La historia de un migrante sirio

Facultad de Medicina perdió a su estudiante más longevo

“Tito” tenía casi 100 años e iba todos los días a estudiar a la biblioteca.

En la biblioteca:con una lupa grande leía durante una, dos, tres, hasta seis horas. En su mesa había siempre varios cuadernos.
En la biblioteca:con una lupa grande leía durante una, dos, tres, hasta seis horas. En su mesa había siempre varios cuadernos.

La Facultad de Medicina de la Udelar perdió a su estudiante más longevo. Todos lo conocían porque se sentaba a diario a leer en la biblioteca. Tenía 98 años y era sirio de nacimiento.

Si uno ingresa a la Facultad de Medicina y sube la escalera en dirección al anfiteatro Maggiolo, se topa con la biblioteca. Allí hay cabezas por todos lados. Todas están inclinadas hacia abajo, inmersas en la lectura. Las hay de los más variados colores, rubias, morochas e incluso alguna que otra pelirroja. Al bajar la vista, uno podía encontrar una diferente a las demás, de pelo tan blanco que casi costaba creerlo. Este blanco platinado sobresalía entre los otros tantos mechones, coloridos y juveniles. Era Hmparzum, más conocido como "Tito". Y como los demás, siempre estaba estudiando.

Tenía 98 años y llegó desde Siria a Uruguay con solo nueve meses, acompañado de sus padres y sus tres hermanos, escapando de las masacres de los turcos en Aleppo, allá por 1920.

Con una lupa grande leía durante una, dos, tres y hasta seis horas. En su mesa había varios cuadernos, una enciclopedia de anatomía humana, una lapicera azul y un mate.

Karina, encargada de la atención al usuario en la biblioteca, contaba el año pasado: "Tito llega más o menos a las dos de la tarde y se va a las seis. Antes venía a las 10 de la mañana. Como viene todos los días, se fue haciendo parte del paisaje, parte del grupo humano".

Karina comenzó a trabajar en la biblioteca en el año 2007 y asegura que, al poco tiempo, Tito empezó a ir a leer. "Solo un día faltó, y fue por un tema de salud", recordó. Ella era la única que llamaba a Tito por su verdadero nombre. Y le decía "Hampa", a modo de apodo. Tito tenía solo a su hijo Bartam y un nieto de 15 años como familia, por lo que Karina era uno de sus lazos más cercanos.

Juventud.

Hamparzum creció en Dolores, donde su padre tenía un comercio y su madre lo ayudaba, además de cumplir con las tareas de la casa. De su infancia recordaba muy poco. A medida que creció fue adquiriendo conciencia sobre la decisión de sus padres de marcharse de Siria. "La gente tenía que irse o morir", dijo una vez. "Agarrar un cañón y disparar es fácil. El tema es cuando estás frente a otro individuo que te puede matar y estás desarmado. Soy contrario a cualquier forma de violencia", decía.

Una tarde, cuando Tito tenía alrededor de 20 años, acompañó a uno de sus hermanos al Mercado Modelo. Ese mismo día una persona se cayó cerca de ellos y se desmayó. "¿Qué hago con esta persona? No sé cómo tratarlo, no se qué hacer", pensó. Al poco tiempo, se encontraba entre los salones de la Facultad de Medicina "para poder hacer algo por alguna persona que lo necesite", decía. En primer año, ya era un alumno sobresaliente, considerado de los mejores de su clase.

Hmparzum: un nombre que significa “apartarse del suelo”.
Hmparzum: un nombre que significa “apartarse del suelo”. Foto: Chave Marrero

Adultez.

El tiempo fue encogiendo su figura, reduciéndolo a una masa huesuda y encorvada. Su hombro derecho estaba torcido de cargar bodegas porque hubo un tiempo en que trabajó como repartidor.

Tito decidió que, además de estudiar —retomó y finalizó el liceo— iba a trabajar para ayudar con las tareas de la casa y, además, poder seguir con sus estudios. Cuando estaba haciendo el cuarto año de Medicina, se desbordó. "Solo no podía", decía serio. "Un día le dije a mi madre, mirá vieja, yo veo que una madre mantiene diez hijos y diez hijos no mantienen a una madre". Más adelante, tuvo una serie de problemas personales y financieros que le impidieron seguir estudiando.

"Yo siempre digo, para el ser humano no hay cosa más grande que saber. No lo podemos saber todo, pero podemos saber mucho o poco. No importa. La cuestión es saber algo", dijo una vez, sentado en su mesa.

