Malditas herencias socialistas

ALEJANDRO NOGUEIRA

Los primeros meses de José Mujica no son, solamente, la mezcolanza de una alta aprobación pública; éxitos diplomáticos (si Brasil cumple y Timerman no nos cierra la planta de UPM)); anuncios lanzados a micrófono batiente, que no se concretan; o plácemes de la oposición porque tiene cargos de contralor que, en breve, se le transformarán en una crisis de identidad.

El presidente tiene, al menos, cuatro "herencias malditas" de filiación socialista. El millonario juicio de Philip Morris, que lo obliga a recular de medidas apresuradamente tomadas por la pasada administración que, además, lo colocan -injustamente- en la posición de justificarse.

La reforma del Estado -que la administración Vázquez definió como "la madre de las reformas", sin avisar que era yerma- Mujica la tomó como bandera, intentando cambiar los colores de los campos, para devenirla (marketineramente), en "democratización de la función pública" y que afronta la resistencia implacable de los sindicatos estatales manejados por amigos del gobierno, que ya le obturaron las trompas a aquella madre y van ahora por el aborto.

Además, vemos que pasan ante los ojos presidenciales nombramientos dudosos, esposas y novias colocadas en el Estado o en empresas "amigas" de amigos del presidente sin que pase absolutamente nada, ni una cabeza rodando de los dueños de la reforma.

Y ahora, después de los esfuerzos presidenciales de acercamiento a los militares, le estalla el escándalo de la Armada -y hay 14 denuncias más sobre las Fuerzas Armadas, todas ellas- que se desplegaron bajo ministerios socialistas miopes, lo que estimula a especular hasta dónde el pasado gobierno estuvo dispuesto a no tocar ni fisgonear en bolsones de poder e impunidad de los uniformados.

La apoteosis de la herencia socialista de Mujica son las cárceles. La ley de humanización de José Díaz, el interminable prontuario de su sucesora, ni un peso gastado en infraestructura bajo la pasada administración, y 9.000 presos hacinados, 66% sin condena ("Hola, hola: ¿es el Poder Judicial…?")

El ministro Bonomi -que lee las noticias como los piqueteros de Gualeguaychú leen los acuerdos binacionales- y, político al fin, les hace decir lo que no dicen, y quiere explicar al pueblo uruguayo que podrá controlar a los presos sueltos (desparramados en una sociedad aterrada) con una treintena de funcionarios de libertad asistida, con una veintena de empleados de un Patronato del Liberado y unas pulseras de seguimiento que no tenemos ni sirven para paralizar la mano armada. Bonomi no puede controlar a 800 liberados y, mucho menos, a los 2.000 aspirantes, y nadie dijo que los 4.700 reclusos involucrados en traslados y posibles liberaciones son futuros liberados. Los medios apenas logran reflejar lo que barrunta el gobierno, lo que no sabe cómo resolver, lo que no estudió ni en la campaña preelectoral ni el interregno de acceso al poder, y comunican lo que ahora improvisa a diario. Los periodistas, como ciudadanos del país, le deseamos el mayor de los éxitos. No le heredamos el problema.

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