A seis meses del terremoto, Haití sigue dependiendo de la ayuda para subsistir

Catástrofe. Esta semana se cumplió medio año del sismo que el 12 de enero sepultó en escombros la ciudad de Puerto Príncipe, dejando 250.000 muertos, 300.000 heridos y un millón sin amparo. Poco ha cambiado desde ese momento de destrucción y terror.

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PUERTO PRÍNCIPE | THE NEW YORK TIMES

Pasaron seis meses del llamado "mayor desastre urbano en la historia moderna" y aún hay un millón de haitianos que habitan en campamentos y sin las condiciones de vida mínimas. La ayuda internacional prometida al calor de la emergencia arribó en pequeñas cuotas y la población sufre mientras espera a que llegue.

Cientos de familias desplazadas viven peligrosamente en una sola fila de casuchas endebles plantadas a lo largo de la vereda de una vialidad costera muy congestionada en esta ciudad, llamado Route des Rails.

Los vehículos pasan retumbando día y noche, sonando las bocinas, levantando polvo y arrojando gases. Los residentes tratan de protegerse colocando llantas como parachoques en el frente de sus chozas, pero aún así los coches los golpean, lesionan y, en ocasiones, matan. Son raras las ocasiones en las que alguien se detiene a ayudar, y Judith Guillaume, de 23 años, se lo pregunta a menudo.

"¿No tienen corazón o alguna sugerencia?", preguntó Guillaume, que cubre la nariz de sus hijos con su falda floreada cuando los gases del diesel son especialmente fuertes.

Seis meses después del terremoto que trajo ayuda y atención por parte de todo el mundo, los campamentos se funden en la desgracia paralizante del panorama posterior al desastre. Sólo 28.000 del millón y medio de haitianos desplazados por el terremoto se han mudado a casas nuevas, y el área de Puerto Príncipe sigue siendo un retablo de la vida en las ruinas.

En ese retablo se aprecian las circunstancias: campamentos precarios y abandonados; ciudades de tiendas de campaña planeadas con letrinas, duchas y clínicas; barrios con escombros desparramados a los que los residentes han regresado a casas tanto intactas como declaradas inhabitables, y aquí y allá hay nuevos refugios relucientes o territorios que servirán para una ciudad del futuro.

Sin embargo, el Gobierno de Haití ha sido lento para tomar las decisiones difíciles necesarias para pasar de un estado de emergencia a un período de recuperación. Débil antes del desastre y aún más por su causa, se ha agobiado por las complejidades logísticas de problemas como la remoción de escombros y la identificación de sitios seguros para la reubicación de viviendas.

En algunos casos, el Gobierno también se ha sentido políticamente nervioso respecto a la creación de nuevas barriadas o al momento de alentar a las personas a retornar a las casas que no tienen daños, cuando la tierra abajo podría volver a moverse.

En otros casos, se ha hecho cargo pero se ha empantanado. Desde principios de mayo, el presidente René Preval se ha centrado personalmente, al más mínimo detalle, en trasladar a cerca de 11.600 haitianos acampados frente al Palacio Nacional hacia el barrio Fuerte Nacional. Pero todavía no se levantaron los refugios temporales.

En contraste, el Organismo Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales, que trabaja directamente con un alcalde práctico en la municipalidad Carrefour en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, ya mudó a más de 500 familias de su enorme ciudad de carpas a casas sencillas de pino que tienen escombros reciclados en sus cimientos de concreto.

SALIR ADELANTE. Las organizaciones internacionales, aunque empáticas por la dificultad de problemas como la propiedad de la tierra, critican al Gobierno por generar sus propios obstáculos. Sucede que los retrasos significativos para autorizar el pase de los suministros, por ejemplo, hacen que el Gobierno gane tarifas sustanciales por el almacenamiento, aunque esto redunde en un atraso en los esfuerzos de recuperación.

"A cualquier parte a la que voy, la gente me pregunta: `¿Cuándo vamos a salir de este campamento?`", comentó Julie Schindall, una portavoz en Haití de Oxfam, una organización de ayuda internacional. "Y no tengo respuesta. Se necesita comunicación sobre cómo se va a resolver todo este asunto de los campamentos".

Los funcionarios haitianos y de Naciones Unidas exhortan a tener paciencia ante las consecuencias de lo que llaman el mayor desastre urbano en la historia moderna. Señalan los logros que hay respecto al reparto de alimentos, agua y los refugios de emergencia, además de remarcar que evitaron la hambruna, el éxodo y la violencia.

