Ana Maria Abel
Con qué ropa vas a salir?, preguntó Raúl, el padre, en tono de reconvención. La adolescente puso cara de asombro y miró a Silvia, su madre. Habían comprado juntas la pollera y la remera. Silvia cruzó una mirada inteligente con su marido al tiempo que sutilmente le guiñaba un ojo.
"Está muy linda. También lleva un saquito por si el aire acondicionado es muy fuerte", señala Silvia.
La chica besó espontáneamente a sus padres y salió. Ellos se quedaron conversando. "Costó que dejara de lado polleras más sexis y remeras más escotadas", comenta la madre.
Silvia y Raúl intentan hablar con sus hijos desde edades tempranas, y con mucha naturalidad, de la importancia de no ser ovejas del rebaño de jóvenes que cierto marketing manipula descaradamente. Lo que hacen es comentar en su casa los contenidos que desde revistas, videos y televisión, bombardean la imagen corporal especialmente la femenina y trivializan la sexualidad.
Desde su inexperiencia de niños, nuestros hijos absorben e imitan los estereotipos que la publicidad y los medios de comunicación presentan como "lo último" a través de imágenes de alto contenido sexual a las que los adultos también nos vamos acostumbrando: ya no nos golpean tanto como unos años atrás. Lo cierto es que cada vez es más agresiva esa cultura de la lascivia que sexualiza a las chicas y condiciona a los varones a tratarlas sólo como mercancías de placer sexual.
En otros países, grupos de padres alarmados se han unido a fin de proponer acciones positivas que la contrarresten. Por citar dos ejemplos, el Parents Television Council en Estados Unidos (www.parentstv.org) y WFA, el Women`s Forum Australia (www.womensforumaustralia.org). Son padres que se solidarizan para defender a sus hijos de esta cultura irreverente con la feminidad, que ataca por igual a mujeres y hombres.
Para Silvia y Raúl, se trata de una contra cultura porque fomenta comportamientos socialmente destructivos con efectos psicológicos muy negativos a corto y largo plazo.
Consideran que daña la capacidad de los hijos, al llegar a la juventud, para formar relaciones comprometidas.
Por eso ellos acordaron procurar contrarrestarla sin críticas excesivas: felicitarán a su hija cuando se vista adecuadamente y resaltarán otros aspectos de su personalidad que no se centren únicamente en su apariencia física. Están seguros de que esta actitud le ayudará a caer en la cuenta de que es valorada por mucho más que por su aspecto externo.
Comunicación de ida y vuelta.
Hay muchos adolescentes que califican a sus padres de preguntones y se quejan de que nunca les cuentan lo que ellos hacen. Una comunicación abierta y eficaz incluye que los adultos también cuenten sobre sus temas de trabajo, sociales, sus preocupaciones y alegrías.
¿Quién manda?
Según la psicóloga Andrea Saporiti, los padres no deben ser los amigos de sus hijos, porque los amigos están en situación de igualdad y los padres no. No se puede negociar con niños de 3 o 5 años que no entienden que la palabra de un padre pesa más que la del compañero de jardín.
Cuando los hijos obran mal.
Hay que dedicar tiempo para descubrir el motivo de una mala conducta de nuestro hijo. Lo primero, es pedirle que explique por qué obró mal. No se trata de recriminar sino de comprender. Es bueno tratar de recordar comportamientos similares nuestros a su edad. (Solo hijos)
Poner límites es un deber.
Algunos padres separados cuando están con sus hijos temen exigirles y sufren una doble culpabilidad porque saben que es su deber poner límites. No es fácil hallar el justo medio, pero aciertan cuando logran exigir sin gritar ni enojarse y continuar el trato amablemente.