datos brindados por una fuente anónima, a la que llamaron "Garganta profunda", el mandatario dimitió en agosto de 1974.
"Garganta profunda" pa-só a la historia, no sólo por desenmascarar el espionaje que ejercía el gobierno contra el principal partido opositor, sino también por el misterio que suscitaba su identidad, que se conoció recién en 2005: era el ex subjefe del FBI Mark Felt, fallecido hace dos años.
A los 67 años, Woodward tiene doce best-sellers, premios Pulitzer y Robert Redford lo encarnó en el film del caso Watergate.