Un pueblo que se apaga con cada censo

Población rural. Hay pequeñas localidades que se están vaciando y donde sólo queda población envejecida. La carencia de servicios y el poco trabajo provocan un éxodo hacia las ciudades

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Polanco del Yi tiene 38 habitantes y más casas abandonadas que ocupadas. Sin notarlo, encarna la realidad que viven decenas de pueblos del país, donde faltan los servicios y la vida se complica porque el campo genera cada vez menos trabajo.

El tiempo viene empujando el destino del viejo pueblo de Polanco del Yi, y el último censo no hizo más que anunciar una casi que inevitable fecha de desaparición. De 2004 a 2011 el lugar perdió más de la mitad de su población y hoy quedan 38 personas en las 16 viviendas que permanecen ocupadas, mientras otras 28 están vacías.

Esta pequeña localidad del departamento de Florida -a orillas del río Yi en el límite con Durazno- muestra la realidad que viven muchas zonas alejadas del país, que enfrentan problemas para desarrollarse y donde sólo va quedando población envejecida. Esa gente se convierte en testigo permanente del éxodo que emprenden los jóvenes hacia las ciudades; se van buscando trabajo y mejor educación. Los que se quedan, en cambio, tienen que seguir viviendo con todas las dificultades que supone el estar prácticamente aislados.

En Polanco del Yi y Caserío La Fundación, otro pequeño paraje vecino, todos dicen lo mismo: ya no hay trabajo. En el campo se produce de otra manera y por eso no se requiere tanta mano de obra como antes. Ya no se ven los tambos en el horizonte, como pasaba hace más de 50 años, y donde antes contrataban a cuatro ahora sólo precisan a uno. Forestación y ganadería coparon la zona. Además, un viejo vivero que empleaba a más de 20 familias cerró hace varios años y después también desapareció un taller de la firma Manos del Uruguay, que empleaba a decenas de mujeres locales.

"No sé si seremos 38, ahora es muy poca la gente que hay", cuenta Brenda Guerra (82 años) que camina por la mitad de la ruta 42 -que atraviesa el pueblo- sin que el tránsito represente una amenaza. Nacida y criada en Polanco del Yi, vivió 12 años en Montevideo, pero confiesa que "pasaba encerrada" en la casa porque no soportaba el ruido y el movimiento.

"Para mí no hay lugar como este, no hay nada como la tranquilidad que hay acá. Será feo, será lo que sea, pero tiene la tranquilidad", comenta Brenda.

Cristina Sueiro (57) piensa igual y ni se imagina mudarse de su querida tierra natal, aunque hoy en día no sabe qué va a hacer con su hija. Este año termina el liceo y para estudiar lo que quiere tiene que partir hacia Montevideo, algo que le asusta y para lo cual no tiene el dinero necesario. "No me gusta ir a la ciudad, pero también es cierto que la gente se va de acá porque no hay trabajo. Hoy en día se extraña todo el movimiento que había antes en la zona, y la verdad que nos sentimos aislados", señala Cristina, que aprovecha la mañana para pasear a su nieto Lucas en un pequeño cuatriciclo casero.

LEJOS DE TODO. Por Polanco del Yi y Caserío La Fundación no pasan ómnibus y sólo una vez por día sale una combi contratada para llevar a unos pocos jóvenes al liceo. La ciudad más cercana es Sarandí Grande, a 42 kilómetros de distancia por camino de tierra. Cuando llueve mucho, tanto Polanco del Yi como La Fundación quedan aislados por la crecida de ríos y arroyos. Por un lado corta el Yi, y por el otro los arroyos Tala y Pantanoso. Llegaron a pasar 5 ó 6 días sin poder salir del lugar.

Al pueblo llega un médico todos los lunes y atiende en un salón de la escuela, aunque a menudo se presenta sólo cada 15 días, según dicen los vecinos. En caso de urgencias, la gente que no tiene vehículo propio debe llamar un taxi a Sarandí (sale $1.000 ida y vuelta) o depende de la camioneta de la Policía, que dedica la mayor parte del día a las tareas de ayuda a la comunidad.

Así lo cuentan dos oficiales en la comisaría del lugar, que no recuerdan que alguna vez se haya usado el calabozo y que dicen que "como mucho" en la zona roban una vaca o una oveja en todo el año. "Recorremos la zona y hacemos tarea comunitaria; acá nunca hay disturbios ni nada, estás alejado de la realidad de la Policía en las áreas pobladas", comenta un agente que ni siquiera lleva consigo el arma de reglamento.

