Terror de irse a dormir

En niños, los trastornos del sueño son comunes. La causas son variadas: terrores nocturnos, sonambulismo, pesadillas, somniloquia, bruxismo. Dolores Torrado explica sus características y recomienda a los padres como actuar en cada caso

Dra. Dolores Torrado. Médica pediatra de UCM

Los primeros meses de vida el niño duerme luego de haber satisfecho su necesidad de alimentarse, y su despertar siempre se relaciona con la sensación de hambre, pero poco a poco ese ritmo cambia. Entre los tres meses y los dos años el sueño suele ser profundo y tiende a disminuir el adormecimiento entre las comidas. Entre los 6 y los 18 meses comienzan a dormir toda la noche. Entre los 16 y 25 meses pueden aparecer perturbaciones pasajeras como la dificultad para ir a dormir. También puede despertar agitado, gritando y llorando.

Las parasomnias son trastornos que pueden o no interrumpir el sueño. Su elemento característico es la presencia de conductas motoras que asemejan una mezcla de sueño y vigilia. Dentro de ellas se distinguen: sonambulismo, terrores nocturnos, pesadillas, bruxismo y somniloquia.

SONAMBULISMO. Consiste en una secuencia de movimientos complejos durante el sueño, generalmente en el primer tercio de la noche. Son conductas repetidas, aprendidas durante la vigilia. El niño se levanta de la cama, y aunque profundamente dormido, mantiene los ojos semiabiertos. Suele ir al lavabo, puede orinar, y luego vuelve a la cama. Si se le hacen preguntas, puede responder con monosílabos o no comprender el significado de las palabras. Resulta difícil despertarlo, pero si despierta tiene sensación de gran extrañeza e inseguridad, no comprendiendo por qué se le despertó.

La causa del sonambulismo se desconoce. Es más frecuente en familias con antecedentes de la alteración. Suele desaparecer en la adolescencia alrededor de los 15 años. Sólo el 0.5% de los adultos lo padece.

Se observó que la prevalencia, tanto del sonambulismo como de los terrores nocturnos, aumenta en niños de 5 años al suspenderse prematuramente la siesta. Es probable que se vincule a que ambos trastornos están ligados al sueño profundo que, al suspender la siesta, se alcanza más temprano en las noches.

Durante los episodios el electroencefalograma muestra ondas patológicas (ondas delta, hipersincrónicas, de elevado voltaje y difusas), que pasan progresivamente a ritmos de vigilia. No consisten en un perfil paroxístico como en la epilepsia. Tampoco existen síntomas clínicos de psicopatía sino sólo de ansiedad.

No es necesario realizar estudios de sueño nocturno en los sonámbulos a menos que se sospeche una crisis epiléptica.

No es necesario despertar al niño sino llevarlo nuevamente a la cama dándole órdenes sencillas con frases simples.

TERRORES NOCTURNOS. Aparecen a los 2 o 3 años y desaparecen en la adolescencia. Se dan en la primera mitad de la noche, también durante el sueño profundo. Se caracterizan por un llanto brusco, intenso e inesperado, acompañado por una expresión de miedo en la cara. El niño padece sudoración, taquicardia y palidez. Se sienta en la cama con los ojos abiertos y la mirada fija. Se queja pero no es consciente de lo que lo rodea, manteniéndose profundamente dormido. Al despertarle, el niño también queda sorprendido y desorientado no entendiendo qué le ocurre. En la mañana no recuerda el episodio. No se le debe hablar ni despertarlo. El episodio cede a los 4 o 5 minutos, y el niño vuelve a dormirse.

PESADILLAS. Se ven más por encima de los 5 años, desapareciendo con la adolescencia. Son fenómenos parecidos a los terrores nocturnos pero se diferencian de ellos por aparecer en la segunda mitad de la noche (en la fase REM del sueño), y el niño puede explicar lo que ha soñado y lo que le ha despertado. También puede despertar algo confundido y llorando, pero reconoce a las personas que lo rodean y se calma al sentirse acompañado. Los episodios suelen durar semanas y se relacionan con un acontecimiento externo que le produjo temor. Cuando el niño despierta, los padres deben calmarlo quitando importancia a lo que soñó.

BRUXISMO. Es el entrechocar de los dientes durante el sueño mediante un ejercicio rítmico de los músculos maseteros y temporales. La actividad muscular provoca una serie de contracciones forzadas de las mandíbulas superior e inferior, con fricción de las superficies de los dientes que causa un ruido característico. Produce un desgaste de las piezas dentales y alteraciones en la articulación temporomaxilar. Ello lleva a que los niños se quejen de dolor en las mandíbulas y sensibilidad en los dientes. El trastorno, a veces hace necesario colocar prótesis dentarias durante la noche.

SOMNILOQUIA. Consiste en hablar o emitir sonidos durante el sueño, en forma ligada con los ensueños. Pueden oírse sonidos ininteligibles o frases completas. Es frecuente que el niño no recuerde nada al día siguiente. En adolescentes es posible escuchar incluso verdaderos discursos que despiertan a quienes duermen en la misma habitación, aunque raramente despierten a quien los emite. Se hacen más frecuentes cuando el niño tiene fiebre. No reconocen un tratamiento específico.

Fuente: E. Estivill, y "El sueño y sus trastornos en la infancia" de E. Hernández.

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