Beirut El régimen del presidente Bashar Asad, a un año de la revolución, está condenado pese al apoyo de Rusia y de la sangrienta represión que no logra debilitar la rebelión, según algunos analistas.
"Hace un año, decir que Asad iba a caer era impensable", dice el director del Centro Brookings en Doha, Salman Shaikh.
"Un año más tarde, el levantamiento sigue vivo a pesar de las dificultades, y lo más probable es que provoque la caída del régimen", añade.
El 16 de marzo de 2011, algunos adolescentes en Deraa, seducidos por las revoluciones de Túnez y Egipto, garabatearon en las paredes de su escuela "el pueblo quiere la caída del régimen".
La reacción del gobierno fue brutal: los muchachos fueron apresados -y torturados, según los activistas-, lo que indignó y fue la chispa de un levantamiento sin precedentes.
Las pequeñas reuniones en Damasco para pedir reformas democráticas hicieron bola de nieve y cientos de miles de sirios comenzaron a desfilar en todo el país, bajo las balas de las fuerzas de seguridad.
El régimen del clan Asad, en el poder desde hace más de 40 años, pensó que iba a poder sofocar rápidamente la revuelta, como ocurrió en febrero de 1982 con la represión de un levantamiento de los Hermanos Musulmanes en Hama, que dejó, según se calcula, entre 10.000 y 40.000 muertos.
El gobierno rápidamente anunció una serie de reformas: el levantamiento del estado de emergencia, una ley sobre partidos políticos y los medios de comunicación, y una nueva Constitución que iba a poner término a 50 años de imposición del Partido Baas.
Estas medidas fueron eclipsadas, sin embargo, por la escalada de violencia entre las fuerzas gubernamentales y una oposición que pronto se militarizó.
Los militantes, que al comienzo pedían más libertad ahora exigen "la ejecución del presidente". afp