ENTREVISTA

Jorge Asís: “Para muchos argentinos Uruguay es un balneario cordial, pero yo lo conozco bien”

El escritor y periodista Jorge Cayetano Zaín Asís habló con El País de su carrera, de su pasión incorregible por la lectura y de las señales que Luis Lacalle Pou ha volcado hacia Argentina.

Escritor y periodista Jorge Cayetano Zaín Asís. Foto: misionesparatodos.com
Escritor y periodista Jorge Cayetano Zaín Asís. Foto: misionesparatodos.com

Entrevistar al mejor escritor de ficción del Río de la Plata es un placer. Así debería ser presentado Jorge Cayetano Zaín Asís y, sin embargo, su propia versatilidad ha hecho que también se transformara en referencia obligatoria del análisis político a través de dos medios regulares: el canal América, donde dialoga todos los miércoles con Luis Novaresio en el programa “Animales Sueltos”, y Jorgeasisdigital.com, su portal de “periodismo artesanal”.

Nacido en Avellaneda en el año 1946, Asís no solo es un reportero de nota que no reniega de su pasaje por la política, sino que, paralelamente a esa estampa de analista corrosivo, lúcido y contracultural, el autor de “Cuaderno del acostado” ha creado un universo literario hipnótico. Hipnótico por su sintaxis, por su incorrección política, por su sentido del entretenimiento, por su frescura, por el modo en que refleja la vida institucional de la Argentina, a la que pinta como un verdadero maestro sociológico, y por una capacidad expresiva que no reniega de la autenticidad, de la belleza y hasta de la ternura.

“La lectura es para mí una cuestión orgánica”, declaró Asís en esta entrevista exclusiva con El País, y se nota en cada una de las palabras que enhebra un autodefinido “profesional de la palabra” que se confiesa “adicto a la interpretación del poder”. Acerca de su carrera, de la realidad política del Río de la Plata, de los libros ajenos que le dieron felicidad y de los propios que le otorgaron fama o prestigio, fue esta conversación con el creador de “Carne picada”, algunas de cuyas mejores líneas rezan: “La noche en Buenos Aires caía como una desgracia. Daba, más que nunca, la sensación de que sobrevivir era una tómbola, una ruleta rusa que de tanto horror podía finalmente hacerse monótona”.

-El Uruguay no es un país más para usted. ¿Por qué?

-A mí me conocen en el Uruguay. Yo presenté libros allí en una época que también fue muy sombría para su país. Llevé “Flores robadas en los jardines de Quilmes” cuando se hizo una Feria del Libro en una especie de subsuelo extraño, alrededor de 1981. Lo que pasa es que para muchos argentinos Uruguay es una especie de balneario cordial, pero yo lo conozco bien (risas). Conozco el interior, su literatura y algunos de sus escritores fundamentales, de los que ya nadie habla, como Carlos Martínez Moreno, Felisberto Hernández y Mario Arregui. Y si tuviera que radicarme en Uruguay, optaría por Montevideo, donde me recuerdo en caminatas con Enrique Estrázulas, que me llevaba a una parrilla insólita donde pasé una noche maravillosa.

-Estrázulas: un fenómeno.

-¡Enrique era un amigazo! Con él nos reencontramos en París, yo como embajador ante la Unesco y él como agregado cultural. Llegamos prácticamente para la misma época, y una vez tuvimos que hacer un trámite juntos por algo que nos concernía a los dos. Y no sabés cómo nos divertimos, porque él no solo me conocía sino que me imitaba. Aparte, está su “Pepe Corvina”. Una vez, Enrique contó una anécdota maravillosa. En un reportaje medio loco que le hicieron, Onetti agarró y dijo: “¿Qué dicen que Jorge Asís es como Roberto Arlt? Qué va a ser como Roberto Arlt. ¡Ese es un atorrante y nada más!” (risas). Y “Estrázulas de la Banda Oriental”, que era muy amigo mío, le reprochó: “¿Cómo va a decir que Jorge Asís es un atorrante?”. Onetti le contestó: “¡Pero decime la verdad!”. Así que Estrázulas le dijo: “Sí, es un atorrante”. “¿Y entonces para qué me jodés?”, fue la respuesta final de Onetti (risas). Aunque lamentablemente no lo conocí, yo lo admiré mucho a Onetti, porque fue un maestro. Y a Benedetti lo recitaba de memoria de joven.

