La novia Cayetana cumplió 85 años

JORGE ABBONDANZA

En el mundo pasa de todo. Pasan cosas graves, como el esfuerzo de la alemana Angela Merkel por salvar el euro o el empeño de la brasilera Dilma Rousseff por alejar a los corruptos de su gabinete ministerial, pero también pasan cosas menudas, como el entusiasmo de la española Cayetana Fitzjames Stuart por contraer terceras nupcias a los 85 años. En esos y otros casos, las mujeres luchan para conseguir lo que quieren, tanto la que combate para impedir el derrumbe de un sistema financiero o la que pretende sanear su entorno político, como la millonaria que se empecina por subir al altar con un novio 27 años menor. El sexo débil es tenaz, ya se sabe.

Cayetana es la duquesa de Alba, una anciana melenuda provista de más títulos nobiliarios que ninguna otra mujer en el mundo. De hecho, es 6 veces duquesa, 17 veces marquesa, 20 veces condesa, además de vizcondesa, condestable y muchas veces Grande de España, colección heráldica gracias a la cual es uno de los pocos mortales que no debe hacer la reverencia ante el Papa. Pero al margen de esos privilegios es una potentada cuyo patrimonio se estima en 3.000 millones de euros, a los que sin embargo debió renunciar en favor de sus seis hijos para que esa prole aceptara su inminente boda, a celebrarse en octubre en el Palacio de las Dueñas, un caserón sevillano donde reincidirá en su fervor matrimonial. Por el momento la duquesa es doblemente viuda, de Luis Martínez de Irujo y del académico Jesús Aguirre, que en ambos casos murieron de cáncer. Ella sobrevive a todos, como Barba Azul.

Que los esponsales de una octogenaria ocupen la atención periodística, demuestra cuáles son los ejes del mundo de las noticias, aunque Cayetana vale la pena, porque a pesar de sus limitaciones motrices y sus dificultades para hablar, no se da por vencida en sus ilusiones románticas. La culpa no la tiene ella, que actúa y opina con el desparpajo de una niña rica acostumbrada a hacer lo que le da la gana. La culpa debe atribuirse a la generosidad con que el periodismo navega por el mar de los chismes y a la presteza con que responde al esnobismo del consumidor. Estas líneas suman su aporte a esa tendencia, aunque también la denuncien.

Mientras tanto, la indomable Cayetana encarga su traje de novia, distribuye sus fincas entre los vástagos y hace las maletas para su geriátrica luna de miel en Tailandia. Lo malo de la cultura de esta época es que un asunto familiar, destinado por su naturaleza a no superar el circuito doméstico, se haya convertido en una telenovela de alcance internacional. De eso se alimenta mucha gente, ávida por husmear en las intimidades ajenas, mientras Cayetana se prueba su tercer velo.

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