Años después de tener que abandonar Medicina, Tito decidió que quería seguir aprendiendo y se anotó en la carrera de Psicología. Era una tarde de otoño de 1973. Ya había comenzado su cuarto año. Cuando llegó a la puerta de la Universidad, lo recibió un soldado con un fusil y, apuntándole, le espetó: "¿A qué viene?". Tito pensó para sí mismo: "Soy un estudiante ¿qué te puedo hacer que me apuntás?", pero decidió callarse. "Vengo a dar un examen", respondió. El soldado le dijo que no podía, que la Facultad estaba clausurada. Afuera había mucho revoloteo y los estudiantes, incrédulos como él, no parecían entender. La dictadura había comenzado en Uruguay.

Como no pudo continuar tampoco la carrera de Psicología, Tito vendió todo lo que tenía e ingresó al transporte, donde trabajó como chofer de ómnibus varios años. Era el único hijo en la familia que trabajaba.

Ancianidad.

Con el tiempo, ya jubilado, decidió que era hora de retomar la carrera de Psicología. "Yo contestaba en relación a la Medicina, y a los profesores eso no les gustaba", contaba. Una vez, una de sus profesoras le planteó que él, en las pruebas, hablaba mucho de anatomía. Convencido, le respondió que usaba la medicina para explicar los fenómenos psicológicos. Su profesora, muy radical, le dijo: "Esto es Psicología". Tito le retrucó: "Decime una cosa, ¿a vos quién te dijo que entre las ciencias hay paredes? Las paredes las ponemos nosotros, porque nos conviene". Sin embargo, varias fueron las paredes que le impidieron finalizar las dos carreras que había comenzado y ninguna de ellas tenía relación con la ciencia. "Todo lo que depende de la voluntad del hombre, puede ser desconfiado", decía en tono determinante. Lo único que le interesaba era, en sus palabras, "andar sobre lo firme". No en vano se pasó los días leyendo, estudiando y escribiendo. "No hay que ponerse a discutir cuando no sabemos. ¿Para qué vas a discutir si no sabés? Si lo supiera lo explicaría", reflexionaba desde su mesa en la biblioteca.

REFLEXIONES

Hombre de perfil bajo que sabía de todo

Hmparzum, quiere decir "apartarse del suelo". Parece como si su nombre hubiese sido planeado, dado que buscaba apartarse de todo lo que no le brindaba seguridad. La religión no le interesaba porque según decía, "lo ilusorio, es ilusorio. Yo con todo lo que padecí, no puedo pensar en un Dios. Porque si hubiera un Dios que es omnipotente, que es omnisapiente y no sé cuántas otras cosas más, debería haber notado mi sufrimiento".

"El saber es lo único que me interesa. Porque cuando uno sabe, puede explicar. Cuando uno no sabe, ¿qué puede explicar?", decía algo resignado, como si se tratara de una obviedad.

Tito no comprendía por qué a veces la gente preguntaba por él. No le gustaba ser fotografiado y, en general, era reacio a hablar sobre sí mismo.

"Cuando uno habla de sí mismo tiende a elogiarse, y yo más bien me critico mucho, para lo que hay ser humilde, pero para ser humilde hay que sentirse valioso. Yo no me siento valioso". Contrario a lo que creía de sí mismo, los estudiantes que lo rodean lo consideraban un "genio", tal como dice Felipe, quien cursa tercero. "Creo que sabía más que cualquier doctor", afirma.

Hace poco tiempo Karina dijo que "este es el único lugar donde se siente bien". Y es verdad. En la biblioteca, Tito se sentía seguro.

No llegó a ser médico, ni psicólogo, pero se consolidó como una especie de eminencia y enigma al mismo tiempo. "Si hubiera sido distinto, capaz que ahora sería médico. Pero si fuese médico, me parece que iba a ser muy infeliz". Su vida son los libros y el saber era, para él, una suerte de religión, como si de eso dependiera su vida y, al mismo tiempo, la explicara. Muchos estudiantes le dicen a Karina: "Ojalá yo tuviera la pasión que tiene ese señor por el estudio". Por su parte, Tito nunca entendió el interés alrededor de él.

Ese día el reloj marcaba ya las seis y cuarto. Las cabezas que estaban inclinadas leyendo ya se habían ido y llegaron otras. La de Tito seguía ahí, en la misma posición, como si las agujas del reloj estuvieran paradas.

"No sé de qué puedo prevalecer para sentirme orgulloso. No me interesa tampoco", aseguró una vez mientras se levantaba despacio y guardaba sus cosas en un pequeño bolso. Ese día, como todos los otros, fue el primero en llegar y el último en irse.

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