Impacto psicológico: ofrecen ayuda tras ataque terrorista de Hamás

Tres uruguayos en Israel cuentan cómo lidian con las alarmas y los misiles.

Suben a 1.300 los muertos en Israel y a 1.354 los palestinos en Gaza
Cuerpos de militantes de Hamas yacen en el suelo en Be'eri, Israel.
Foto: EFE

Van once días desde los ataques terroristas del grupo Hamás en Israel. El saldo: unos 2.750 palestinos muertos y unos 1.400 en territorio israelí. En ese marco de guerra, imposible de resumir en pocos enunciados, uruguayos en Israel cuentan a El País cómo viven con la inexperiencia y la incertidumbre de lo que sucederá. Desde Uruguay, en tanto, hay quienes brindan apoyo psicológico a quienes tienen amigos y familiares en Israel.

Uno de los que brinda apoyo psicológico en Uruguay es Kehilá, Comunidad Israelita del Uruguay. Tienen una línea telefónica a donde las personas pueden llamar en busca de ayuda. El director de desarrollo de la Comunidad, Beto Wakrat, contó que están “recibiendo bastantes llamadas”. En algunos casos, se realiza un “mano a mano” y, en otros, se forman “grupos de contención”.

A diferencia de otros episodios del conflicto entre Israel y Palestina, indicó Wakrat, hubo “más uruguayos con cercanía con las zonas atacadas”, ya que tenían “muchos familiares y conocidos” en el sitio donde se dieron los ataques. No obstante, también reciben llamados de personas que “no son de la colectividad y quieren entender lo que está pasando”.

Por otro lado, la Universidad ORT Uruguay dispuso de un espacio de escucha y contención emocional para estudiantes que comenzó a funcionar el jueves. Se busca “brindar apoyo integral para la gestión de las emociones y el bienestar psicológico de los alumnos, afectados por este lamentable y triste momento”, dijo a El País la magíster en psicología Erika Edelman, asesora de la casa de estudios y responsable del ámbito.

Y añadió: “El acompañamiento al afectado consta de una o dos instancias individualizadas, enfocadas en dar contención emocional y desarrollar herramientas que les permitan afrontar esta situación de manera más saludable y protegiendo la salud mental”.

La decisión de brindar apoyo se enmarca -continuó Edelman- en que “muchos estudiantes, docentes y funcionarios están atravesando una genuina preocupación y conmoción ya que tienen familiares y amigos que están gravemente heridos, secuestrados, muertos, o bajo los estresantes efectos de la diaria amenaza”.

Historias

Uruguayos en Israel viven en carne propia el impacto mental de la guerra. Romina -nombre ficticio- cuenta a El País que su “salud mental pende de un hilo”, por lo que no ha mirado los videos que circulan por diferentes lugares. Y añadió: “Nunca jamás tuve un problema de salud mental, pero ahora conversé con una psicóloga para sobrellevar la situación de la mejor manera. Las historias son tan tristes. Y esto es solo lo que se ve, hay más”.

“La cisterna hace un ruido medio raro que se tranca y te eriza la piel y te paraliza”, relata después de haberse mudado porque el edificio donde vivía no tenía un refugio en condiciones por la mala instalación de garrafas. Un día, mientras estaba debajo de las escaleras (lugar alternativo para el resguardo) debido a que sonó la alarma, “tembló el piso”. “Uno busca la mirada de los israelíes para ver si mantienen la calma. En ese momento nos miramos todos con terror. Pensé que me moría con mi hijo abrazado y mis cuñadas. Nos cayó a 400 metros de casa. Reventaron los vidrios de los edificios de alrededor. Ahí dije que no podía traer más a mi nene a la escalera”, relata.

Al bebé tratan de “mantenerle la rutina y de que todo parezca normal”, pero ya está empezando a hablar. “Tratamos de mantenerlo lo más calmo posible, pero dice ‘alarma, alarma’ y se tapa los oídos. A mí me parte el corazón (…) Me pasé en vela estas noches, es la realidad (…) Y están todas las páginas de las aerolíneas colapsadas”, añade a El País.

“Son tiempos excepcionales”, remarca, y dice que “cada uno reacciona como puede”. Hay algunos que se “ponen a laburar, como si nada hubiera pasado, porque es el mecanismo de defensa. Otros que salen a tomar vino. Otros que empiezan a stockearse porque dieron la orden de hacer un acopio de comida y agua para tres días (…) Todo el tiempo tenés un trigger (disparador, en español), cosas que te pinchan, que te empujan, entonces no hay rutinas”, dice.

Mauricio Slivinski, de 63 años, nació en Uruguay pero hace 20 que reside en Israel. Tiene mellizos, y está casado con Silvia Landau desde hace 40 años. Todos están allá. Aunque uno de sus hijos no vive en su misma ciudad, llamada Netanya -a la que describe como “muy tranquila”-, sino que se mudó a Ashkelon -más al sur y cercana a la Franja de Gaza.

“Hay momentos en que no paran de sonar las alarmas. Entonces, estás histérico pensando qué puede pasar. Pero no conmigo, sino con mis hijos, mis parientes, mis amigos”. Y es que “todos tenemos una familia que llora a sus hijos -generalmente jovencitos-, y todos tenemos gente conocida que no sabe dónde está su familia. Fue terrible”.

Siempre está con la “televisión prendida de todos los cuartos, y el teléfono en el bolsillo”, por el sistema de notificación de alertas que tiene en el celular, aunque declara no ser parte de la “generación de las aplicaciones”. Sabe que “pueden sonar en cualquier momento”: cocina monitoreando la televisión, va al baño y deja la puerta entreabierta por si justo se dispara una alarma.

“Rabia, impotencia, tristeza, mucha angustia y mucha angustia”, es lo que siente.

En Ashkelon, su hijo con su esposa y bebé de un año y medio estuvieron en un “rinconcito sentados encerrados bajo llave en el búnker” cuando comenzaron los ataques de hace dos sábados en la madrugada, cuenta Slivinski. Una hora después, lo llamaron para decirle que iban a ir en auto hasta su casa en Netanya. Y cuando llegaron, pese a que sus padres les transmitían “tranquilidad”, “sentían un ruido, ni hablar si sentía una ambulancia, y el pánico era total”.

Ahora a su hijo y a su familia la trasladaron a un hotel donde hay cientos de personas. Es un plan del gobierno que busca poner bajo el mayor resguardo posible a quienes puedan estar más expuestos.

Además

“Siento la alarma y digo, ‘¿ahora dónde voy?’, y miré a todos lados”

Silvia Landau, casada con Slivinski, vive en Netanya pero trabaja en Tel Aviv, donde la situación es diferente y las alarmas suenan con mayor asiduidad. Le sucedió que escuchó una cuando esperaba el ómnibus. “Siento la alarma y digo, ¿y ahora dónde voy? Y empecé a mirar para todos lados y no sabía. A los segundos, siento un boom al lado mío. Corrí desesperadamente hacia un edificio. No tenía la menor idea de dónde ir. Dicen que te escondas abajo de los autos pero no había nadie en la calle. Un vecino, por supuesto, enseguida me dejó entrar. Me metí en las escaleras. Mi marido me llamaba, ‘¿dónde estás?’, me preguntaba. No sabía y corrí. Fue una sensación que, si la viví así, no quiero ni pensar lo que han vivido quienes han sido masacrados y han estado 24 horas dentro de un búnker”, dijo. Ella no pidió ayuda psicológica. Lo trata de “manejar lo mejor posible” porque siente que hay otra “gente que necesita más el apoyo”.

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