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Font: “El Carnaval pierde calidad con la propaganda; no me parece respetuoso decirle al público qué tiene que votar”

Christian Font, que sale en Carnaval desde hace 25 años, interpreta este año a Roberto Barry y plantea un debate sobre la corrección política en la fiesta de Momo.

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Christian Font durante entrevista.
Christian Font, comunicador y artista de Carnaval.
Foto: Estefanía Leal.

Aunque con intermitencia, hace 25 años que sale en Carnaval. Fue parte de la BCG, Los Diablos Verde, Los Muchachos y este año es componente y letrista de Momosapiens, donde interpreta al cómico Roberto Barry. En entrevista con El País habla de las limitaciones que ha impuesto la corrección política y el entendido de que la fiesta popular es solo para los votantes de izquierda.

-¿Cuánto hacía que no salías en Carnaval?

-Seis años.

-¿Por qué no salías?

-Hubo un intento fallido, en 2021, cuando se suspendió por la pandemia. Pero, más que responder por qué no salí antes, me gustaría decir por qué salgo ahora. Tiene que ver con lo familiar, mis hijos están más grandes, y también con lo personal, porque yo quería darme una nueva oportunidad parado desde otro lugar. En los últimos años en que salí no disfruté, especialmente.

-Tenés el desafío de representar a Roberto Barry, alguien que hacía un tipo de humor que hoy está a leguas de lo políticamente correcto…

-Mi acercamiento al personaje y a la obra de Barry no es algo nuevo. Fue un gran humorista, pero además fue dramaturgo, periodista e hizo libretos para radio y cine. Fue un tipo tremendamente versátil y siempre me llamó la atención que haya quedado relegado. Desde hace mucho pienso que es un gran personaje para traer a Carnaval, pero tres conjuntos me dijeron que no. Nunca fue considerado hasta que Horacio Rubino, director de Momosapiens, que tenía muy presente a Barry, entendió qué era lo que yo quería contar sobre él. Vamos a traer a Barry a la época del humor políticamente correcto. A un Carnaval que está permeado por una corrección política generalizada.

-Hay antecedentes de espectáculos que fueron criticados por no atenerse a lo políticamente correcto, ¿cómo manejan esto ustedes?

-Como lo hubiera hecho Barry, con mucha elegancia. Barry era un tipo que, más allá de que pudiera decir los disparates más grandes, tenía una forma muy elegante en su formulación. Tenía un nivel cultural excepcional: podía hacer el humor que se conoce como verde, o de doble sentido, citándote a filósofos griegos o a los pensadores franceses. En la parodia contamos la vida de Barry, pero desde este momento histórico. Hay una aparición fugaz en el tablado y él se ve en la obligación de adaptarse a este tiempo. Hay algunos chistes de esos que ya no se cuentan. Los que hoy por hoy, en un esquema de siglo XXI, no tendrían lugar. Pero la gente que ha visto la parodia entiende el juego y se suma.

-¿Cómo afectó al Carnaval la corrección política?

-La casuística es importante. Cada situación tiene un planteo propio. Pero lo que noto es que las redes sociales han permeado mucho en el discurso carnavalero, y a mí ese es un territorio que francamente, creativamente, no me interesa, no me aporta nada. El Carnaval debería trascender a las redes y no responder a ese estímulo. No sumarse al hashtag de moda. Lo que los grupos tienen que hacer es proponer su espectáculo, su mirada de la agenda y de la coyuntura. Es un momento, también, en que hay una lupa muy grande sobre cada cosa que dice un espectáculo de Carnaval, y creo que el público se está empezando a cansar de que todo pueda ser sometido a cierto escarnio. Todo el tiempo te tenés que cuidar de cómo vas a decir las cosas. Me pregunto hasta dónde eso no ha coartado las posibilidades creativas o artísticas de los espectáculos. Personalmente, como espectador, me he encontrado con una contradicción muy grande, porque siempre vi al Carnaval como la posibilidad de alterar lo establecido. Cuando el Carnaval se quiere mimetizar con lo establecido, me desestimula. Eso de la fiesta pagana, cuando la evocás poéticamente, pero después terminás haciendo cosas para satisfacer a un estrato social determinado, con una cabeza determinada… Eso no me interesa. Por eso también me costó mucho encontrar un lugar donde salir.

