Antonio Mercader
"Intentar ganar con esa conducta es indigno de Uruguay, uno de los países más civilizados de América que regaló al fútbol caballeros como Schiaffino y Santamaría", nos rezongó un periodista del noticiero de TV española hace cuatro años exactos. Lo que mostró en pantalla era para ponerse rojo de vergüenza: en el aeropuerto de Carrasco los recién llegados futbolistas australianos tropezaban con una doble fila de matones que los insultaban, escupían y querían golpearlos. Ese intento de intimidación premeditado y alevoso recibió aquí más sonrisas cómplices que condenas, y al final quedó disimulado porque Uruguay eliminó a Australia y fue al mundial.
Fuimos al mundial, es cierto, pero a costa de manchar la imagen del país. "Esa gentuza", dice refiriéndose a nosotros, un directivo del fútbol australiano. "Carecen de fair play", anota otro. "Jugar bien no les interesa, quieren ganar como sea y son capaces de actuar como gángsters", agrega. Comentarios de este tono se oyeron y se oyen no sólo en Australia y en TV española sino en los medios de otras latitudes. Los merecemos. Ahora, la historia se repite y nos encara con los mismos rivales en la última estación del calvario que fue el proceso de clasificación para Alemania. Ojalá hayamos aprendido la lección y dejemos de lado los recursos gangsteriles.
¿Dejarlos de lado? Quien sabe. Nunca se indagó a quiénes dieron aquella bochornosa recepción a los australianos que tan mala fama nos acarreó. Sus culpables no se señalaron aunque en los corrillos de la AUF y en las cabinas del estadio circularon nombres que apuntaban a la empresa todopoderosa que administra nuestro fútbol como un negocio. Como su meta es el negocio, no el deporte, cualquier recurso es bueno, por sucio que sea. Total, nadie, incluida la propia AUF, les pide cuentas. Ejemplo: en el reciente partido con Argentina se irradió entero el himno nacional violando la regla de FIFA que exige emparejar la duración de cada himno. El hecho fue tan sorpresivo que algunos celestes rompieron filas antes que terminara mientras otros seguían cantando. Caos, pero con ventaja: postergar el comienzo y orejear lo que pasaba en los otros partidos. Nadie se inmutó por el uso impropio del himno nacional.
En fin, son mañas que algunos festejan como gestos de viveza criolla mientras la mayoría calla. Cuando los australianos —que están escamados y no son mancos— pisen otra vez suelo uruguayo tendremos encima las cámaras de TV; y el mundo, al menos el mundo deportivo, nos estará mirando.
A través del deporte también se ayuda a construir —o destruir— la imagen de un país, razón por la cual el Ministerio de Turismo y Deportes, que algo tiene que ver en todo esto, debería estar atento. Nuestro equipo puede ganar sin malas artes; confiemos en él y no en los golpes bajos de quienes hacen negocio a costa de lo que sea.