JORGE ABBONDANZA
Entre los valores que una sociedad desarrollada debe proteger, figura -o tendría que figurar en primera línea- la vida humana. Se trata de una custodia que diferencia a los pueblos civilizados de los estados de barbarie, y en nombre de ella se ha legislado para defender el derecho a la integridad y castigar el homicidio o las formas de violencia que pueden atentar contra valores esenciales, porque esa violencia antepone el culto de la muerte, lo cual puede darse de muchas maneras.
Una de ellas es la guerra, que suele practicarse invocando grandes principios -soberanía, la libertad, el nacionalismo- que son desmentidos empero por la brutalidad de toda lucha armada. En las guerras modernas mueren a menudo los inocentes, es decir los civiles, como ocurrió masivamente bajo los bombardeos (convencionales o atómicos) de la Segunda Guerra Mundial, y como ha sucedido en Bosnia o Chechenia desde los 90, y luego en Afganistán o Irak.
Mientras las sociedades civilizadas quieren que la vida humana sea inviolable, llevan esa pretensión hasta el extremo de condenar a cadena perpetua a una madre que administró una inyección letal a su hijo (que estaba en un estado vegetativo irreversible) como pasó hace pocos días en Inglaterra, confundiendo la piedad con el impulso criminal. Pero ocurren cosas más siniestras que ese acto de compadecimiento. Cada siete segundos muere de hambre un niño en el mismo mundo donde la medicina preventiva se esfuerza por prolongar las expectativas de vida, llevándolas desde los 35 años (que era el promedio de la existencia humana en el Imperio Romano) hasta los 76 o 79 de la actualidad. Sin embargo, ese también es el mundo donde la delincuencia -con el pretexto de un robo- se vuelve cada día más irracional y más asesina.
Mientras se ensanchan los abismos de la desigualdad o la injusticia, en los grandes centros de irradiación cultural se comparten altos índices de refinamiento, progreso científico y avance tecnológico, aunque eso no impide que en África haya doce millones de niños huérfanos por culpa del sida, porque el negocio de la industria farmacéutica impide que lleguen a esa gente los medicamentos genéricos capaces de salvarles la vida.
El mundo de hoy está lleno de tales contraluces. Si se mira lo que pasa en Haití, en la franja de Gaza, en los arrabales de las megalópolis latinoamericanas o en África ecuatorial -sin agua potable, sin saneamiento, sin comida- se comprende por qué a veces el valor de la vida puede desplomarse.