UBICADA EN CARRASCO

Treinta años después, se vende la casa del homicida Pablo Goncálvez

Vecinos aún le temen a ese lugar ya que  las persianas de la vivienda han permanecido cerradas gran parte de este tiempo.

La casa de Pablo Goncálvez. Foto: Leonardo Mainé.
La casa de Pablo Goncálvez. Foto: Leonardo Mainé.

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La casa de Pablo Goncálvez atrapa con su magnetismo y repele al mismo tiempo. Una camioneta, con cinco ocupantes y un pequeño caniche en la falda de una adolescente, se detiene por la calle Lieja, esquina Arocena, frente a la vivienda. Son pasadas las 14:00 del jueves de Reyes y hace 30 años que el asesino serial uruguayo atacó por primera vez.

El conductor de la camioneta no apaga el motor ni las luces. En el interior del vehículo, las personas miran la casona con curiosidad. Hay cierta extrañeza en sus miradas. Las persianas están bajas hasta el piso, como lo han estado casi todo el tiempo desde que el criminal más sonado de la década de los 90 fuera atrapado.

Lentamente, la camioneta retoma la marcha mientras los ocupantes conversan sobre la casa y sus dueños. Ante la fachada lucen los dos carteles gigantescos de venta colocados por una conocida inmobiliaria de Carrasco.

Hace seis meses la casona fue puesta a la venta, pero no es la primera vez en tres décadas que la han intentado comercializar. Se trata de un negocio difícil. Todos en Carrasco conocen la historia.

La lástima.

“Es habitual que se detengan autos frente a la vivienda a mirar. Todos los habitantes de Carrasco conocen la casa”, dice Rita, una vecina de la zona. Y agrega que siente lástima por la madre de Pablo Goncálvez, una señora de 84 años que hace bastante que vive en un campo en el interior del país.

“Es muy buena persona. Muy querida en el barrio. Ella sufrió muchas cosas”, reafirma Rita sin detallar a qué se refiere, aunque uno puede llegar a imaginárselo.

El descuido.

Construida en otro Uruguay, la casona está ubicada en un punto valioso de Carrasco. Tiene un muro de ladrillos de unos 30 centímetros de altura que no ve pintura desde hace años.

El pasto del jardín se ve quemado y lleno de hojas. La residencia hace lo que puede para disimular el paso del tiempo. Sus paredes resisten en forma estoica, no así las cortinas de madera de los ventanales que dan hacia la calle Lieja. Dos de ellas lucen rotas y despintadas.

En mejor estado se aprecian las cortinas de tres ventanales ubicados al frente de la casa. La puerta de buena madera está barnizada. Pero el timbre no funciona.

Pablo Goncálvez. Foto: Sergio Pintado.
Pablo Goncálvez. Foto: Sergio Pintado.

Las hortensias, plantadas en un cantero ubicado al lado de la puerta, no se secaron. Hay otras plantas decorativas situadas en el frente de la casona que también tienen buen aspecto.

El visitante se pregunta sobre la identidad de quien las riega dado el aspecto algo abandonado de la propiedad. Luego el recién llegado se entera, por una vecina, que un joven que reside en una iglesia cercana se encargó durante mucho tiempo de algunas tareas domésticas a pedido de la madre de Pablo Goncálvez. Y de que es posible que ese joven sea el que hoy riega las plantas.

El aspecto desprolijo de la residencia también se observa en el techo. Alguien ordenó que se sacaran todas las tejas que dan hacia a la calle Lieja. Sí se mantuvo las tejas en otras partes de la casona.

El estilo de la casa es de la década de los 70. Tiene cinco dormitorios, un living comedor con una estufa, una cocina grande, un baño y garaje. Tal descripción la hizo una vecina que la conocía.

“La gente del barrio tiene recelo y miedo hacia la casa. Nadie quiere comprarla o alquilarla. Hace mucho tiempo que está a la venta”, apunta Julia, otra vecina muy cercana

La muerte.

El visitante no puede dejar de pensar que en esa casa, por ejemplo, ocurrió la muerte de María Victoria Williams, de 22 años, en el año 1993. A las siete y media de la mañana del lunes 8 de febrero de ese año, María Victoria se encontraba frente a la parada de ómnibus para ir a su trabajo. Pablo Goncálvez, entonces de 22 años, cruzó y le pidió ayuda diciendo que su abuela se sentía mal.

