El domingo 27 de abril de 1986, mientras el reactor 4 de Chernóbil ardía y la radiación empezaba a dispersarse por Europa, el diario El País destacaba otra noticia: la ventaja nuclear de Estados Unidos sobre la URSS.
El Kremlin todavía no había informado sobre el accidente en la actual Ucrania, entonces parte del bloque soviético, ocurrido el día anterior.
Hoy se cumplen 40 años de la tragedia de Chernóbil, el peor accidente nuclear de la historia. El lugar —aún con radiación y atravesado por la guerra entre Rusia y Ucrania— sigue siendo una referencia inevitable entre las grandes catástrofes del siglo XX. Pero al revisar la cobertura de aquellos días aparece otra dimensión: cómo se construyó, de forma lenta y fragmentaria, la comprensión del desastre.
Aquel domingo, un informe de EFE citaba al científico soviético Vitalii Goldanskii sobre la competencia con Estados Unidos tras ensayos en Nevada. La conclusión era clara: Moscú debía retomar su programa. “Washington se nos adelantó bastante (...) No tenemos otra salida que continuar con los ensayos”.
Dos días después, el martes 29, apareció la primera referencia al accidente. “Catástrofe en planta nuclear de la URSS: existen víctimas”, tituló el diario en tapa —junto a la historieta Mafalda, de Quino—, a partir de despachos de las agencias internacionales. La información, difundida por la agencia oficial TASS, confirmaba un “accidente” sin precisar causas ni magnitud.
Ni siquiera el lugar estaba claro. “Hay en Ucrania una ciudad llamada Chernóbil, al norte de Kiev, pero no se sabe con certeza si es allí donde está localizada la planta dañada”, señalaba la crónica. El dato clave había llegado desde fuera: Finlandia, Suecia y Dinamarca habían detectado niveles anómalos de radiación. Solo entonces Moscú admitió el accidente, en un comunicado breve del Consejo de Ministros.
El mensaje fue escueto. Se trataba, según las autoridades soviéticas, de una situación bajo control, con medidas en marcha para “eliminar” sus “consecuencias”.
El miércoles 30, la alarma ya era explícita. “Alerta en Europa por nube radiactiva en expansión”, tituló El País. “La contaminación sería muy similar a la de Hiroshima”. Sin embargo, el titular principal era otro: Uruguay viajaba rumbo a México para la “aclimatación”. Faltaba un mes para el Mundial de Fútbol.
La magnitud del accidente empezó a medirse por su desplazamiento. La nube avanzaba sobre Europa, alcanzaba Polonia y activaba alertas en todo el continente. En Finlandia se registraron niveles de radiación hasta 100 veces superiores a lo normal; en Dinamarca se agotaban las pastillas de yodo.
La ganadora del Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich lo describió en 1997 en el libro Voces de Chernóbil: “Los ojos, los oídos y los dedos ya no servían […] la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido”. La nube funcionaba como un símbolo de lo que no podía percibirse.
Se hablaba de un reactor destruido, incendios activos y una zona de exclusión de 30 kilómetros. Estados Unidos ofrecía ayuda técnica; la URSS la rechazaba, aunque solicitaba apoyo a Suecia y Alemania Occidental.
Las cifras de víctimas variaban según la fuente. Desde Kiev se hablaba de algunos afectados y ningún muerto; otras versiones mencionaban miles. En Atlanta —donde se encontraba para una conferencia—, el entonces ministro de Sanidad de Ucrania, Anatoliy Romanenko, restó gravedad a la situación y atribuyó esas cifras a “personas hostiles a la URSS”. “Si se tratase verdaderamente de una catástrofe, habría regresado ya a casa”, aseguró.
El viernes 2 de mayo, el tema entró en la agenda local y la alarma creció. “Pánico en Europa: temen que haya muertos durante meses. Alerta en Sudamérica; la nube llegaría disminuida a Uruguay”, tituló el diario en su portada. Según informes, cruzaría Brasil y avanzaría hacia el sur. La aclaración era inmediata: llegaría por la estratósfera y sin riesgos.
Sin embargo, unas líneas más adelante se detallaban los efectos de la exposición, y el panorama no era tan simple: náuseas, vómitos, hemorragias internas y, en casos extremos, la muerte. Incluso dosis menores podían derivar en cáncer.
Ese día, la URSS difundió un primer balance: dos muertos y 197 heridos, 18 de ellos graves. Yugoslavia declaró el estado de alerta, y Dinamarca y Suecia prohibieron la importación de alimentos del bloque oriental. La nube había alcanzado países como Israel y Japón.
