CLAUDIO FANTINI
Cristina Fernández se situó en el centro de la escena desde el funeral de su marido. Si en la capilla ardiente el féretro hubiera estado abierto, la mirada convergente de los televidentes se habría centrado en el cadáver de Néstor Kirchner. Pero estaba cerrado, por lo que la protagonista exclusiva era la mujer sentada junto al ataúd. Contradiciendo a quienes vaticinaban una debacle gubernamental, la viuda condujo el país con mayor eficacia de la mostrada hasta ese momento. La superposición de liderazgos que se producía con Kirchner en vida, desdibujando al de la presidenta, dio lugar a un liderazgo nítido, vigoroso e inteligentemente manejado. Y mientras la imagen de Cristina se volvía imponente, los dirigentes opositores parecían esforzarse por volverse insignificantes. Algunos lo lograron peleándose entre ellos, en un proceso de atomización que resultó irritante para gran parte de la mitad del país que no quería más kirchnerismo. Los sondeos mostraban que solo había lugar para dos conglomerados opositores: uno de centro-derecha, integrando peronistas disidentes con el partido de Mauricio Macri; y otro de centro-izquierda nucleando a radicales, socialistas santafecinos y las fuerzas lideradas por Elisa Carrió, Fernando Pino Solanas y Margarita Stolbitzer. Una suma de veleidades y negligencias hizo que donde cabían dos, hubiera seis. ¿El resultado? La postal patética de candidatos desorientados disputando entre sí un puñado minúsculo de votos.
Ni la presidenta imaginaba que sus oponentes le harían tan fácil el camino a una victoria abrumadora. El único sinsabor del festejo oficialista el domingo será si en segundo lugar se sitúa el socialista Hermes Binner. La postulación de este médico que gobernó con transparencia y eficacia la provincia de Santa Fe, por sí sola desmiente el relato oficialista de que todo lo que se opone al kirchnerismo es de "derecha". El sindicalismo y los partidos que conforman el Frente Amplio Progresista exhiben trayectorias limpias de corrupción, libres de verticalismos personalistas y no contaminadas por sectarismos ideológicos deseosos de imponer pensamiento único y totalizador.
El kirchnerismo necesita que la segunda fuerza sea fácilmente identificable como reaccionaria, o al menos conservadora y neoliberal. Pero si la segunda fuerza en las urnas del domingo expresa un progresismo ética y políticamente intachable, quedaría más expuesta la falacia maniquea del relato con que justifica personalismo verticalista, arbitrariedad gubernamental y la sombra persistente de la corrupción.