Pero también notan que el Gobierno haitiano está haciendo malabarismos con las presiones a veces contradictorias de los organismos internacionales. Todo esto, teniendo en cuenta que quedó en una clara desventaja por la destrucción o el daño que sufrieron la mayoría de sus ministerios y por la gran cantidad de servidores públicos que fallecieron. "Desafío a cualquier país del planeta a ser totalmente funcional en esta etapa tras semejante desastre", dijo Imogen Wall, una vocera de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas.

En Aceh, Indonesia, tras el tsunami que en 2004 dejó intacto al gobierno nacional, se requirieron más de dos años para sacar de las tiendas de campaña a la población desplazada, explicó la vocera Imogen Wall.

AUTÁRQUICOS. Sólo un cuarto de los más de 1.200 campamentos posteriores al terremoto están manejados externamente por organizaciones de ayuda; el resto se vale por sí mismo. En el de la Route des Rails, eso significa depender de su líder Luma Ludger, que lleva registros meticulosos en un libro de contabilidad escrito a mano; y reza.

La Cruz Roja también pasó por ahí y distribuyó equipos de higiene. "Nos dijeron que es muy peligroso estar aquí y preguntaron que qué podían hacer por nosotros", dijo Luma Ludger. "Les dije que necesitamos tierras. Dijeron: `Guau, no podemos ayudar con eso`, y nos dieron pasta de dientes".

Durante los dos meses que siguieron al sismo, los arquitectos y planeadores de Haití trabajaron en Petionville para preparar una evaluación de las necesidades posteriores al desastre y para elaborar un plan de acción requerido para obtener el apoyo financiero internacional para la reconstrucción de Haití.

En una conferencia celebrada en Nueva York el 31 de marzo, los donantes prometieron 5.300 millones de dólares para los siguientes 18 meses y 10.000 millones para los próximos cinco años. Dos semanas después, aunque surgieron algunos cuestionamientos por cederle el control a los extranjeros, el Parlamento aprobó la creación de una comisión interina de reconstrucción para ser encabezada por el ex presidente estadounidense Bill Clinton, el enviado especial de Naciones Unidas a Haití Leslie Voltaire, y por Jean Max Bellerive, el primer ministro haitiano.

Otro par de meses fue necesario para seleccionar a sus 26 integrantes haitianos e internacionales, y todavía se está buscando al director ejecutivo. La comisión de reconstrucción del país más pobre del hemisferio occidental se reunió por primera y única vez hasta ahora a mediados de junio.

Al final, se construirán viviendas permanentes, señaló Leslie Voltaire, el enviado especial de Naciones Unidas a Haití, en uno de los pocos lugares que el Gobierno confiscó bajo dominio eminente y que espera convertir en nuevos centros de población.

ESPERANZA. Uno de esos centros es Corail Cesselesse, unos 16 kilómetros al norte de Puerto Príncipe, donde en abril se instaló la primera ciudad de carpas planeada. Creado apresuradamente para los desplazados que parecían estar en mayor riesgo por las inundaciones y deslizamientos de tierra en otro campamento, ahora alberga a aproximadamente 5.000 personas que viven en una red ordenada de tiendas de campaña blancas

Algunos organismos de ayuda critican su emplazamiento. "Ese sitio no representa un claro pensamiento estratégico de parte del Gobierno", expresó Schindall de Oxfam. "Es como Sudán. No hay un árbol a la vista y la gente se siente aislada; tienen grandes problemas para encontrar actividades que generen ingresos y pronto los tendrán también para alimentarse. Es inevitable".

Sin embargo, varios residentes parecen dispuestos a tolerar la lejanía del campamento porque son conscientes de que vivir ahí los coloca en la fila para los refugios temporales que se supone que se levantarán en ese mismo predio y para las casas permanentes que podrían construir después.

Jean Merite Pierre, un albañil, pidió a los visitantes que lo acompañaran en su recorrida por el terreno baldío.

"Mire todo este espacio", dijo moviendo ampliamente los brazos hacia un predio vacío. "Todas esas personas que murieron vivían en casas que se cayeron como fichas de dominó. Así que aún si nos desarraigan, la vida podría ser mejor aquí. Nosotros rentábamos, casi todos. Aquí, quizá podamos ser dueños de una casa algún día. Eso dicen. Tienes que creerles".

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