La joven confió y lo acompañó hasta la casa. Cuando ingresó, Goncálvez tomó un paño donde había volcado alcohol y éter, se lo arrimó con fuerza a la cara, logró dormirla y así la tuvo, hasta que decidió matarla mediante asfixia.

Nueve días después, el 17 de febrero de 1993, fue encontrado el cuerpo de María Victoria no muy lejos de allí, en las cercanías del arroyo Carrasco.

El asesinato de María Victoria no fue el primero. La Justicia también condenó a Goncálvez por los crímenes de Ana Luis Miller, hermana de la tenista Patricia Miller, y Andrea Castro ocurridos en 1992. Del primero de estos crímenes es que se están cumpliendo justamente 30 años; fue el primero de enero de ese año. Poco después de la detención de Goncálvez, sucedida el 20 de febrero de 1993 al regresar de Brasil, una enfermera denunció que tiempo atrás había sido violada por él. Sin embargo, esa denuncia luego fue desestimada.

Goncálvez estuvo 23 años en prisión. En una oportunidad fue atacado por reclusos y recibió 26 puñaladas.

Pero tras las rejas el asesino también se casó y se divorció. Y fue padre. Durante la reclusión estudió Informática, Derecho y Economía.

El 23 de junio de 2016 fue liberado en la cárcel de Campanero (Lavalleja). Para ese entonces ya tenía 46 años.

Un año más tarde, el 7 de junio de 2017, Goncálvez fue capturado en Paraguay tras una persecución que se inició luego de que la Policía intentara revisarlo al detectarlo recorriendo la ciudad fronteriza de Salto del Guairá en una moto poderosa. Le encontraron una pistola con 21 proyectiles y nueve gramos de cocaína. Fue encarcelado por tenencia de armas y drogas. Dos años más tarde, en 2019, Goncálvez salió en libertad.

Así, y más allá de los años, el nombre de Goncálvez mantiene su carga en Carrasco. El jueves 6 pasado una adolescente y se novio esperaban el ómnibus en la parada que está frente a la casona. No es la misma en la que María Victoria fue sorprendida por el asesino en 1993, porque esa fue eliminada -ahora hay un contenedor allí- y otra fue instalada a algunos metros también por Arocena.

La chica conocía toda la historia. Su novio no. La adolescente dice mirando al piso: “No quiero hablar del tema. Me da miedo. Esa casa nadie quiere comprarla ni alquilar. El que la compre debe derribarla y hacer un edificio. Fue horrible todo lo que pasó”.

El allanamiento y la llamada de la abuela.

En Carrasco una de las fechas que más se recuerdan en torno al caso de Pablo Goncálvez es el 18 de febrero de 1993. Ese día, luego de que la Policía se acercase varias veces a su casa sin que se les abriera la puerta, se produjo el allanamiento.

La orden había sido expedida por el juez William Corujo. En la finca no había nadie, pero sí se encontró un frasco de éter, con el que durmió a María Victoria Williams, y cuerdas utilizadas durante el secuestro de la joven asesinada.

Ya con estas pruebas, el juez Corujo emitió una orden de arresto. Poco después se supo que el asesino estaba en Porto Alegre, adonde fue advertido telefónicamente por su abuela de que lo estaban buscando y que habían allanado la vivienda. Pese a esto, el asesino decidió viajar a Montevideo, y apenas dos días después, el 20 de febrero, en horas de la mañana fue arrestado en el Chuy por un grupo de efectivos policiales de la división de Homicidios que habían ido al lugar desde Montevideo

Ya con él entre rejas las autopsias forenses corroboraron que el éter hallado en la vivienda había sido el mismo utilizado con Williams. Luego, además, su situación se agravó al ser vinculado con otro delito. Más allá de los tres asesinatos que se le imputaron, cuando estaba en prisión se lo vinculó a una denuncia del año 1991, realizada por una enfermera, quien dijo que había sido violada en un automóvil por un hombre que la había engañado diciendo que era un turista brasileño y que estaba perdido y necesitaba ayuda.

Los medios hablaron durante meses de Goncálvez. Tampoco los años hicieron que los crímenes cometidos por este, entonces un joven de 22 años, estudiante economía, que tenía un buen pasar económico y un alto coeficiente intelectual, dejaran de llamar la atención. En el año 2000 su nombre volvió a estar en el tapete, luego que en una carta publicada por La República dijera que uno de los asesinatos no había sido de su autoría. Se refería al de Ana Luisa Miller. En su declaración había contado con precisión los acontecimientos que habían terminado en su muerte.



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