En el campo de refugiados de Cox's Bazar, ubicado al sureste de Bangladesh, viven un millón de personas. Los rohinyás, miembros de una minoría musulmana fuertemente perseguida por el país vecino de Birmania, cruzan la frontera como pueden: a pie, con lo puesto, llevando niños en brazos.
Si bien nunca fueron del todo bienvenidos en Birmania, la represión se recrudeció en 2017, y los rohinyás comenzaron a huir en forma masiva de ese país que llamaban hogar desde hace generaciones. La mayoría vivía en el estado de Rakhine, fronterizo con Bangladesh.
Del otro lado está Cox's Bazar. Y, cerca de los 33 campamentos que componen al hacinado campo de refugiados, está el Kutupalong Secondary Hospital de MSF (Médicos Sin Fronteras), donde trabaja la médica uruguaya Camila García Geymonat.
"Lo que más se trabaja es en la Emergencia, que es en donde estoy yo. Tenemos muchos accidentes de tránsito, entonces se tratan a muchos traumatizados. Después tenemos muchos casos de enfermedades infecciosas y tropicales", relata del otro lado del teléfono para El País.
En Bangladesh ya comenzó la temporada de monzones, lo que lleva a un aumento de pacientes con malaria, dengue y cólera. "Tiene que ver con las inundaciones dentro el campamento. Ellos tienen un sistema sanitario muy precario, entonces son más propensos a infecciones por aguas que no son potables", explica.
Las enfermedades respiratorias también son muy comunes, así como las de la piel o las infecciones de las partes blandas. En general, cuando la persona llega al hospital hace varios días que está con la infección, por lo que muchas veces se ven pacientes sépticos. La temporada de lluvias también trae otros desafíos en el campamento, como los corrimientos de tierra. Por ejemplo, un refugio construido en una zona alta puede empezar a caerse debido al barro, terminando en accidentes que requieren atención médica.
"En esos momentos se apoyan mucho en la comunidad para volver a construir una vez que queda más seco y sale el sol", agrega. Las viviendas, sumamente precarias, están hechas con paredes de bambú entretejido.
De "ganarse la confianza" del paciente a "aprender de nuevo"
Camila se recibió en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (Udelar) y se especializó dos años en Emergencia antes de ir de misión con MSF. Al terminar la especialización le llegó el mensaje de que había sido aceptada para trabajar con la organización humanitaria y fue enviada a Bangladesh. Su misión, que comenzó hace un año y un mes, termina en junio.
En el país asiático la semana laboral va de domingo a jueves y Camila cumple un horario de 7:30 de la mañana a 5:30 de la tarde. Sin embargo, al ser especialista, está a la orden por teléfono para lo que se necesite, y, en caso de complicarse una situación, ir al hospital. "Acá es otra medicina. Uno tiene que volver a aprender un montón de cosas y trabajar con los recursos que tenés acá para brindar una atención digna", explica. La experiencia, según relata, es "sumamente enriquecedora", tanto por el contexto como por el intercambio con sus colegas.
"En Uruguay no estás acostumbrado a ver los pacientes críticos que se ven acá. Allá podés tener una infección, pero acá llegan al tratamiento un poco más tarde. Hemos visto pacientes jóvenes muy graves que fueron primero a otros hospitales y no recibieron el tratamiento correcto o se fueron de ahí porque no tenían confianza con el equipo de salud, entonces terminan con nosotros en el hospital", plantea García.
"Por ejemplo, hay casos de malaria cerebral. Llegan inconscientes y uno ve cómo arrancan el tratamiento. Capaz que 24 horas después el mismo paciente ya está despierto, hablando, comiendo con los familiares y esas cosas no las ves en otro lado. Son esas historias lindas", agrega.
Para la uruguaya, una de las caras más tristes del trabajo en Kutupalong es atender a personas heridas por explosiones de minas antipersona ubicadas en la frontera con Birmania. "Son gente muy, muy joven que estaban en la frontera porque estaban pasteando ganado, o haciendo cualquier otra cosa, y llegan a la Emergencia con miembros amputados. Los estabilizamos y los referimos para que vayan a un bloc quirúrgico y ver si se puede hacer una buena amputación del miembro sin complicaciones. Por suerte la mayoría de ellos logra rehabilitarse", relata.
Una vez que Camila termine su misión, tiene planeado volver a Uruguay y, más adelante, trabajar nuevamente con MSF. "Me gustaría ir a donde se necesite. Siento que en donde se necesita Emergencia se aprende y es perfecto", afirma.
La complejidad de un campamento hacinado en medio de un país sobrepoblado
En Bangladesh viven 170 millones de personas. Sin embargo, ese número no cuenta al millón del campo de refugiados de Cox's Bazar: los rohinyás no tienen un estatus legal que les permita trabajar, acceder a la salud o, en el caso de los niños, ir a la escuela. Al no ser reconocidos legalmente como refugiados por el gobierno de Bangladesh, dependen enteramente de la ayuda humanitaria para hacer algo tan básico como comer. Ahí entra el trabajo de las ONG, como MSF.
No solo los refugiados se benefician del trabajo humanitario, sino también los locales. Cox's Bazar está ubicado en una zona en la que no habían muchas clínicas del gobierno de Bangladesh, por lo que cuando MSF y otras organizaciones humanitarias comenzaron a trabajar en la zona los locales empezaron a tener acceso a servicios médicos cerca de sus casas.
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