Análisis
En estos días aciagos, conviene recordar que, a veces, las guerras terminan.
En estos días aciagos, conviene recordar que, a veces, las guerras terminan. Este 18 de marzo se cumplen 60 años de la firma de los acuerdos de Evian, que pusieron fin a la terrible guerra de independencia de Argelia en la que murieron alrededor de 30.000 militares franceses y no menos de 200.000 argelinos.
La pequeña Suiza, una vez más, tuvo un rol decisivo para acercar a dos partes enfrentadas. Ya en 1954 se había firmado en Ginebra la paz que terminó con la presencia colonial francesa en Indochina. El entonces ministro de Relaciones Exteriores suizo, Max Petitpierre, creía que su país podía ayudar y designó al hábil y discreto negociador Olivier Long, que tenía amigos en las altas esferas francesas, para que actuase como facilitador, algo que hizo durante dos años.
En Ginebra residían varios dirigentes del Frente de Liberación Nacional argelino que, comprensiblemente, estaban enamorados de la región y querían que las conversaciones formales fueran en territorio suizo y no francés.
Francia no aceptó y se llegó a una fórmula que contemplaba a ambas partes.
El diálogo se dio en la pequeña ciudad de Evian, sobre el lago Lemán. Los negociadores argelinos iban a las sesiones todos los días en barcos y helicópteros facilitados por el gobierno helvético desde la otra orilla del lago que comparten Suiza y Francia.
Las tratativas fueron complicadas y largas. El pobre alcalde socialista de la ciudad, Camille Blanc, ex resistente antinazi, fue asesinado por la OAS, la organización terrorista francesa de extrema derecha que habían formado quienes querían impedir la independencia argelina, que luego intentaron matar al propio presidente Charles de Gaulle.
El “pecado” de Blanc fue proponer a su ciudad como sede para el diálogo que al final llegaría a buen puerto.
El negociador francés, Louis Joxe, explicó su fórmula y dijo que nunca había que dejar de hablar con los interlocutores de la otra parte, aunque más no fuera del estado del tiempo.
Finalmente, quizás impulsados por la belleza increíble del lago y su entorno que invitan a la paz, los argelinos se avinieron al acuerdo.
Suiza se había ganado la confianza de las dos partes, como debe hacer todo mediador que se precie y contribuyó a que cesaran las hostilidades. Y, a instancias de Long, ni siquiera cobró los traslados a los negociadores argelinos, como querían algunos integrantes de su gobierno.