Los matrimonios en picada: 50% menos en veinte años

Crisis. El fenómeno también se da en las bodas religiosas

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En los últimos veinte años, los matrimonios celebrados en todo el país se han reducido en un 50%, y más de la mitad concluye en divorcio, según las estadísticas del INE y las cifras más actuales del Registro Civil.

El matrimonio es una maravillosa institución, pero ¿quién quiere vivir en una institución?, se preguntaba Groucho Marx.

En Uruguay, la respuesta es sencilla: "muy pocos", a juzgar por la caída persistente que registran las cifras de matrimonios en las últimas décadas.

En el lapso de los últimos 20 años, los casamientos se redujeron a la mitad, y más del 50% termina en divorcio.

Aunque el Registro Civil no tiene disponibles aún los datos finales de 2011, las estadísticas de matrimonios han sufrido un descenso en picada desde el año 1975, cuando se concretaron 25.310 bodas, hasta 2010, año en que se casaron apenas 10.629 parejas: récord mínimo.

También los matrimonios religiosos (católicos) participan de esta crisis: en 2010, en Montevideo, se celebraron 1.120 casamientos por la Iglesia, 33,8% menos que en 2004, cuando la cifra había llegado a 1.692 (desde entonces se han verificado caídas año a año).

Los divorcios, en cambio, han ido en aumento vertiginoso desde que en 1907 se registró el primero de nuestra historia, al amparo de la fresca ley 3.245 que establecía la disolución del vínculo por mutuo consentimiento de los cónyuges.

En 1961, los divorcios llegaron a 1.798. Quince años después, trepaban a 3.430, y en 1991, a 9.800, según los datos disponibles en el Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

En los últimos años, dejaron de recolectarse y publicarse datos oficiales sobre divorcios, pero abogados especialistas en la materia sostienen que la cifra anual, grosso modo, puede oscilar entre 6.000 y 7.000. Según datos de la Suprema Corte, en 2009 se iniciaron en Montevideo 4.328 causas.

Varios trabajos han constatado, además, que las parejas progresivamente se separan con menos años de convivencia.

EFECTOS. "Hagamos una ley esencialmente feminista que asombre al mundo y que atraiga sobre nuestro bello y progresista país la simpática atención de toda la humanidad".

Así patrocinaba el presidente Batlle y Ordóñez las bondades del divorcio cuando el Parlamento uruguayo debatía, en 1912, una nueva ley para flexibilizar la disolución conyugal.

La realidad ha mostrado que la mujer, en la mayoría de los casos, suele quedar desprotegida cuando se rompe la familia.

A pesar de que nuestro país fue pionero en la aprobación del divorcio, la sociología local no ha producido trabajos sistemáticos que arrojen luz sobre sus consecuencias.

La experiencia profesional -asegura Ricardo Pérez Manrique, abogado experto en derecho de Familia- "demuestra claramente que entre los jóvenes infractores una característica que se da en un altísimo porcentaje es la desintegración familiar, sea por divorcio, o separación voluntaria o forzada de ambos padres; muchos de estos muchachos no tienen claro quién es el padre por ejemplo".

Agrega Pérez Manrique que "en muchas situaciones de consumo extremo (de drogas) se encuentra presente este tema".

En países más proclives a la investigación, como Estados Unidos, se han producido varios trabajos académicos sobre los efectos sociales del divorcio.

Un minucioso examen llevado a cabo en 1994 en las instalaciones correccionales juveniles en Wisconsin constató que la tasa de encarcelamiento de jóvenes delincuentes era 12 veces mayor en hijos de padres divorciados que en hijos de parejas casadas.

Otros estudios ("Broken homes and battered children", de Robert Whelan) constatan un riesgo de abuso infantil seis veces mayor en familias fragmentadas que en niños con matrimonios estables. Otros revelan que el abandono y la deserción estudiantil es muy superior entre los jóvenes de hogares monoparentales.

EN PAREJA. De las cifras mencionadas al comienzo de esta nota sobre el creciente número de divorcios, podría deducirse que a los uruguayos les cuesta vivir en pareja: es un error. Los divorciados tienen una tendencia natural a tropezar dos veces con la piedra del compromiso conyugal. Por otra parte, si bien los matrimonios cotizan en baja, las uniones "de hecho" experimentaron un marcado ascenso en las últimas décadas.

"Junto con el aumento del divorcio y las separaciones, el crecimiento de las uniones consensuales ha sido uno de los rasgos más significativos del cambio familiar", anota la demógrafa Wanda Cabella en un trabajo sobre las uniones consensuales" en Uruguay, donde señala que 1987 y 2004 la proporción de parejas que ha optado por la unión libre se triplicó, partiendo del 10% del total de uniones, para situarse en 30% en el último año de la serie.

Ese fenómeno fue fuente de inspiración para alumbrar la Ley de Unión Concubinaria, vigente desde 2008, que instauró el reconocimiento del concubinato y su inscripción en el Registro Nacional de Actos Personales. La norma dispone que las parejas de cualquier tipo que acrediten un vínculo estable no menor de 5 años, pueden ser reconocidas como "uniones concubinarias", regulando así sus derechos en relación a los bienes.

La ley no parece haber generado, en la sociedad, el entusiasmo que anticipaban los legisladores, ya que en el primer año de vigencia se presentaron apenas 139 solicitudes para legalizar uniones de hecho, según estadísticas del Poder Judicial. En 2011, ingresaron al Registro 122 uniones concubinarias, y 7 disoluciones.

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