El día en la isla Gorriti empieza a las seis de la mañana, cuando el isleño limpia la playa de espaldas a Punta del Este. Llegan 1.000 visitantes y fondean 200 yates a diario. De noche, cuando terminan las fiestas, son pocos los pies que recorren la tierra.
A las dos de la mañana Jorge Velázquez (49) apaga las luces y se apronta para dormir. Cuatro horas más tarde ya está en pie. Mate en mano, sale de su casa y camina apenas unos 150 metros hasta llegar a la playa Honda de la isla Gorriti. Allí comienza su jornada laboral.
Velázquez es el isleño de la Gorriti, el hombre que en invierno sufre la "soledad" de la isla y en verano se siente "invadido". Aunque las tareas son muchas, dice que trabaja tranquilo. Por la mañana tiene tiempo de sobra para "maquillar" la playa, porque la primera lancha con visitantes zarpa a las 9.30 del puerto, y llega quince minutos más tarde. El maquillaje consiste, básicamente, en dejarla limpia.
El primero en instalarse en la playa cada mañana es uno de los nueve hijos de Velázquez, que alquila reposeras y sombrillas. Los precios varían según la hora y la cara del visitante. Después le siguen los mozos del único parador, que es gestionado desde hace varios años por la revista Caras. Al mediodía llega el guardavidas, y para ese entonces las lanchas arriban a la Gorriti repletas de visitantes.
Durante la primera quincena cruzaron entre 600 y 800 personas por día. El martes lo hicieron 400. "Se nota una baja", dice la mujer que vende los ticket en el puerto. Cruzar tiene un costo de $ 300 por persona, ida y vuelta.
A la Gorriti no se llega solo en esas lanchas. En las primeras horas de la tarde fondean en la playa embarcaciones de todos los tamaños. Si bien no hay registro de cuántos yates privados llegan, se calcula que en días de buen clima superan "fácil" los 200.
La playa es muy tranquila. No hay ruidos, no hay olas y casi no sopla el viento. Solo tiene una contra. "Qué cantidad de piedras, no se puede caminar por acá", se quejaba una mujer que intentaba entrar al agua.
En la arena el perfil de los visitantes es variado, pero casi todos van preparados para vivir una jornada de playa. Sombrilla, reposera y heladerita forman parte del cargamento. En el agua el clima es chic, similar a un video clip de Dady Yankee o Pitbull. Las embarcaciones más grandes ponen música y sus ocupantes disfrutan de pequeñas fiestas a bordo. Otros se tiran clavados al mar, toman sol y andan en bote o moto de agua, medios que suelen utilizar para llegar a la orilla y consumir en el parador o comprar algo para llevar. Algunos, con buen estado físico, llegan nadando. "La gente de los barcos viene mucho al atardecer a tomar tragos y los extranjeros piden parrilla", comenta Carolina Leder, cajera del parador. Sin embargo, el miércoles no había parrilla, tampoco pescado ni Coca Cola común. "Hay días que se complica", reconoce.
El parador trabaja desde el mediodía y hasta las siete de la tarde, siempre y cuando el clima no se "enloquezca". "Si se levanta viento o viene una tormenta y dicen que en quince minutos sale la última lancha, tenemos que juntar de apuro todo e irnos", cuenta Leder y mira, por las dudas, el cielo.
Quien se encarga de chequear las condiciones climáticas en la isla es el guardavida. Se comunica con Prefectura y con las lanchas turísticas.
Cuando el sol calienta demasiado la arena los turistas buscan la sombra de los árboles, que abundan. Allí arman pic nic, duermen la siesta, juegan a la pelota o leen. Quienes se instalan cerca de la casa del isleño, se divierten con los gansos, pollos y gallinas que andan revoloteando por allí. "Son parte de la atracción", dice orgulloso el isleño.
Durante la tarde Velázquez hace tareas de monte, pintura, corta el pasto y vigila que los visitantes no prendan fuego. Para eso tiene la ayuda de dos oficiales del Ejército que están en la Gorriti para colaborar. "Con el tema de las guardias de las cárceles están cortos de gente pero dos por lo menos tengo porque esto es muy grande, tiene 21 hectáreas", cuenta.
En verano el isleño tiene, además, la compañía de su familia que durante el año vive en Maldonado. "Es que los niños tienen que ir a la escuela. Yo voy algunos días, cuando sé que va a estar feo. Cuando los chiquilines terminan las clases se vienen y unos días antes de empezar vuelven. A ellos les encanta estar acá, tienen libertad".
A Velázquez también le gusta la isla. "Para estar acá tiene que gustarte", sentencia y aclara que vive allí desde 1999. Cuando la última lancha zarpa del viejo muelle de la Gorriti, empieza la paz para Velázquez. La única tarea que queda es prender las luces que alumbran las copas de los árboles. "Eso es lo que no me gusta de mi tarea. Nunca vi cómo quedan, pero dicen que se ve lindo". A las dos Velázquez apaga las luces y la isla duerme hasta las seis.
LA ISLA QUE NO SIEMPRE FUE MANSA
La isla Gorriti mide apenas 1,7 kilómetros de largo. En su parte más ancha mide 700 metros, pero en la angosta solo 160. En total son 21 hectáreas de terreno.
Formalmente está ubicada en el límite del Río de la Plata. Las aguas que la rodean por esto también son del océano Atlántico.
Hasta 1516 era un territorio virgen. Ese año llegó hasta allí Juan Díaz de Solís. En 1527 también la visitó el explorador Diego García de Moguer, quien la nombró Isla de las Palmas. También pasó por allí el navegante Sebastián Gaboto.
Fue bautizada Isla Gorriti en honor al comandante español Francisco Gorriti, quien fuera jefe de Montevideo en la primera mitad del siglo XVIII, que durante su mandato hizo construir en la isla una fortificación para frenar el avance de los portugueses sobre el entonces territorio español.
En 1806 prestó resistencia a la invasión inglesa, pero tras dos días de batalla debió rendirse.
En 1829 la isla fue visitada por el científico Charles Darwin durante su expedición por el Río de la Plata.
Durante la peste de cólera de la segunda mitad del siglo XIX funcionó como hospital para los infectados.
La vegetación y fauna autóctona fueron devastadas durante un incendio que a finales del siglo XIX.
La primera reforestación de la isla fue encomendada por el primer intendente de Maldonado, Juan Gorlero. Su hizo con Pinuspinaster.
En la actualidad la isla es una reserva natural declarada Patrimonio Histórico.