-Aquella fue una generación fabulosa.

-Pero por favor: ¡la cantidad de minas que he levantado recitando “A la izquierda del roble”! (risas).

-¿Cómo un lector contumaz como usted todavía encuentra tiempo para dedicarle a esa pasión?

-La lectura para mí es una cuestión orgánica. Yo leo permanentemente: me puedo levantar a las tres de la madrugada, y entonces el insomnio es casi un acto creativo, porque salto de alegría, leo, escribo, qué sé yo. Acá al lado tengo una edición en francés de una biografía de Aragón. ¿Quién va a leer una biografía de Aragón en este momento en la Argentina? Levanto un libro y aparece otro de historia, escrito por Luciana Sabina. Y al lado está “Le prix de la démocratie”, de Julia Cagé, la mujer de Thomas Piketty. Leo permanentemente. Incluso, con un celular me alcanza.

-Antes de hablar de actualidad política, sería interesante que nos detuviéramos en este texto de 1983 para saber qué le hace sentir hoy, en el año 2020: “Asís tiene vocación de bestseller; los aspectos autobiográficos de ‘Flores robadas en los jardines de Quilmes’ y de ‘Carne Picada’ lo enuncian con lealtad, y parte de su grandeza literaria está íntimamente vinculada a su operación sobre dimensiones comerciales desde el texto -no fuera de él- en un género que es de su exclusivo patrimonio. A diferencia de otras obras (¿acaso ‘El extranjero, de Camus’, y ‘Celda sin número’, de Timerman, por ser bestsellers dejan de ser obras maestras de la ficción?), el éxito es, en los bestsellers de Asís, una condición literaria”. Estamos hablando, por supuesto, del gran Rodolfo Enrique Fogwill.

-Quique Fogwill era un tipo muy lúcido, brillante, inteligentísimo. Lo conocí mucho y le tuve mucho aprecio. Era muy interesante y él creía que era un buen poeta, pero fundamentalmente era un buen narrador, y no por “Los pichiciegos”, el librito que escribió sobre Malvinas en seis días, con muy buena información que tenía de prensa extranjera, sino por “Muchacha punk”, un libro de cuentos maravilloso. Pero todo eso me parece casi folclórico porque, por suerte para mis colegas y para mucha gente del submundo literario, yo ya no soy más bestseller. Cuando me hice periodista, me empezó a sostener la firma de Oberdán Rocamora. Y como escritor pasó el furor de esa cosa tan transitoria que se llamó “el fenómeno Asís”. A partir de 1983 entré en una especie de retroceso por haber tenido éxito en aquellos años patéticos, lo cual se tomaba como una transgresión y me trajo muchos problemas en Argentina y en el exterior. Yo seguí permanentemente con la literatura, pero para el lector es como si mi vida hubiera culminado con “Diario de la Argentina”. Entonces llegó una etapa de caído, de acostado. Y las novelas que produje en los 90, en los que mi vida cambió totalmente, son las que se leyeron menos. Volví a ser bestseller gracias sobre todo a Oberdán Rocamora, cuando empecé a publicar mis textos políticos de “La marroquinería política” y “El descascaramiento”.

-Hablando de sus libros periodísticos, usted reveló actos de corrupción del kirchnerismo mucho antes de que Clarín comenzara a criticar al ex presidente Néstor Kirchner. ¿Por qué hoy, después de haber sido un crítico ácido del macrismo, tampoco se siente cómodo ante las señales que da la gestión del presidente Alberto Fernández?