El "boliche Camarano", como se conoce en la zona, tiene más de 100 años en funcionamiento y vende desde pizza casera hasta botas de campo. En la noche, además, es el punto de reunión para tomar algún trago y jugar al pool. Sandra Camarano está al frente del negocio desde hace cinco meses, llegó para hacerse cargo del almacén que antes había sido de su abuelo y de su padre. Ella dice que no se acostumbra a la forma de vida del pueblo. "Estoy haciendo un esfuerzo muy grande para estar acá, no estoy adaptada y la verdad es que es un lugar muy complicado para vivir. Te sentís aislado y se hace muy difícil poder salir de acá", comenta desde atrás del mostrador del almacén. Luego, agrega que no hay nada para hacer y que el pueblo "solo tiene lo básico: comisaría, escuela pública y nada más".

Las hermanas Aristegui -Sandra (23), Paola (18) y Betina (16)- viven desde chicas en Polanco del Yi y dicen que "para los jóvenes no hay nada para hacer, pero ya están acostumbradas". Ellas terminaron la escuela, pero nunca comenzaron el liceo. Son siete hermanos y pensar en viajar hasta Sarandí Grande a diario era un costo que estaba muy por encima de las posibilidades de su familia.

Sandra, que tiene dos hijos, trabajó un tiempo y luego quedó desempleada. Paola, en tanto, tuvo un hijo hace dos meses y no tiene trabajo. Las hermanas pasan el día en la casa y también salen a caminar o a hacer algún mandado. Miran televisión, escuchan la radio o juegan a las cartas. Ellas ya piensan en abandonar el pueblo, no se imaginan vivir ahí en el futuro. Igual, por ahora, se conforman con disfrutar del verano en Polanco del Yi, la época en que llega la gente a acampar en el río y el pueblo recupera, por unos días, el ritmo de sus mejores tiempos.

Maestro rural: "Cuento los días que faltan para poder irme de acá"

En sus mejores épocas la escuela rural de Polanco del Yi recibió a más de 100 alumnos, pero hoy solo tiene 14. Son 9 niñas y 5 varones que cursan desde jardinera hasta 6° de escuela, todos en el mismo salón.

Cono Barrios es el maestro director de la escuela y tiene a su cargo todas las tareas administrativas y de enseñanza. También se debe encargar de comprar la comida, de cocinar y de servir el almuerzo a los alumnos, además de ponerles pasta de dientes en el cepillo y supervisar que se laven la boca, como lo hacía al momento de la visita de El País. "Mirá que cuando se van los chiquilines largo la túnica y me tengo que poner a barrer, a cortar el pasto o incluso a arreglar alguna canilla", afirma el maestro, que se muestra por demás molesto ante la falta de apoyo de parte de las autoridades. "A mí me pagan por enseñar, no me pagan por cocinar, pero lamentablemente me tengo que hacer cargo de eso, y las autoridades se lavaron las manos", explica.

Barrios llegó el año pasado a la escuela del lugar y en diciembre ya podrá elegir un nuevo destino, algo que espera con ansias. "Aguanto porque es mi trabajo, pero estoy deseando irme y cuento los días que faltan. Si Dios quiere a fin de año me voy, de los cargos que había lamentablemente me quedó esto. Es feo tener que decirlo porque me gusta la docencia, pero es así, tenés cero apoyo, y esa actitud aunque no quieras se la transmitís a los gurises", dice. El docente cuenta a veces con la ayuda de alguna madre, que colabora con la cocina y la limpieza, pero si no está solo. Según explica Barrios, si no fuera por el apoyo de alguna familia y las donaciones de vecinos, no alcanzaría para abastecer el comedor diario de la escuela.

El maestro director, que se educó en una escuela rural, se encontró en Polanco del Yi con una realidad que no había imaginado. El año pasado descubrió que un alumno de 13 años no tenía cédula ni partida de nacimiento, por ejemplo. Además, vivió experiencias que aún hoy no puede borrar. "A uno de los alumnos que viene a caballo el animal lo pateó en la cabeza y lo dejó inconsciente. Lo cargué en el auto y arranqué para el hospital, estuvo 20 minutos sin reaccionar y yo estaba desesperado. Por suerte, mejoró y no tuvo secuelas", relata emocionado. Luego, cuando vuelve a describir la realidad diaria se descarga: "Es la escuela peor ubicada de Florida, está lejos de todo. Los padres no se comprometen, el nivel educativo es bajo y el Estado te exige y no te apoya en nada". Así, muchos de los que terminan la escuela después no hacen el liceo.

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