CLAUDIO FANTINI
En 1966 una crisis embistió contra Alemania Federal. Para afrontar los ajustes, conservadores y socialdemócratas dejaron de lado su proverbial rivalidad y formaron el primer gobierno de "Gran Coalición". Encabezado por Kiesinger y Brandt, compartió el precio político de aumentar impuestos. Con ese antecedente alemán, cogobernarán Grecia Nueva Democracia y Pasok, fuerzas de las rivales dinastías políticas Karamanlis y Papandreu.
Lo mismo recomienda la atribulada realidad italiana, pero Berlusconi se empeñó en ignorarla, aferrándose a los escombros de un gobierno sin planes. Sus movimientos son los estertores de la vitalidad política con que supo dotar de estabilidad al turbulento parlamentarismo italiano. El millonario que llegó al poder cuando la cruzada anticorrupción "mani pulite" diezmó la vieja partidocracia, logró lo que Giulio Andreotti había conseguido con la coalición pentapartidaria en los arduos tiempos de la Guerra Fría. Lo demás fue arbitrariedad y desvarío.
La primera señal de que las derivas de Berlusconi conducían al naufragio, fue la ruptura de Gianfranco Fini. La segunda fue la pérdida del respaldo de la Iglesia.
En la década anterior, el prestigioso The Economist y luego el célebre Umberto Eco, advirtieron lo que "il cavaliere" podría costarle a Italia. En los últimos meses, Merkel y Sarkozy pasaron a considerarlo un factor que aumenta el riesgo de hundimiento. Hasta los mercados le bajaron el pulgar, y nada más lapidario para un libremercadista que ser sentenciado por la Bolsa.
El golpe de gracia lo dio Umberto Bossi pidiendo terminar con esta gestión agónica.
La derecha quiere un gobierno propio, aunque sin Berlusconi. La oposición quiere elecciones anticipadas para formar nuevo gobierno. Sin embargo, la gravedad de la crisis parece imponer un gobierno de unidad.
En rigor, toda Europa imagina para Italia una Gran Coalición como la que rescató a Alemania en los años `60.