ENTREVISTA 

"Me sentí su prisionero"

Gonzalo Barrera, el peluquero que refugió al homicida prófugo.

Efectivos brindaron seguridad a la Policía Científica. Foto: Fernando Ponzetto
 Foto: Fernando Ponzetto

—¿Dónde conoció a Cristian Pastorino, alias "Kiki"?

—En la noche. Con mis amigos nos juntamos en una plaza ubicada en el kilómetro 21 de la Ruta 8 (barrio Villa García). A Kiki nadie lo conocía. Llegó a la plaza hace menos de un mes. Andaba solo en una moto Winner modelo CG. Nosotros andábamos ahí y él a veces llegaba. Nos fumábamos algún porro y hablábamos. Él andaba en la vuelta.

—¿Supiste que era un delincuente?

—No. Yo no lo conocía mucho. Lo vi en la plaza y luego vino a cortarse el pelo conmigo hace diez días. Se cortó dos veces. (En una modesta habitación dividida con lambriz se encuentra una pileta de plástico para lavar el pelo; una mesa con utensilios de peluquería, jabones y cremas de pelo y un enorme equipo de música de color negro).

—¿Cuándo le pidió que le diera refugio?

—No me acuerdo bien. Pero me lo crucé otra vez en la plaza. Andaba algo apurado. Me dijo que lo llevara para afuera porque estaba jugado. Que no le importaba matar a mi hermana y a mi madre.

—¿Cómo sabía que su familia tenía una chacra en Solís de Mataojo?

—Hace 15 días, en la noche, habíamos organizado salir a acampar. Comenté que tenía una chacra para ir de vacaciones. Pero el viaje nunca se concretó. Él se acordó. Me dijo que lo llevara allí.

—¿Qué hizo después?

—Vine en moto hasta mi casa y le pedí la llave de la casa a mi madre. Armé la mochila rápido. Él me esperó en la calle.

—¿Él estaba nervioso?

—No.

—¿Y usted qué sintió?

—Miedo en todo momento. No sabía qué hacer.

—¿Sabía que había matado a la cajera y herido a un guardia en el Super Vero?

—Sí. Cuando él llegó yo ya sabía por las redes sociales que había matado a la cajera. A mí también pudo haberme matado perfectamente.

—¿Habló por teléfono con alguien en la chacra?

—No. Escribió mensajes. Y yo le pedí un mensaje y le dije a mi madre que había llegado bien. Yo no tenía celular.

—¿Qué pasó al otro día?

—Me levanté y él ya estaba despierto.

—¿Observó si tenía un arma?

—Tenía un revólver en la cintura. Pasamos el día en la chacra. Él se fue a bañar en una cañada. Comimos unas pizzas que cociné. Él tomaba sol. No podía irme porque me tiraba si prendía la moto. En todo momento me sentí prisionero del Kiki.

—¿Cómo fue el regreso?

—Yo quería volver. En un mensaje mi madre dijo que mi padre estaba mal. Al llegar la noche salimos. Pensó que los policías lo aguardarían en el peaje de la Ruta 8. Me dejó en el kilómetro 27 y se fue. Llegué a mi casa en ómnibus.

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