-No sé si me siento cómodo o no cómodo, o qué es lo que pude haber denunciado: yo interpreté el kirchnerismo, y para mí eso era imposible sin tratar la cuestión recaudatoria, que en ese momento no trataba nadie. Publiqué “La marroquinería política” en 2006, y en aquel momento Clarín y casi todos los grandes empresarios estaban muy pegados a Kirchner, quien armó un gran polo de poder fundamentalmente sostenido en dos ejes muy sólidos: Moyano, por una parte y, por otra parte, la comunicación. Aquel Kirchner tenía todo el apoyo de los medios, casi sin excepciones. Respecto a Alberto, lo que me parece, Pablo, es que la Argentina no está movilizada por el éxito, sino que un gobierno se purifica con el fracaso del que lo sucede. A partir del enorme fracaso de Macri, hubo una especie de reconfirmación de “La Doctora” y de su talento político para la conquista del poder, porque ella armó con mucho talento una fórmula en la que se puso como número dos. Pero lo que fue muy bueno electoralmente no parece ser para nada bueno para el ejercicio del gobierno.

-¿Por qué le hubiera gustado ver una especie de cuarentena a la uruguaya en Argentina?

-Lo que pasa es que esto ya no es con el diario del lunes, sino de hoy. El gobierno de Alberto Fernández comenzó a fortalecerse y a adquirir cierta personalidad a través de la peste, que fue providencial para una administración que llevaba tres meses, que se parecía bastante al macrismo y que estaba bastante ocupada en resolver el tema de la deuda. Así que nos encerraron a todos y nos empezaron prácticamente a impresionar con el pico, que venía en abril, después en mayo y finalmente en la segunda quincena de julio. Pero cuando se llegó al agotamiento del encierro compulsivo, la cuarentena se empezó a abrir y apareció más o menos ese pico. Y ahora hay una sociedad harta, a la que este asunto le importa menos que la inseguridad, que entre otras cosas es consecuencia de la crisis económica atroz que sufre la Argentina.

-¿Cómo caracterizaría a Luis Lacalle Pou?

-Mire, me parece bien. Lo escuché una vez en un almuerzo que dio aquí, y es un político que sedujo mucho en Buenos Aires, aunque las incitaciones que hace para que los argentinos vayan a establecerse fiscalmente en el Uruguay no las veo muy elegantes. Uruguay tiene muchas más posibilidades de ser un país consolidado, serio y respetado que una especie de Estado de Delaware gigante (risas). Pero creo que es un hombre sensato, al que tengo ubicado en una suerte de centroderecha, y que forma parte de una civilización política muy distinta a la argentina, que es más salvaje.

-¿Tiene algún significado ser peronista en esa Argentina contemporánea?

-Creo que sí. El peronismo se multiplica hasta en la carencia. Cuando se cuestiona en algún costado la condición peronista de Menem por su vertiente liberal, o de pronto hay peronistas que miran para otro lado y no creen que sea peronismo lo que tiene que ver con el kirchnerismo, y… es un problema. El peronismo tiene que asumir como elemento sintetizador que tanto Menem como Kirchner son dos vertientes distintas, que obedecen a momentos históricos diferentes. El peronismo te puede servir tanto para privatizar como para estatizar, aunque tiene algunos preceptos que me parece que son importantes, y que algunos otros países pueden criticar pero deberían tener. Por ejemplo, la noción de justicia social que impuso desde los años 40. Hoy, existe en algunas intendencias, en los sindicatos y en las provincias, pero esencialmente sobran peronistas y falta peronismo. Y algo similar pasa con la Unión Cívica Radical. En vez de ser cuerpo y cabeza, los dos grandes partidos son patas.

-La realidad argentina, ¿le produce tirria o le divierte, como si viviera en una especie de “House of Cards” en tiempo real?

