THOMAS FRIEDMAN
Al observar el derrumbe de algunas acciones del sector financiero, escucho una voz en mi cabeza, la de uno de esos croupiers de Las Vegas, que dice impersonalmente mientras barre nuestras fichas después de que hemos perdido al blackjack: "Gracias por jugar, damas y caballeros". Eso pasa cuando estallan las burbujas. Y Wall Street se convirtió en una burbuja gracias a un exceso de liquidez y a la más antigua fabricante de burbujas de la historia: la codicia.
Una razón por la que esta burbuja financiera llegó a ser tan grande es ahora bien conocida: usted y su vecino salieron a gestionar una hipoteca "subprime" (el puntocom de la actual década), que permitió a muchas personas convertirse en propietarias. Su financiera local, que ofrecía esas hipotecas, más tarde las revendió a un intermediario, que las reunió en grandes paquetes junto con otros miles de hipotecas subprime. Luego esos paquetes de préstamos fueron partidos y vendidos en pequeñas partes como bonos corporativos a instituciones que querían obtener más rendimientos. Los pagos que usted hacía de su hipoteca subprime se destinaban a pagar el interés de esos bonos.
Pero cuando colapsó el mercado hipotecario, y la gente ya no pudo pagar su hipoteca ni vender su casa, los bonos perdieron valor y, por lo tanto, los bancos emisores perdieron capital, y toda la pirámide empezó a desmoronarse. ¿El resultado? Dejaron de prestar y de allí la actual desaparición del crédito.
La tarea del gobierno consiste en controlar la delgada línea que separa la necesidad de asumir riesgos de la actitud de apostar locamente con los ahorros de otra gente, algo que se convierte en una amenaza para todos. Necesitamos asegurarnos de que lo que ocurre en Las Vegas ocurra solamente allí y no llegue al ciudadano. Necesitamos volver a invertir en nuestro futuro y no jugar con él.