-Dada esta situación, ¿fue más fácil volver al Carnaval desde el parodismo que desde la murga, donde los espectáculos se meten mucho más en temas de actualidad?

-A mí el genero murga me encanta, pero al menos tal como se viene ejecutando ahora no me atrae tanto como espectador, salvo algunos espectáculos o conjuntos. Además, yo siempre me sentí también parodista. Crecí en los años 80, cuando el parodismo era una categoría muy fuerte. Conocí mundos y autores gracias al parodismo. Me enteré de que El enfermo imaginario era una obra de Moliere por el Carnaval, no por el teatro. Crecí con los Klaper’s, Los Walker’s, Los Gaby’s, Los Adam’s.

-En 2021, en momentos en que se debatía por ciertos libretos que estaban preparando las murgas y que eran muy críticos con el gobierno, Raúl Castro dijo en una entrevista con El País que había que entender que el Carnaval era “de izquierda”. ¿Opinás igual?

-Yo recuerdo que, cuando era niño, eso no era tan claro. Yo no suscribo esa mirada de Raúl. Lo que pasa es que ahí aparece una situación muy cómoda, porque desde el escenario se pretende pontificar y separar a quienes están de un lado y quienes están del otro. Personalmente me cuido mucho de no pontificar desde arriba de una tabla. Lo pude haber hecho, sí, sin duda; son 25 años saliendo de Carnaval. He pasado por todo tipo de épocas y todo tipo de espectáculos. Pero yo creo que el Carnaval es orejano por naturaleza, aunque es claro que la crítica a la actualidad y al gobierno de turno tienen que estar siempre.

-¿Lo que decís es que no debería ser un Carnaval que pegue para un solo lado, en este caso, al oficialismo?

-No suscribo que se le tire centros a ningún partido político. Yo puedo entender que las murgas se autoperciban de izquierda, pero esto no fue siempre así. Las murgas tuvieron su mayor eclosión batllismo mediante. Sin duda el batllismo tiene un ideario que podemos asociar más a la noción de lo progresista que de lo conservador. Pero ojo, porque no siempre los partidos de izquierda apoyaron al Carnaval y los festejos populares; a veces lo percibían como opio para las masas que distraía de las verdaderas causas. Entonces yo me cuido mucho de no encasillar al público. El espectáculo de Momosapiens, por ejemplo, tiene una crítica muy clara a hechos de actualidad, pero no estamos en modo campaña. Los primeros carnavales que yo viví fueron los de la restauración democrática, a la salida de la dictadura, y ahí participaban los votantes de todos los partidos políticos. No fue hasta hace tanto que yo vi, siendo componente, compartir platea a dirigentes sindicales con representantes del Frente Amplio, el Partido Nacional y el Colorado. No fue hace tanto. O sea, yo no suscribo que esta fiesta sea para unos y no para otros. No es eso lo que dice la historia. Para mí la gente, vote lo que vote y piense lo que piense, tiene que participar del Carnaval.

-En una entrevista que diste en 2023 a La Diaria dijiste que en el Carnaval del año 2022 habías visto “más propaganda que otra cosa”…

-Ese año, como espectador, me costaba mucho encontrar un lugar de conexión, porque se dio una situación bastante irregular en cuanto al plebiscito por la anulación de la LUC. Este se iba a hacer enseguida de que terminara el Carnaval, entonces, no sé, 85 o 90% de los conjuntos salieron a hacer campaña. Y para mí cuando la propaganda se mete adentro de un espectáculo, el Carnaval pierde calidad. Ese año hubo espectáculos estupendos, pero después de los años que habían pasado, con la gente perdiendo laburo, con problemas de salud -covid mediante-, con los escenarios públicos cerrados, con la necesidad de volver a reír, ¿salís para bajar línea? O sea, yo sentí que muchos salían para decirle lo que tenía que votar a la gente. Eso no me parece respetuoso con el público. No me parece respetuoso para con el que lleva su reposera, que por un rato pensó en qué camisa ponerse y compró las cosas para hacer su torta de fiambre y llevársela en un tupper. A mí me enseñó Jorge Esmoris, que fue uno de mis maestros con la BCG, a honrar ese tiempo. Entonces, subirme al escenario a decirle a la gente qué tendría que decir o qué tendría que votar es algo que no hago. Es un Carnaval que yo no siento.

