"Las balas pasan de largo, sin herirte. A mí me vaciaron un cargador entero y seguí avanzando con mi lanza". Hablaba con serena firmeza. Estaba diciendo la verdad, o su verdad.
Antes de convertirse en traductor de suahili y lingala, Marcos fue un Mai Mai, o sea un miembro de las milicias míticas que antes de marchar al combate beben "dawa", brebaje mágico contra las balas. Me atreví a preguntarle sobre aquella delirante convicción esperando que, en la racionalidad y sensatez que lo caracteriza desde que dejó las armas, me respondiera que el efecto de la droga da la certeza de inmortalidad que hace a los Mai Mai tan letales en el campo de batalla. Pero, para mi perplejidad, respondió que la "dawa" no es una droga y que, efectivamente, convierte la carne en agua y las balas atraviesan el cuerpo sin herirlo.
Estrafalaria o no, es una de las pocas convicciones que sobreviven en el conflicto del Este del Congo. Una guerra letárgica y feudal que convirtió a la región del lago Kivu en un agujero negro que envilece a las guerrillas y al ejército nacional. No importa el significado de la sigla que denomina a cada bando. Como en el medioevo, se lucha por el botín de guerra. Por eso las aldeas son saqueadas y sus mujeres violadas por la mayoría de las milicias y también por las Fardc, el deplorable ejército de un Estado inexistente y de un gobierno carcomido por la ineptitud y la corrupción.
En el Este no existe la autoridad sino el poder, y el poder no se mide en votos, sino en fusiles y soldados. La autoridad de cada jefe es directamente proporcional al poder de fuego de su ejército. Y ese poder se basa en el control de áreas estratégicas para la producción minera. Oro y diamantes financian grupos armados de todos los colores étnicos, religiosos y políticos. Pero quizá la razón principal de que Kivu sea un agujero negro condenado al caos y la violencia es el coltán.
En Kivu es posible comprender por qué, teniendo tanto valor estratégico por usarse en la telefonía celular, la industria aeroespacial, la fabricación de laptops y otros cientos de dispositivos electrónicos, la palabra coltán es desconocida para buena parte de la humanidad. La misteriosa ignorancia general sobre un mineral tan utilizado en este tiempo quizá sea para que el mundo no se entere que no sólo los diamantes tienen sangre: puede haberla en el teléfono personal, la notebook y muchas otras cosas que forman parte de la vida cotidiana.
De acuerdo con el uso que se le da al mineral, la palabra coltán debiera ser tan conocida como uranio o manganeso. Que no lo sea tal vez se explique, al menos parcialmente, en realidades absurdas como que Ruanda sea el principal exportador de esa mezcla mineral que casi no posee, ya que el ochenta por ciento de las reservas mundiales están en el Congo. Más precisamente, en la región que concentra el 94% de la actividad bélica que aún queda en la ex colonia belga.
Comprarle el coltán a Ruanda, como hacen Estados Unidos, Europa y muchos otros países equivale, en una dimensión más trágica, a comprar pasacasetes robados. Por cierto, el mundo no puede esperar que los congoleses se organicen, pacifiquen su costado oriental y limpien de corrupción al Estado. Probablemente jamás puedan hacerlo. Los que compran riquezas expoliadas por milicias y señores de la guerra, algunos financiados por Ruanda (un país eficazmente organizado y con más planes geoestratégicos que escrúpulos), no son los únicos culpables del caos congolés. Pero ese caos los favorece, casi tanto como a Ruanda y Uganda.
También favorece a China, que actúa en el Este congolés como Henry Morton Stanley cuando preparaba el terreno para la dominación de Leopoldo II de Bélgica, cambiando cosas sin valor por dominios valiosísimos. Los chinos construyen caminos y puentes a cambio de montañas y valles con minerales estratégicos.
La irrupción del automóvil sobre fines del siglo XIX hizo del caucho la riqueza, pero también la tragedia de ese país cuyo mapa fue dibujado en Bruselas. Hoy, el caucho tiene un reemplazante. La conciencia internacional se calma ignorando lo que es el coltán y colocando a las Naciones Unidas en esa tierra de nadie.
La ONU instala una burocracia que en buena medida trabaja para sí misma, pero también mueve la economía, aporta en salud y despliega sus cascos azules, sin los cuales los congoleses de Kivu estarían más desprotegidos ante las guerrillas tutsis dirigidas desde Kigali y Kampala; también ante las milicias de los hutus ruandeses y de las etnias locales.
En ese agujero negro actúa el batallón uruguayo. A su rol militar, para nada periférico en las fuerzas de ONU, añade acciones solidarias y obtiene de la población una confianza mayor a la que logran los otros contingentes internacionales. No es poco en un paisaje humano devastado como el de Goma. Una ciudad herida por la pobreza, las pestes, la lava del volcán Niyaragongo y las balas que hieren y matan a quienes no son de agua, como los Mai Mai cuando toman la dawa.