FALLO EN PRIMERA INSTANCIA

La Justicia ordena al Estado vender el águila del Graf Spee

Defensa tiene 15 días para apelar. La pieza vale varios millones de dólares.

Águila: la pieza está guardada desde hace años dentro de una caja, en el depósito del Fusna. Foto: EFE
Foto: EFE

La Justicia condenó el jueves al Ministerio de Defensa y a la Prefectura Nacional Naval a disponer y realizar la venta del águila y del telémetro del Graf Spee dentro de un plazo de 90 días (contados desde que quede ejecutoriada la sentencia) y a compartir el 50% del producido con los permisarios Alfredo y Felipe Etchegaray y los familiares del fallecido buzo Héctor Bado.

La sentencia también obliga al Estado al pago de intereses moratorios de un 6% anual sobre el monto de la cuota parte que corresponde a los permisarios por la venta de los objetos. Y a devolverles la garantía de US$ 5.000 que habían depositado antes de hacer los rescates.

El abogado de la parte demandante, Carlos Rodríguez Arralde, explicó a El País que el Estado tiene 15 días para apelar. Si lo hace, el Tribunal de Apelaciones se pronunciaría en unos nueve meses. Y si ese fallo es contrario al Ministerio de Defensa, la cartera podría recurrir a la Suprema Corte.

Aunque el Estado tiene el hábito de agotar todas las instancias judiciales, en este caso Rodríguez entiende que eso no tendría sentido, porque el gobierno siempre reconoció tener un socio privado al que le corresponde el 50%.

“Ambos, el Estado y el permisario, tienen para ganar con la venta. Por eso no sabemos por qué no se ha vendido; se supone que por presiones del gobierno alemán”, indicó.

El año pasado, el entonces ministro de Defensa Nacional Jorge Menéndez citó a todos los partidos políticos para que opinaran sobre cuál era el futuro más conveniente para el águila del Graf Spee, dando a entender que existía un clima “propicio” para la venta.

En Uruguay, su famosa águila de bronce (mascarón de popa) continúa encerrada en una caja, donde nadie puede verla.
La famosa águila de bronce (mascarón de popa). Foto: EFE

Tarda pero llega.

Desde prácticamente el momento en que el águila fue rescatada, en 2006, los permisarios estuvieron enfrentados al Estado por la comercialización de la pieza. Trece años más tarde, reciben una buena noticia con este fallo judicial.

Alfredo Etchegaray dijo a El País que el Estado podría hacer un par de copias del águila, dejar una en el Museo Naval y otra en el Museo de la Batalla del Río de la Plata, que se encuentra en Sarandí del Yi.

Según el empresario, el gobierno puede subastar las piezas o hacer un llamado internacional a interesados (que deben aclarar el destino para que no caigan en manos de fanáticos o neonazis). También, sostuvo, el gobierno alemán, que ha manifestado interés, podría aportar el dinero para que los objetos queden en Uruguay.

Etchegaray reflexionó sobre los años que el águila ha estado en litigio y sobre el hecho de que el rescatista Héctor Bado ya no pueda ver el final del proceso judicial:

“Las administraciones públicas, de todos los colores, tiene que trabajar para los ciudadanos y recuperar los sueños despedazados de todos los creativos, emprendedores y trabajadores de este país. Deben aprender a trabajar como la selección uruguaya, que no le pregunta a los jugadores de qué cuadro vienen, sino que los elige por su rendimiento y los cambia cuando no funcionan. Uruguay nunca va a salir adelante si no aplica la innovación y la adaptación a los cambios”.

Dos objetos envueltos en misterios y polémicas

Para los permisarios es un misterio el hecho de que el Estado no haya vendido el águila del Graf Spee, pese a que este siempre reconoció tener un socio privado al que le corresponde el 50% de lo recaudado. Estiman que se debe a que el gobierno alemán ha manifestado su molestia con que ello suceda, lo cual es, al menos, polémico por tratarse de una injerencia de un gobierno extranjero en un asunto nacional.

En 2004, el rescate del telémetro del barco (objeto de 27 toneladas que permitía calibrar los disparos de artillería) estuvo también envuelto en un misterio.

Los buzos lo habían asegurado con dos grilletes de 15 kilos. Pero antes de subirlo, descubrieron que los flotadores que sujetaban las lingas, a nivel de superficie, ya no se encontraban en el lugar. La correntada era fuerte, por lo que pensaron que podían haberse aflojado. Otra posibilidad era que la marea hubiese crecido y que las boyas se encontraran sumergidas algunos centímetros. Pero al llegar al sitio, se percataron que las boyas habían sido cortadas.

Los grilletes que se habían ajustado con una herramienta apropiada habían sido desmontados bajo el agua, tarea que probablemente insumió a los saboteadores varias horas. La sorpresa fue mayor cuando descubrieron que uno de los enormes brazos del telémetro había sido arrancado y arrastrado por el fondo del río.

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