-Pero la crítica siempre fue parte del Carnaval…

-Sí, el Carnaval de la crítica sí, el del palo y palo. Pero a todo lo que se mueva. Prefiero pararme desde el lugar de un libre pensador. Si vos incluso querés ser efectivo con tu mensaje y querés criticar, por ejemplo, al partido que gobierna ahora o a la coalición de partidos que gobierna ahora, lo mejor es tener también a sus votantes compartiendo tribuna, no alejarlos. Hasta por un tema de ecuación económica me parece que el Carnaval necesita que lo vea más gente, no seguir acotando el margen de público.

-¿El Carnaval expulsó gente en los últimos años?

-No puedo afirmarlo, porque no tengo datos estadísticos, pero tengo la impresión de que no ha aumentado. No sé si bajó el público, sé que estaría buenísimo ampliarlo. El espectáculo de Momosapiens tiene humor y tiene crítica, pero palos para todos lados, porque a mí no me interesa que lo vea un solo tipo de público. No me interesa que lo vea solo un público de clase media que se autopercibe progresista.

-Dicho todo esto, ¿este es un año difícil para hacer Carnaval, por estar en la antesala de la campaña?

-Depende. Para nosotros va a ser un año precioso, porque estamos convencidos del espectáculo que tenemos y porque decimos un montón de cosas, pero también nos preocupamos por hacer reír. El Carnaval no debe perder ese pie en el humor. El espectáculo también desliza una crítica a los que se ríen, solo si el palo va para el otro lado.

-Trabajás en La Pecera, con Ignacio Álvarez, un periodista que ha dado a conocer más de una vez sus opiniones políticas, las que no coinciden con las que tiene la gran mayoría de los conjuntos y también del público del Carnaval. ¿Cómo hace para hacer convivir esos dos mundos?

-La Pecera tiene, obviamente, la impronta de su conductor, que tiene un perfil muy alto y polémico. Pero el Carnaval siempre tuvo lugar en La Pecera y en lo que era antes Las cosas en su sitio. Marcel Keoroglian trabaja hace 20 años con Nacho y es uno de los principales cupleteros. Yo escribo tres guiones por semana para La Pecera. Uno de ellos es una radio de izquierda que interviene en la programación y los palos a Nacho son constantes, y Nacho lo estimula. Entiende el juego. Entiende, digamos, por dónde tiene que pasar la comunicación y cómo hacer radio. Aunque se perciba, o mejor dicho, aunque Nacho no oculte su preferencia, de la cual personalmente me desmarco, me parece que está bueno el contraste. Sería muy infantil pretender trabajar siempre con las personas con las que estés de acuerdo en todo, ¿no? O sea, tenemos un montón de diferencias y también tenemos un montón de puntos de encuentro. A La Pecera la escucha un montón de gente que no vota a la coalición. O, mejor dicho, la escucha un montón de gente que vota al Frente Amplio.

-Hablamos de redes, de Carnaval y de periodismo; y también de las batallas que se libran a veces en estos ámbitos. ¿Estamos ante una sociedad más dividida?

-Siento que las redes generan una especie de estado de ánimo que no se condice con la realidad de la gente en el día a día; lamentablemente muchas veces también desde el periodismo nos hacemos eco de eso y pensamos que esas microbatallitas que se liberan en X son la foto real de la sociedad. Eso yo no lo avalo. Cada vez me parece que ese micromundo es más micro que mundo. Y aunque sí pueden llegar a ser, quizá, un reflejo de estos tiempos, no creo que sean la foto definitiva de una sociedad que tiene un montón de puntos de encuentro. A mí me interesa que el Carnaval, por ejemplo, siga siendo un punto de encuentro. Me parece que así se enriquece la mirada. Percibo los opuestos como complementarios. No puedo anular al que es mi adversario. En ningún aspecto. Entonces, desde esa filosofía me paro hoy para hacer radio y me paro hoy para hacer Carnaval. Yo también soy usuario y consumo el color que le ponen algunos legisladores a determinados estímulos de la agenda. Pero es eso, color. Si vos tenés una mesa, un café y un par de temas que no sean solamente lo que a vos te resulta imprescindible, siempre vas a terminar encontrando puntos de encuentro.

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