Durante los últimos días de agosto de 1939, el mundo diplomático vivió un enorme revuelo. Hubo intercambio de mensajes y documentos vinculados con un inminente ataque sobre Polonia, riesgo que Inglaterra procuraba evitar y Alemania quería correr. Los enviados oficiales o privados volaban entre Londres y Berlín con variadas propuestas o arrogantes contestaciones, pero finalmente el 1º de setiembre comenzó la Segunda Guerra Mundial. Pocas horas después, en la noche de esa jornada fatídica, los cafés y restaurantes de Berlín estaban llenos como siempre, en la ópera daban Madame Butterfly con localidades agotadas, el Teatro Estatal reponía Ifigenia de Goethe y muchísima gente hacía cola frente a los cines para ver grandes producciones como Marie Antoinette con Norma Shearer. En la calle, el público opinaba que la campaña militar sería muy corta, confiaba en que Inglaterra no entraría en guerra y pocas semanas después todo volvería a la normalidad.
Ya se sabe lo que siguió, aunque los horrores mayúsculos (Stalingrado, Auschwitz, Dresde, Hiroshima) llegaron bastante más tarde. Ahora esas lecciones del siglo XX con sus pavorosas cifras de muerte y destrucción parecen no servir de nada, porque el mundo se encuentra nuevamente en medio de un revuelo diplomático frente a otro ataque inminente que algunos países quieren impedir y dos o tres se empeñan en cometer. Pero el 1º de setiembre de 1939 nadie podía prever lo que iba a ocurrir a continuación y de hecho no sucedió nada catastrófico en los ocho meses siguientes, durante una drôle de guerre en que el frente occidental se mantuvo inactivo y mucha gente llegó a creer que podría firmarse un acuerdo de paz en cualquier momento.
El espanto, sin embargo, iría creciendo a lo largo de seis años en los cuales no sólo murieron millones de soldados sino que otros millones de víctimas de la población civil fueron elegidos como blanco masivo de las bombas por primera vez en la historia humana. La matanza sistemática de los judíos europeos fue una exclusividad de la demencia nazi, pero la masacre indiscriminada de los habitantes de las ciudades fue en cambio una opción estratégica compartida por los dos bandos y ejercitada con similar empeño por alemanes, ingleses y norteamericanos. En esa guerra que el 1º de setiembre de 1939 comenzó como una aventura militar destinada a agregar un nuevo trofeo a las anteriores anexiones hitlerianas (Austria, Checoslovaquia), morirían 55 millones de personas y se borrarían del mapa reliquias irrecuperables, desde Nüremberg y Coventry hasta Montecasino y el centro histórico de Rotterdam.
Ahora que el mundo enfrenta la cercanía de otra guerra, parece oportuno evocar lo que pasó hace seis décadas y tener en cuenta que un conflicto bélico planeado con gran despliegue, tiene todas las probabilidades de escapar de las manos de quienes lo inician y crecer o prolongarse mucho más allá de lo que se calcula inicialmente. Desde el paseo polaco de los generales prusianos en 1939 hasta la catástrofe internacional de 1945, hubo una escalada que en cualquier momento puede repetirse: sólo basta con encender la mecha y dejarse llevar por el impulso incontrolable de las armas. Lo que hoy o mañana puede comenzar como una invasión localizada sobre Irak, está sujeto a derivaciones impredecibles bajo el ascendente fanatismo de otros países árabes, la ola de solidaridad del resto del Islam o la intervención de terceras potencias con o sin armamento nuclear.
Mientras tanto, mucha gente sigue yendo al teatro, a la ópera, al cine o a los cafés de Nueva York y de Londres y buena parte de esa gente puede suponer que una guerra será corta, que la paz se firmará inmediatamente, que otros países quedarán al margen y que el desastre no se generalizará. Esa gente no sabe historia o no quiere recordar el pasado: ni siquiera sabe que los musulmanes no son coetáneos del prójimo de Occidente, porque según su calendario religioso ellos viven actualmente en el mes de Moharram del año 1424 y su mentalidad puede estar de acuerdo con ese siglo XV, el mismo que en Europa fue un período de fundamentalismo religioso, obsesión hegemónica, autoritarismo feudal y campañas expansionistas. Será mejor que quienes lancen las bombas sobre Bagdad lo tengan en cuenta, aunque al hombre le gusta tropezar dos veces con la misma piedra.