-No, no me divierte: me impresiona, me conmueve y trato de interpretarla. Y para eso está lo que yo tengo como “periodismo artesanal”. La actualidad política para mí es fundamental, y me hice casi un adicto a la interpretación del poder. Y acá tiene mucho que ver mi relación con la política, que, de jovencito, pasaba por la izquierda y el ideal revolucionario, y más bien estaba alejada de la problemática del poder. Después, ya por formación, por biografía, por cargos, por dinámica, por los diez años que pasé en Europa, por otro nivel de lecturas y hasta otro idioma, me especialicé en esa problemática. Y hoy me fascina.

-Pero más allá de esto, ¿quién es Jorge Asís?

-Un profesional de la palabra que escribe una crónica con el mismo interés perfeccionista que si escribiera “La montaña mágica”.

“Entró una onda literaria para críticos que se olvida del lector”

-En Argentina, hay siempre escritores fabulosos que rápidamente se olvidan. Pienso en Mujica Láinez, en Dalmiro Sáenz, en Silvina Bullrich. Usted, ¿piensa en Bernardo Kordon?

-Bernardo Kordon, ¡por favor! ¡Roger Pla! Argentina tiene una cantidad de escritores que son estúpidamente descartados. Digamos que en literatura, también, el que se muere pierde. Cuando uno era casi joven y medio romántico, pensaba que con la muerte vendría una especie de valoración, pero acá te moriste y fuiste (risas). ¿O usted se cree que hoy se lee profusamente a Borges y a Marechal? Empiezan a tratarse autores en aniversarios redondos. Pero hoy no leer los cuentos de Kordon, que haya pasado al olvido Enrique Wernicke, que casi ni se sepa quién es Humberto Costantini o tantos escritores que son los que me formaron… He tenido la suerte de haber conocido desde jovencito a gigantes como Conrado Nalé Roxlo. Pero sí: hay una vocación por el olvido atroz. Incluso Borges, a quien todos idolatramos, es mucho más citado que leído. Yo no tengo una gran apuesta por la posteridad, aunque creo que “Diario de la Argentina”, “Los reventados” y “Flores robadas en los jardines de Quilmes” pueden sobrevivirme. Después, existe toda una etapa de mi obra que prácticamente se desconoce. Y hay unos miles de tipos que me siguen y que saben de qué hablo cuando digo “El sentido de la vida en el socialismo” o “Del Fiore a Montparnasse”. Así que soy más bien un escritor de culto. O de secta (risas).

-Y no hablamos de su amigo Haroldo Conti.

-Yo le dediqué “Flores robadas” no para hacerme el gran desafiante revolucionario, sino porque era muy amigo mío y quería saber qué habían hecho con él. Haroldo Conti fue un gran escritor. “La balada del álamo Carolina” tiene un cuento que se llama “Las doce a Bragado”, que no se puede creer. En Argentina se lee menos, y además entró toda una onda de literatura escrita para críticos, que se olvidó del lector. Mis ideales de escritor eran Balzac, Jorge Amado o Mario Vargas Llosa, tipos aluvionales, ¿no?

-Usted describe una tendencia bastante snob de escribir para la academia o para los colegas…

-Le voy a contar una anécdota maravillosa de Quique Fogwill. Una vez, un muchacho de estos dijo en una reunión literaria: “Yo tengo ganas de escribir un texto donde no pase absolutamente nada”. Y lo interrumpió Fogwill delante de todos y le dijo: “¿Autobiográfico, no?” (risas). Esto tiene que ver con toda esta pajería de la importancia del texto. Es el carpintero que se jacta de cómo trata la madera. Y a mí la madera me sirve para crear una mesa. De todas maneras, estos temas me interesan más que la política.

-¿Cuál es el escritor que usted lee y frente a cuya obra termina con ganas de ponerse a escribir?

-Los mejores son los que leés y te dan ganas de sentarte a escribir. Por ejemplo, Marechal, Thomas Mann o Carson McCullers. “El corazón es un cazador solitario” es un libro sublime, y “La balada del café triste” es una maravilla. He leído de todo, mi formación ha sido bastante desordenada, y para mí fue mucho más importante Boris Spivacow que Victoria Ocampo.

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