CLAUDIO FANTINI
Está claro que no lo hizo para complacer a Chávez. Es más, el gobierno brasileño explicó al norteamericano la razón por la que recibiría al presidente iraní. Tanto Lula como Itamaraty piensan que, para estar entre las grandes potencias, hay que aprobar el examen de mediador en conflictos internacionales, y el Oriente Medio es la materia más importante. Pero recibir a Mahmud Ahmadinejad parece tener más contraindicaciones que ventajas.
No se trata sólo del fanático que exhorta a "borrar del mapa a Israel", dice que el holocausto es un invento sionista y organiza muestras de caricaturas sobre los campos de concentración, esos espacios donde se industrializó el asesinato. Se trata también del presidente que retuvo el cargo mediante el fraude contra el candidato de los reformistas, Mir Hossein Musawi. El jefe del gobierno que reprimió a sangre y fuego las protestas contra la trampa electoral, y que condenó a cientos de manifestantes a recibir latigazos y a decenas de activistas a penas de hasta quince años de cárcel. Más aun, ocho disidentes sindicados como organizadores de las multitudinarias marchas fueron condenados a muerte por "moharebeh", que significa "hacer la guerra contra Dios".
No es fácil recibir al exponente de un régimen fraudulento y represor, sin perder credibilidad al actuar con extrema dureza diplomática frente al gobierno golpista de Honduras. Tiene razón Lula cuando dice que "es mejor dialogar que estigmatizar y aislar". El problema es que Micheletti le puede reclamar coherencia.
De todos modos, para esta jugada de riesgo, Brasil habría contado con la aprobación de Estados Unidos, porque la política exterior de Obama apuesta, con buena lógica y sensatez, a utilizar todos los medios diplomáticos y políticos antes de recurrir a las presiones económicas y militares. El propio Obama acaba de estrenarla en Singapur, donde se reunió con el general Thein Sein, poniendo fin a la política de no compartir foros ni actos con representantes de la dictadura de los militares birmanos.
En su discurso de bienvenida, Lula le dijo a Ahmadinejad que Brasil aboga por la democracia, las libertades públicas e individuales, los derechos humanos y el respeto a la diversidad política y religiosa. Un calco de lo que hizo Obama en Shangai, donde exaltó la democracia y abogó por libertades y respeto a las minorías, al mismo tiempo que iniciaba un acercamiento entre su país y el régimen de partido único que persigue a los musulmanes de Xingianj, a los budistas del Tíbet y a los miembros de Falung Gong.
Washington también es heterodoxo a la hora de hacer negocios. Por eso entenderá que Lula trate con el presidente del país que recibe el treinta por ciento de las exportaciones brasileñas al Oriente Medio. Obama recibió el libro "Las venas abiertas de América Latina" de manos de Chávez, el líder que vocifera su aborrecimiento a los Estados Unidos pero les vende la mayor parte de su petróleo. También entiende que si Brasil logra atraer a Irán hacia posiciones moderadas, facilitará acercamientos de Israel con Hamás, el chiismo libanés y el régimen sirio. Lo que no está claro es que pueda lograrlo. A pesar de la reputación de Itamaraty, hay cierta desmesura en la apuesta a desatar semejante nudo gordiano. Y si falla en ese pretensioso intento, Brasil retrocederá un par de casilleros en su búsqueda de un asiento en el Consejo de Seguridad, mientras que en Lula quedará como una mancha su abrazo con un fanático fraudulento, de religiosidad oscurantista y mano dura para reprimir protestas y firmar sentencias de muerte por el delito de "hacer la guerra a Dios".