El sábado 3, el diario publicó un informe especial en el que descartaba “radiación peligrosa” en Uruguay. También entrevistó al embajador soviético, Yuri Lebedev, quien reiteró la versión oficial: cifras acotadas, reactor apagado, sin reacción en cadena. La situación, aseguró, estaba controlada: “En Chernóbil la radiactividad ambiental se redujo a la mitad”.
Las dudas persistían. “De alguna manera, los datos tienen un peligroso sabor a Hiroshima y Nagasaki (...) No solo no se sabe el número de afectados ni cuándo terminará de disolverse la mortífera onda, sino también porque abre las puertas a una repetición”, aseguraba El País. “El mundo está a las puertas del Holocausto. Se pisa los umbrales, en realidad”.
En Uruguay, las autoridades relativizaban el riesgo. El director de la Comisión Nacional de Energía Atómica, Enrique Levrero, sostuvo que “la situación actual no da para alarmarse” y que cualquier eventual “llegada de la nube” sería “mínima”.
Para entonces, la radiación se había expandido a China, India y Estados Unidos. Como escribiría Aleksiévich en su libro: “Bastó menos de una semana para que Chernóbil se convirtiera en un problema en todo el mundo”.
El viernes 9, la nube dejó de ser una hipótesis: “Brasil alerta: ‘la nube’ llega a América del Sur”, tituló el diario. Se detectaron pequeñas cantidades de material radiactivo en aviones procedentes de Europa, aunque en niveles considerados no peligrosos.
En Moscú, mientras tanto, se hablaba de una “psicosis radiactiva”: se veía “una desenfrenada carrera” para comprar leche en polvo, agua y conservas, ante el temor de consumir alimentos contaminados.
El miércoles 14, casi tres semanas después del accidente, el Kremlin dio su primera explicación pública. Mijaíl Gorbachov, quien llevaba poco más de un año como secretario general del Partido Comunista, habló en televisión y comunicó el desastre. Dio cifras oficiales: dos muertos en el momento del accidente y otros siete posteriormente, además de cientos de heridos hospitalizados. También defendió la actuación de las autoridades.
El escándalo por el accidente y la falta de reacción del Kremlin marcaron un quiebre en la vida del mandatario. Su vida, aseguró, quedó “dividida en dos etapas: antes y después” del accidente.
La nube no llegó a Uruguay, pero el clima de alerta fue real. El 19, en Córdoba, una fuga de amoníaco provocó pánico: durante cuatro minutos, una nube cubrió el cielo y generó vómitos y desmayos. EFE lo atribuyó al “fantasma de Chernóbil”.
No era radiación. Era el síntoma de una incertidumbre compartida.
A 40 años del accidente, más de 2.200 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania y 2.600 en el sur de Bielorrusia siguen inhabitables. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, no podrán habitarse por 24 mil años.
“¿Cómo puede nadie pensar, después de Chernóbil, que la vida seguiría tras una guerra nuclear?”, aseguró Gorbachov en 1989. “Después de todo, solo estalló un único reactor”.
La amenaza rusa reaviva el riesgo luego de cuatro décadas
Sin embargo, la alarma persiste en Chernóbil. La guerra en Ucrania reactivó los riesgos sobre la planta, donde un ataque con drones en febrero de 2025 dañó el Nuevo Confinamiento Seguro (NCS), la estructura que cubre el reactor destruido en 1986.
Si bien el impacto no provocó un colapso, comprometió su función principal: aislar material radiactivo. El incendio posterior obligó a perforar cientos de orificios en la estructura, reduciendo su hermeticidad y permitiendo la entrada de agua, lo que podría acelerar su deterioro. Según expertos citados por EFE, esto frena los trabajos para desmantelar el antiguo sarcófago y acorta la vida útil del sistema.
Las reparaciones podrían llevar hasta cuatro años y costar unos 550 millones de dólares. Aunque los niveles de radiación se mantienen estables, advierten que un daño mayor podría provocar una dispersión impredecible de materiales radiactivos en Europa, como ocurrió en 1986.
Desde 2022, misiles y drones han sobrevolado la zona de exclusión, que sigue prácticamente deshabitada. El monitoreo científico continúa y registra una recuperación de la fauna, pero el territorio sigue siendo, en términos humanos, inhabitable.
Especialistas ucranianos advierten que la falta de una respuesta internacional más firme frente a estos ataques incrementa los riesgos y consolida el “terrorismo nuclear” como herramienta de guerra.
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