CLAUDIO FANTINI
El Oriente Medio es un laberinto donde se extravió la historia; el tablero de un fatal ajedrez en el que cada casillero es un campo minado. Por lo tanto, viajar al lugar donde religión y política se confunden inexorablemente, implica, para un Papa, el riesgo de perderse o de pisar una mina que despedace su imagen internacional.
No está claro por qué asumió semejante riesgo Benedicto XVI. Aunque el objetivo parece poner paños fríos sobre las tensiones que averiaron seriamente su relación con musulmanes y judíos. Aunque en el mundo musulmán hay una urgencia mayor: mejorar la situación de las ínfimas minorías árabes-cristianas, que sufren segregación y presiones expulsivas desde el discurso teológico del 2006.
El mensaje académico que dio en los claustros de la Universidad de Regensburg detonó la ira ultra-islamista con una cita de Manuel II Paleólogo, en la que el emperador bizantino del siglo 14 considera al Islam como una religión beligerante. En rigor, fue un razonamiento profundo sobre la relación entre fe y racionalismo. No obstante, a esa altura del resurgir fundamentalista en detrimento del islamismo abierto y tolerante, debió el Papa tener en claro su responsabilidad respecto a los cristianos árabes.
Suman 250 mil entre los cinco millones de jordanos, mientras que en Irak están las comunidades cristianas más antiguas del mundo, las únicas que todavía usan el extinguido arameo (la lengua de Cristo) en sus liturgias. Pero los caldeos, asirios y siríacos quedaron mal parados con la caída del régimen baasista al que apoyaban. Sucede que al Partido Baas lo fundó un cristiano sirio, Michel Aflak, precisamente como garantía secular contra la segregación de las minorías religiosas que siempre practican los gobiernos confesionales.
En Siria es donde más tranquilos están los árabes cristianos y los descendientes de los armenios que sobrevivieron al desierto llegando hasta la ciudad de Alepo, durante el genocidio perpetrado por el Estado turco en la segunda década del siglo 20. Es así porque el baasismo se mantiene en el poder con Bashir el Assad, quien a la vez es alawita, una minoría bastante segregada dentro del islamismo.
Tampoco es inquietante la situación de los coptos, que son los cristianos de Egipto, cuyo nombre viene de la antigua lengua que se habló en ese país hasta la arabización. Aunque igual que los cristianos jordanos tienen a la fundamentalista Hermandad Musulmana como espada de Damocles. Más compleja aún es la situación de los maronitas, la minoría cristiana del convulsionado Líbano.
Aliviar la presión de esas minorías fue el objetivo de este viaje que, del lado israelí, tenía el desafío de calmar las tensiones que provocó su defensa de Pío XII, el Papa que guardó silencio mientras Hitler exterminaba millones de judíos, y levantar la excomunión de los lefebvristas que, como el obispo Williamson, niegan el Holocausto.
La urgencia era retomar un acercamiento que se frenó tras décadas de esfuerzos. El primer paso lo dio Pablo VI viajando a Israel en 1964 y al año siguiente promulgando la encíclica Nostra Aetate, en la que la iglesia anula la acusación de "deicidio" que hizo pesar sobre los judíos. Sin embargo, al reunirse con el entonces presidente Zalman Shazar, el Papa Montini no había reconocido al Estado judío, paso que sí dio Juan Pablo II, reforzando el acercamiento con su visita a la sinagoga de Roma.
Ratzinger viajó para recomponer el vínculo, pero el equilibrio a realizar es tan complejo que difícilmente pueda no extraviarse en ese laberinto que es el Oriente Medio.