CLAUDIO FANTINI
La matemática es elocuente. La única chance de José Serra para conquistar lo que quedó al alcance de Dilma Rousseff, está en recibir la totalidad de los votos obtenidos por Marina Silva en la primera vuelta. Con que un pequeño porcentaje de ese caudal vaya a la candidata oficialista, esa eficaz artífice de los mejores resultados del gobierno será la ganadora. Y la única forma de captar la totalidad de esos sufragios es cambiando a su compañero de fórmula, el ignoto diputado carioca Indio da Costa, por esa frágil mujer morena que constituyó la sorpresa de la elección del domingo.
Detrás de Marina Silva está una de las claves para entender el emerger de una oceánica clase media surgida de los pantanos de la pobreza. La política social de Lula es una parte importante de la explicación. Sobre todo por Dilma Rousseff, cuya eficacia como ministra de Energía dio luz eléctrica a diez millones de hogares rurales y, cuando reemplazó a José Dirceu como jefe de la Casa Civil, pasó del mal organizado Plan Hambre Cero al sumamente eficaz Plan Bolsa Familia. La otra parte de la explicación tiene que ver con la expansión de iglesias evangélicas que, en escenarios de pobreza, combatieron el alcoholismo, aportaron organización y planificación familiar e inocularon la sana ambición de prosperar económicamente mediante el esfuerzo propio.
La izquierda marxista acusa a Marina Silva de ser "eco-capitalista" y no se equivoca. Esta hija de la pobreza amazónica, que apoyó a Chico Mendes en la lucha contra el latifundismo ambientalmente devastador, que le costó la vida al activista, profesaba un catolicismo monástico al que abandonó seducida por las iglesias evangélicas.
Dilma Rousseff perdió el apoyo de los evangelistas pobres, por una campaña negativa que, sin pruebas, la señala como pro abortista. Esos votos fueron para la mujer que abandonó el gobierno de Lula y el PT, precisamente por diferir con Rousseff sobre la protección del Amazonas. La poderosa jefa de ministros ganó aquella pulseada, pero Silva se desquitó impidiéndole festejar en primera vuelta.
Es difícil imaginar a Marina Silva favoreciendo a su archirrival, al retacearle apoyo a José Serra. Tampoco es éticamente simple que acepte ser candidata a vice del postulante opositor. Pero si aceptara, la marcha triunfal de la rigurosa Dilma Rousseff hacia el Planalto (sede del Poder Ejecutivo) no se parecería tanto a un paseo.